Eva decidió interrumpir voluntariamente su embarazo en diciembre de 2023. Se trasladó desde su pueblo hasta el Hospital San Pedro. Ahí le confirmaron que estaba embarazada y activaron el protocolo para poder interrumpir el embarazo, pero al estar el procedimiento aún en sus comienzos, se cometieron bastantes errores. Demasiados. En el primer análisis que le realizaron, se olvidaron de medir ciertos parámetros, lo que la obligó a volver hasta en tres ocasiones al Hospital San Pedro, poniendo en peligro la confidencialidad que, en teoría, garantiza la ley.
Las faltas de atención, de cuidado y de respeto no habían hecho más que comenzar. Eva aún se pone nerviosa al recordar el proceso. Sobre todo, durante una de las revisiones en el Hospital San Pedro a la que acudió para que le realizaran una ecografía: «Fue horrible. Muy violento. Las chicas que estaban ahí miraban a mi pareja fatal, a mí ni me miraban, ni me hablaban. Entre ellas hablaban de cómo estaba todo, pero no se dirigían a mí para nada, ni me dijeron qué me iban a hacer. Me fui de ahí sin saber de cuántas semanas estaba». Al terminar la revisión, el personal médico le dijo: «Ya sabes que esto aquí no lo hacemos. Ya te llamarán». «Como si para ellas fuera una barbaridad», dice Eva.
Tras la confirmación por parte de Eva de que deseaba continuar con el proceso, aún tardaron dos semanas más en derivarla a Pamplona. Antes del desplazamiento, fue a ‘La Casita’ (Centro de Atención a la Salud Sexual y Reproductiva de La Rioja), de donde, de nuevo, se fue sin saber de cuántas semanas estaba.
Ya en Pamplona, Eva acudió a la clínica privada a la que le habían derivado desde Logroño, donde también continuaron los tratos vejatorios y los comentarios despectivos. Eva seguía sin saber de cuántas semanas estaba, ni mediante qué método iban a interrumpir el embarazo. Allí se enteró de que la iban a tener que someter a un legrado, al que tuvo que hacer frente sin anestesia porque había bebido agua. «A mí nadie me había dicho nada, yo no sabía que no podía beber agua, pensaba que solo iba a tomarme la pastilla». Solamente le suministraron un analgésico. En ese momento, Eva pensó que lo «estaban haciendo a propósito» para que no abortara y siguiera adelante con el embarazo.
A lo largo de la intervención no solo tuvo que hacer frente al dolor físico. El personal sanitario de la clínica, en concreto el médico encargado, hacía comentarios «fuera de lugar sobre mí» y «paternalistas» constantemente. Tras la intervención, la llevaron a una sala en la que no había calefacción. «Yo estaba temblando, muerta de frío, sin una toalla y sin nada, ahí desnuda y me dijeron: empieza a moverte ya que es que hay que ir desalojando. Yo no podía andar, no podía ni moverme, y tuvo que llevarme mi novio. Ni un mínimo de calor, ni de cercanía, ni nada».

Durante el viaje de vuelta a casa, «vomité todo lo que me habían dado» y tuvo que ir a urgencias a que le dieran la baja, porque tal y como se encontraba no era viable que fuera a trabajar al día siguiente. Tuvo suerte y en el centro médico encontró una médico que, por fin, fue amable con ella y le dio la baja.
Una semana después de la intervención, fue a hacerse la revisión de rigor, de nuevo en ‘La Casita’, y ahí le dijeron que le habían hecho mal el legrado y que aún le quedaba el 70 % del feto dentro, por lo que el riesgo de infección era muy grave. Para evitar posibles riesgos le suministraron la pastilla, que le provocó «coágulos y dolores horribles» durante una semana. Por la incompetencia del personal sanitario de la clínica privada de Pamplona a la que le habían derivado se vio obliga a ser sometida a un doble aborto.
En la última revisión, de nuevo en ‘La Casita’, el personal del centro invitó a Eva a colocarse un DIU de cobre para “ahorrarme dolores de cabeza en el futuro”. “No me explicaron nada: ni del procedimiento, ni del dolor que iba a sentir. Yo no me quería meter nada en el cuerpo, ni hormonas, ni nada y salí de ahí con un DIU de cobre” y con un sentimiento de culpabilidad agrandado por el trato vejatorio, los comentarios malintencionados y la falta de información por parte del personal médico que la atendió durante el proceso.
«Fue bastante violento. Encima yo, que tengo esta culpabilidad encima, que desde San Pedro me traten mal, y luego allí también y que encima sea todo así, a pelo. Fue horrible. Ya no emocionalmente, porque la verdad es que fue un trago… y no saber de cuántas semanas estaba, si estaba a tiempo, si no…fue horrible».
Eva es el nombre ficticio de una mujer real. Nos ha pedido, por motivos de confidencialidad, que su nombre real no se haga público. Ella se ha decidido a alzar la voz y contar su historia para que otras mujeres no tengan que pasar por lo mismo y que en La Rioja, por fin, se aplique la Ley del Aborto, que garantiza el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo de forma confidencial, gratuita y segura.


