La Rioja

De San Román a Osaka por la corriente de Kuroshio

Fernando Muñoz ha sido uno de los diseñadores del pabellón español en la Expo 2025

No hace falta haber nacido en un sitio para que te sientas de allí. Y en San Román de Cameros, en plena sierra riojana, nadie duda de que Fernando es uno de los suyos. Toda la familia de su abuela era de alli y su familia mantiene allí una casa donde veranea desde que era niño, y aunque sus pasos profesionales lo han llevado lejos —muy lejos—, regresa siempre que puede. Este año quizás lo tenga más complicado. Lleva semanas en Japón, afinando los últimos detalles del pabellón español que ha creado en la Exposición Universal de Osaka y que se inaugura este domingo.

Fernando Muñoz es arquitecto, y su estudio forma parte de la unión temporal de empresas que ganó el concurso convocado hace dos años para diseñar el pabellón. No se trataba solo de levantar un edificio. El reto era imaginar un espacio que explicara cómo España mira al futuro, y que lo hiciera con emoción, con contenido, con tecnología y con belleza. Lo que empezó como un trabajo entre tres estudios de arquitectura “de amiguetes” (Néstor Montenegro, Enorme Studio y Smart and Green Design), como él mismo dice entre risas, acabó siendo un viaje de investigación profundo, casi poético, sobre la relación entre Japón y España. Porque si algo tenía claro Fernando desde el principio es que no quería un pabellón que simplemente “mostrase cosas”. Quería contar una historia.

La Expo de Osaka gira en torno a una gran pregunta: ¿cómo afrontan los países el futuro? La exposición está organizada como si tuviese barrios, y dentro del “barrio” en el que está el pabellón español, el subtema era la economía azul: el mar como espacio de vida, de recursos, de innovación. Esa fue la puerta de entrada a una narrativa inesperada: la de la corriente de Kuroshio, una gran corriente oceánica que recorre el Pacífico y que, siglos atrás, unió las costas de Japón con la navegación española.

Fernando encontró allí la historia perfecta. Porque esa corriente, invisible pero poderosa, es símbolo de todo lo que el pabellón quiere contar: que España y Japón están más cerca de lo que parece, que los lazos no siempre se ven, pero existen. Como él mismo explica, «ellos son una isla, nosotros una península, los dos rodeados por mar. Hay muchas cosas que compartimos sin saberlo».

En la construcción de esa narrativa, rescataron un episodio apenas conocido en nuestro país, pero muy presente en la cultura japonesa. Durante el siglo XVII, en plena expansión marítima española, uno de los galeones que conectaban Manila con la costa californiana (entonces española) naufragó cerca de Japón. Las mujeres de las aldeas costeras —las Ama, buceadoras tradicionales— ayudaron a los marineros a sobrevivir y reconstruir su embarcación. El agradecimiento español no tardó en llegar: Felipe III envió uno de los primeros relojes mecánicos como regalo, y poco después, una delegación japonesa llegó a España. Algunos de sus integrantes se quedaron a vivir para siempre en Coria del Río, donde aún hoy decenas de personas llevan el apellido Japón.

«Esa es la principal historia que envuelven el pabellón». Pero hay mucho más. La experiencia está dividida en tres zonas. El edificio es la recreación de un océano en el que se refleja el sol. En el interior, el recorrido se convierte en una inmersión real, como si se buceara en ese océano entre ideas, descubrimientos y personas. Finalmente, el visitante “emerge” en una costa que ya es España, donde se celebra lo que nos define: la gastronomía, la música, el paisaje, la cultura.

Pero el pabellón no es solo emoción. También es conocimiento. Habla de las reservas de la biosfera —España es uno de los países con mayor número del mundo—, de las corrientes submarinas y su importancia para la biodiversidad, de la investigación sobre algas y su potencial energético y económico en diferentes sectores, de los acuerdos con Japón con la mirada puesta en el desarrollo de aerogeneradores marinos flotantes. Incluso de cómo nuestro país fue pionero en reclamar su patrimonio sumergido, marcando una jurisprudencia que hoy protege tesoros y memoria.

Fernando lleva un mes seguido en Osaka, porque la instalación requiere una vigilancia constante. La tecnología es protagonista: visuales inmersivos, iluminación dinámica, materiales sostenibles. No es solo una vitrina; es una experiencia viva. «Es un proyecto muy complejo, con muchos detalles que no se ven, pero que hay que cuidar», cuenta.

Volverá en unas semanas a casa y tendrá que volver el 16 de mayo que se celebra el Día de España en la exposición. «Es el día que van los Reyes o el presidente… habrá que estar allí». Desde la sierra riojana hasta las costas japonesas, hay una corriente que une mundos. Fernando ha sabido traducirla en arquitectura. Y, de paso, en una de las historias más bonitas que España cuenta este año al mundo.

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