Junio de 2011. En plena crisis, uno de los chefs principales -ya por aquel entonces- de la gastronomía riojana se atrevía a abrir un restaurante en pleno corazón de Logroño, en El Espolón. Se bajaba de la sierra al valle. Y llegaba a la capital con su Tondeluna, aldea próxima a Ezcaray, en donde Francis Paniego se estaba mostrando al resto del mundo. «Hay croquetas de Marisa y calamares a la romana con una mahonesa de setas; pero también patatas bravas (dedicadas a Sergi Arola) o un huevo de corral cocinado a 65º y frito con puntillas, sin olvidar las ideas del Portal, como esos increíbles pimientos asados en casa con anchoas de Santoña y aceite de oliva virgen extra», decían aquel junio de 2011 las crónicas gastronómicas.
Pero lo que más llamaba la atención era su concepto de sala. Destacaban estas mismas crónicas que «el nuevo restaurante (sito en Muro de la Mata, 9) es también un espacio diáfano que se abre sedosamente con una dudosa claridad: hay luz pero sin estridencias gracias a unos tonos pasteles que abrigan seis mesas largas donde se come, se habla y se bebe»… en mesas corridas. Mesas infinitas en las que los comensales compartían un mismo espacio aunque no se conocieran.

Concepto que acaba de modificar Francis Paniego. Casi quince años después, el chef riojano ha decidido tocar levemente un restaurante de referencia como Tondeluna. Todo sigue igual, pero las mesas ya no son corridas. La sala sigue tan diáfana, pero las mesas ya están divididas para que cada grupo se siente de una forma más individual.


