Gastronomía

El alma de Logroño late con fuerza en cada rincón de la calle Laurel

Existe una calle en Logroño en donde el eco de los brindis se mezcla con los aromas tentadores de manjares sin igual. Una zona que no precisa de presentación, tan solo cumplir con el impulso natural de acudir a ella de vez en cuando. La calle Laurel se alza como un emblema de la cultura popular y gastronómica riojanas. No es solo una calle; es una experiencia sensorial que conserva décadas de tradición, evolución y pasión por la gastronomía a la logroñesa. Sus adoquines atestiguan el transitar habitual de familias enteras, de generación en generación, que han brindado, reído y compartido sabores que definen no solo una cocina, sino un estilo de vida.

La historia de La Laurel es un recorrido que parte desde sus humildes comienzos como punto de encuentro de chiquiteros, hasta convertirse en el epicentro de la vida social y gastronómica de Logroño. En aquellos primeros días, la calle no era más que un conjunto de tabernas modestas donde se servía vino a granel y alguna que otra gilda para acompañar, con la presencia de unas cuántas casas de comidas en las que se servían ensaladas y corderos asados por cuartos. Porque la mayoría de clientes llegaban ya cenados, y el vino peleón corría en metros de vasos alineados con destreza sobre barras de mármol, desgastadas por el paso incansable de los años y las historias. Se bebía vino peleón, apenas se encauzaba el asunto con algo sólido.

Con el tiempo, ese vino peleón, por exigencia del contexto riojano de su enclave, dio paso a una selección que hoy convierte a La Laurel en el mayor expositor de vinos de Rioja del mundo. La metamorfosis no ha sido sólo en la calidad del vino, sino en la forma de entender la experiencia de beberlo. Ahora, copas de cristal sustituyen al vidrio de los chatos y permiten apreciar mejor los matices de más de 300 referencias, desde los más jóvenes y frescos hasta reservas que guardan el alma de la tierra riojana. La evolución de La Laurel es un reflejo de la propia región, eminentemente vinícola, que sabe honrar su pasado mientras abraza el futuro con una copa de buen vino.

Los jóvenes disfrutan de la calle Laurel. FOTO: Fernando Díaz

Caminar por La Laurel es sumergirse en un festival de aromas, sonidos e imágenes. A cada paso, los sentidos se despiertan con el vivir de las brasas, el perfume embriagador de los champiñones a la plancha, de los pinchos morunos a la brasa, de las setas con su salsa, o del tentador crujir de una oreja rebozada que recuerda a la cocina de la abuela. Sin obviar los grandes templos de la cocina riojana, restaurante, de mesa y mantel, como el Matute, el Iruña, el Tahití… templos del recetario tradicional riojano, que han resistido el paso del tiempo, manteniendo vivas recetas que saben a hogar: caparrones con sus sacramentos, menestras que son un canto a la huerta riojana, cabrito asado que se deshace en la boca y postres caseros que redondean homenajes para el recuerdo.

Pero La Laurel también es el arte del pincho único, esa genialidad de la simplicidad llevada a su máxima expresión. En El Soriano, el champiñón a la plancha, jugoso y coronado con una gota de salsita secreta, es un acto de pasión gastronómica. En El Jubera, las patatas bravas desafían el paladar con su alioli picante, mientras que en El Perchas, la oreja rebozada cruje con la promesa de un bocado inolvidable. En El Cid, la seta a la plancha con una salsa legendaria. El Agus, un bocatita con una salsa que no se olvida, o la brocheta de lomo de cerdo sobre las ascuas de carbón que siempre están vivas. Aquí, la identidad de cada bar se define más por su especialidad que por su nombre. No se dice «vamos al Soriano», sino «vamos al de los champis». Esa es la magia de La Laurel: cada rincón tiene una historia, un sabor que lo hace inolvidable.

Vinos de calidad en la Calle Laurel. FOTO: Fernando Díaz

Durante las fiestas de San Mateo o de San Bernabé, la calle se transforma en un torrente humano. El bullicio de las charangas, el eco de las risas, el tintinear de copas y el murmullo de conversaciones en mil acentos distintos crean una sinfonía caótica pero hermosa. Las cuadrillas se mezclan con los turistas, los niños corretean entre mesas improvisadas y los mayores brindan una y otra vez, porque aquí, cada sorbo es una celebración. No importa si es la primera vez o la enésima: La Laurel siempre ofrece algo nuevo, un rincón por descubrir, un sabor que recordar.

Esta mezcla de tradición y modernidad también se refleja en la diversidad de su oferta. Junto a los bares de siempre, nuevos proyectos gastronómicos surgen de vez en cuando para aportar un toque nuevo a la habitual ruta de pinchos. La presencia de vinotecas de vanguardia y la apuesta por productos locales de calidad demuestran que La Laurel es un laboratorio vivo donde la gastronomía se reinventa sin perder su esencia.

De pie o sentados, la Laurel se adapta a todas las necesidades.

Lo que hace única a La Laurel no son solo sus pinchos ni sus vinos. Es el ambiente, esa sensación de pertenencia inmediata, de estar en un lugar donde cada rincón tiene alma. Es la sonrisa del camarero que te recomienda su vino favorito, el consejo del desconocido en la barra sobre el mejor pincho, la charla improvisada con alguien que también está descubriendo el placer de un bocado perfecto.

La Laurel es mucho más que un destino gastronómico. Es un punto de encuentro para el mundo, un lugar donde se cruzan historias, culturas y generaciones. Es el corazón de Logroño, latiendo al ritmo de sus gentes, de sus fiestas, de su pasión por el buen vivir. Porque en La Laurel no solo se come o se bebe: se celebra la vida en cada sorbo, en cada bocado, en cada brindis que resuena entre sus calles cargadas de historias populares.

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