Tinta y tinto

Los buenos cristianos y los niños que sobran

Foto: John Stanmeyer | © UNICEF

Van a misa, se golpean el pecho, aplauden en la homilía cuando se habla de solidaridad y cuelgan fotos de la Virgen en sus redes. Se sienten profundamente cristianos. De esos que dicen que “hay que ayudar al prójimo”, pero lo matizan enseguida: «Primero los de aquí». De esos que abrieron sus casas, sus brazos y sus carteras a los refugiados ucranianos —rubios europeos—, pero que ahora no quieren saber nada de los niños que llegan en patera desde África. A esos, ni agua. Ni plaza. El vino de Rioja lo descartamos porque todavía no están en edad.

La reciente reforma de la Ley de Extranjería acordada entre el Gobierno de España y Junts para permitir el reparto de menores migrantes no acompañados entre comunidades autónomas ha desatado una tormenta política. La Rioja se ha sumado al coro de protestas. Según el nuevo reparto, nuestra comunidad tendría que acoger a 154 menores. La respuesta del presidente Capellán no ha tardado en llegar: “Un despropósito absoluto que colapsaría el sistema”. Y punto.

El argumento es que La Rioja ya cumple con las plazas recomendadas por el Ministerio. Pero si esto va sólo de ratios y no de solidaridad es que hemos perdido el oremus. Se olvida que estamos hablando de menores, de niños. No de paquetes de Amazon que hay que distribuir entre comunidades como si fueran pedidos a entregar en nuestras casas.

El lenguaje lo dice todo. Cuando se habla de “cuotas” o “repartos”, se deshumaniza. Cuando se pone por delante la carga económica y se silencia la carga moral, se traiciona el compromiso ético de una sociedad que presume de ser solidaria, inclusiva y civilizada. Que sean migrantes no les quita ni un solo derecho. Ni a la protección, ni a la dignidad, ni al futuro. Porque el racismo también va en traje y corbata. Incluso se sienta en el Parlamento de La Rioja y el Ayuntamiento de Logroño. No siempre se grita, a veces se disfraza de gestión técnica o de prudencia administrativa. A los ucranianos se les recibió como héroes. A los menores africanos se les señala como amenaza.

Los menores extranjeros no acompañados no son delincuentes. Son niños. Y la ley española —y el sentido común, el menos común de los sentidos— deja claro que la protección del menor es prioritaria, más allá de su nacionalidad. En cambio, el discurso se ha centrado en el miedo, en el colapso, en el “no podemos más”, como si 154 chavales en La Rioja -4.000 en toda España- fueran una invasión.

Permíteme este domingo ponerme un poco utópico y pensar que quizá estemos enfocando mal el debate. ¿Y si, en lugar de verlos como un problema, los vemos como una oportunidad? ¿Y si dejamos de encerrar a los menores en centros y empezamos a pensar en proyectos de integración real que beneficien a toda la comunidad?

Hablamos mucho de despoblación, de pueblos vacíos, de aulas cerradas, de consultorios sin médicos porque no hay vecinos. Lloramos por nuestra sierra, ya casi perdida, pero hay valles y comarcas que aún pueden salvarse si actuamos con inteligencia. ¿Y si convertimos parte del reto migratorio en una solución al reto demográfico?

Pongamos un ejemplo: municipios sin apenas nacimientos y con escuelas a punto de desaparecer. Si en esos pueblos se implantara un programa de acogida bien estructurado, con profesores que enseñen español, educadores que acompañen el proceso de integración, y se apostara por cualificar a estos menores en sectores como la agricultura, los cuidados o la hostelería, podríamos estar ante una política transformadora.

Y no solo con los menores. Ya nos ponemos utópicos del todo: si queremos que alguien repueble nuestros pueblos, tendremos que poner algo más que bancos bonitos. Hará falta una fiscalidad atractiva, incentivos para que se asienten, y sobre todo, una comunidad que les reciba con los brazos abiertos. No con pancartas en la entrada diciendo “Aquí no”.

Es incómodo, sí. Pero también es urgente. Porque el tiempo no juega a nuestro favor. Y porque el racismo soterrado, envuelto en buenas formas y excusas administrativas, no puede marcar la agenda de la política pública.

La Rioja no puede permitirse estar en el lado equivocado de la historia. Ya no vale eso de “nosotros no tenemos recursos” cuando lo que falta no es dinero, sino voluntad política y empatía. La misma empatía que se les exige a los ciudadanos cuando se les piden impuestos, compromiso con lo público o civismo.

Si de verdad creemos en el futuro de nuestra tierra, en los valores que decimos defender («y nadie en Logroño se siente extranjero»), en el mensaje que cada domingo escuchan los buenos cristianos en misa, entonces es el momento de demostrarlo. Con hechos, no con discursos vacíos. Con política útil, no con titulares altisonantes.

Porque estos menores no sobran. Faltan (basta ver las últimas cifras de escolarización respecto a las de hace una década). Faltan manos, faltan alumnos, faltan vecinos, faltan personas dispuestas a hacer de La Rioja su hogar. Dejemos de verlos como amenaza. Empecemos a verlos como parte de nuestra solución, ya que la de sus países nos pilla un poco a desmano.

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