Cuando hace algo más de tres décadas Rafael Ibarrula, José Manuel Calzada y Alfredo Rodríguez se afanaron en dotar a la ciudad de un canto con el que todos sus vecinos se sintieran representados, ninguno de ellos pensó que su creación alcanzase las cotas de popularidad de la que goza hoy en día. Hasta el punto de que su ‘Himno a Logroño’ trasciende al cántico popular que da la bienvenida a las fiestas de San Mateo y es ya, incluso, un nuevo elemento de mobiliario urbano.

Porque sí, los versos del Himno a Logroño se han convertido en una invitación a detenerse y tararear para los viandantes que transiten por la ‘nueva’ calle Sagasta, cuyas obras de reurbanización encaran su recta final.

Entre adoquines, los transeúntes podrán leer algunos de los pasajes del himno, tal como «Mi tierra es La Rioja, Logroño es mi pueblo», «cruce de caminos, puentes sobre el Ebro», «cuna de mi lengua, camino de encuentros» y, sobre todo, el «nadie en Logroño se siente extranjero», que supone el clímax de la composición.

Es una de las sorpresas que depara la actuación urbanística sobre la vía de entrada al centro de la ciudad desde el Puente de Hierro. Durante las últimas semanas, las baldosas que lucen los versos del himno han permanecido ocultas bajo tablones y ahora ya pueden ser contempladas por cualquiera que se dé un paseo por el entorno.

No es el único elemento icónico de Logroño en el entorno de Sagasta, pues entre los adoquines también constan algunos tallados con ‘compostelanas’ que guían al peregrino por el Camino de Santiago o los característicos racimos de uva que lucen en las aceras de varias calles de la capital riojana.


