Tinta y tinto

Tinta y tinto: ‘¿Qué me pasará si miento?’

Hace unos cuantos años, no recuerdo muy bien cuántos porque hace casi tres décadas, mi padre me obligó a escribir una redacción sobre las consecuencias de la mentira. Tampoco recuerdo el detonante concreto de tan dura tarea ni cuáles fueron mis reflexiones (el castigo divino estaría seguro entre ellas porque siempre hemos sido hombres temerosos de Dios), pero de lo que sí me acuerdo bien es de la sensación que me apretaba el estómago. «Qué me pasará si miento», rezaba el título. Me habían pillado en algún renuncio y tocaba aprender la lección. Desde entonces, al pensar en decir alguna mentira siempre vuelvo a aquella redacción y a aquel nudo en el estómago. Encerrado en mi habitación, apretaba el lápiz intentando poner varias ideas porque sabía que con dos o tres no sería suficiente.

Me sentía en ese momento como un reo condenado a muerte escribiendo sus últimas voluntades antes de caminar por un húmedo pasillo hacia la silla eléctrica. Todavía no había visto ‘La milla verde’ y la película ya estaba en mi cabeza. Quizá de aquella, al estilo de la ‘terapia’ de ‘La naranja mecánica’, asumí que la mentira no me iba a llevar a ningún sitio bueno y mi cuerpo la somatizó como algo a evitar. Por eso siempre se me sube levemente la comisura izquierda del labio cuando intento contar alguna trola y mi fracaso está asegurado. Si es muy grande, incluso me entra la risa floja como si tuviera siete años y estuviera delante de la chica que me gusta. Y así es muy difícil moverse en un mundo plagado de políticos e intereses espurios, aunque mi madre me ha dicho que si la mentira es «piadosita» no pasa nada.

Porque, en realidad, todos tenemos claro que cuando nos hacen una pregunta o contamos algo tenemos que decir la verdad. Fácil. Sin trampas. Fuera de las redes sociales, donde las mentiras (ahora los hemos llamado bulos y posverdad) están totalmente normalizadas y los algoritmos defendidos por nazis las impulsan, el asunto tiene unas normas evidentes que la sociedad conoce. Verdad, bien. Mentira, mal. Por eso me sorprende cuando alguien es capaz de mentir sin ponerse un poco colorado o, si acaso, un poco nervioso por dentro sabiendo que se le pillará antes que al cojo porque tiene las patas muy cortas.

El último capítulo a la riojana relacionado con este asunto lo hemos visto en las negociaciones entre el personal del Servicio Riojano de Salud (SERIS) y los trabajadores del Hospital de Calahorra. Más allá del tema administrativo y de saber qué es lo mejor para los pacientes, un audio grabado durante el encuentro ha desvelado que el gerente del SERIS, Luis Ángel González, mintió cuando dijo posteriormente que no había puesto sobre la mesa ningún recorte: «Quien afirme lo contrario está faltando a la verdad y generando una alarma injustificada».

Acudiendo al VAR, al ‘fact-check’ de Ana Pastor y al detector de mentiras sí saltan más alarmas que cuando Hamas lanza sus misiles sobre Israel y se activa la Cúpula de Hierro. Y justificadas. Salud planteó reducir camas, por el motivo que sea (este puede ser incluso lógico), pero lo hizo. A partir de ahí, podemos retorcer las palabras como queramos, pero el directivo miente y no hay que darle más vueltas. Espero que la consejera María Martín, consciente del asunto, al menos le obligue a escribir una redacción como hizo mi padre conmigo. «¿Qué me pasara si miento?». Y en la primera línea, a renglón seguido: «Que tendré que dimitir».

No podemos depender de grabaciones furtivas en reuniones a nuestros funcionarios (este asunto quizás merece reflexión aparte) ni permitirnos un resquicio de duda sobre nuestras instituciones públicas. No queremos acabar como Estados Unidos o tantos otros. Antes fueron Argentina, Italia, Hungría, el Brexit… y nosotros podríamos ser los siguientes. Es momento de elevar los discursos y, además, convertirlos en realidad.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top