Vox tenía la vista puesta en las elecciones de 2023 con la convicción de que su entrada en el Gobierno de La Rioja y en el Ayuntamiento de Logroño estaba hecha. Ángel Alda y Héctor Alacid ya se veían partiendo el bacalao en la comunidad como ocurría en otras regiones de España (véase Castilla y León), donde los pactos con el PP les auparon hasta las carteras más españolas que los muchachos de Abascal gustan de lucir como agricultura. No contaban con las respectivas mayorías absolutas de Gonzalo Capellán y Conrado Escobar para dejarles en fuera de juego con dos diputados y dos concejales sin ninguna capacidad de influencia. Adiós al vicepresidente Alda y al consejero Alacid por la gracia de Dios y de las urnas.
La legislatura se les está haciendo larga a ambos, cuya enemistad es cada día más patente en el Parlamento. Asumir la irrelevancia cuando te veías manejando los grandes asuntos cuesta y la oposición a una maquinaria del PP perfectamente engrasada se queda en meros gestos para contentar al votante más radical. Lo intentan de vez en cuando con ruidosas propuestas (derogar la Ley Trans o hacer pruebas de edad a los menores no acompañados, por ejemplo) y escandalosos discursos, pero todavía no se han dado cuenta de que La Rioja ha vuelto a girar políticamente hacia la tierra en la que nunca pasa nada. Ya lo harán o sólo recogerán en 2027 los votos que arrastre la marca nacional.
Y es que cuando el poder no llega por las urnas, los conflictos internos y las guerras por el control del partido se convierten en la única batalla real en la que sí pueden participar. Vox no es el primero ni será el último en demostrar que la regeneración política es un eslogan eficaz en tu nacimiento, pero difícil de sostener en la práctica. Ciudadanos fue la gran esperanza del IBEX35 contra el bipartidismo y Podemos irrumpió en el Congreso como la voz del pueblo contra la casta. La nueva política que venía a acabar con las redes clientelares de los grandes partidos acabó devorada en todo el país por sus propias luchas internas, con ceses, expulsiones y cambios de criterio que la llevaron a la irrelevancia tras ser la llave, cabe recordar, de los dos últimos gobiernos en La Rioja y el apoyo necesario en el Ayuntamiento de Logroño.
El gatillazo riojano de Vox en 2023 ha acelerado el proceso en la tierra en la que nunca pasa nada y el último escándalo en Logroño, adelantado en exclusiva por NueveCuatroUno, es la prueba más reciente de esta dinámica. Un presunto desvío de 60.000 euros desde el grupo municipal hacia las arcas nacionales ha desatado un terremoto interno. La cifra supone casi el sesenta por ciento de los fondos públicos que el Ayuntamiento destina a su grupo, y el secretario del grupo municipal ha sido cesado, entre otras razones que nadie quiere desvelar, por oponerse a este movimiento. La justificación del gasto, bajo el paraguas de «consultoría externa varia», huele a una práctica que se parece demasiado a lo que tradicionalmente tanto han criticado en los grandes partidos: el manejo discrecional del dinero público sin una justificación clara.
Vox llegó prometiendo otra forma de hacer política, pero en cuanto ha tenido la posibilidad de gestionar recursos, las peleas internas y los manejos económicos han comenzado. En La Rioja, la lucha no es por los cargos en la administración sino por el control del partido, sus dineros y las futuras listas del 2027. Es la historia de siempre: quien no gobierna, purga. Quien no reparte poder, lo concentra en su cúpula. Quien no tiene acceso a los presupuestos públicos, pelea por los fondos internos. Y así, Vox se une a la lista de partidos que nacieron con la promesa de regeneración y han acabado protagonizando los mismos episodios de opacidad, luchas intestinas y estrategias de supervivencia que tanto criticaban en otros.
No es un problema de ideología, ni de ultraderecha ni de zurdos ni de fascistas ni de comunistas. Es un problema estructural, donde cada nuevo proyecto acaba absorbiendo las dinámicas que pretendía erradicar. Si algo nos ha enseñado nuestra historia reciente es que la política española devora a sus recién llegados. Una vez asentados, acaban cayendo en las mismas tentaciones que criticaban. Vox no es una excepción. Solo es el último en descubrir que el poder, aunque sea pequeño, genera dinámicas difíciles de resistir. La nueva política, al final, no era tan nueva. Y si no, que pregunten a Germán Cantabrana, Diego Ubis, Raquel Romero, Pablo Baena…


