Tinta y tinto

Tinta y tinto: ‘Los malos estudiantes’

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Los malos estudiantes también tenemos cosas buenas: no ponemos excusas al llegar a casa con las notas. Acostumbrados a vivir en el alambre entre el aprobado justo y el suspenso trágico, preferimos sobresalientes en las asignaturas de la universidad de la calle que en los estudios reglamentarios del sistema. Las tardes (y alguna mañana) en los recreativos siempre acaban dando alumnos aventajados en difíciles tareas (futbolín, fumar y amistades peligrosas como ejemplos).

Por contra, el calvario llega con los exámenes finales, cuando la conciencia aprieta: “Deberías haberte puesto antes”. Aunque la cosa ya tenga poco remedio, empiezas a seleccionar temas («este seguro que no cae») y te vuelves más creyente que el alcalde de Logroño.

En esas anda el Ayuntamiento de la capital, pero con el problema añadido que nunca hemos toreado los malos estudiantes de siempre: tener que fabricar excusas. Asumes la colleja por ir de espabilado y aplicas la única receta para resolver el problema la próxima vez: ponerse a estudiar antes. La ley del mínimo esfuerzo no gusta ni a docentes ni a ministerios con cheques europeos, ya que ambos rinden a su vez cuentas a instancias superiores.

Así nos hemos plantado en la cuesta de enero. Una rampa más dura para el equipo de Escobar y los logroñeses que el carril bici hacia Lardero, ya que la capital riojana parece haberse empeñado en llenar de titulares el comienzo del 2025. El asunto tendría su gracia si no fuera porque la factura puede superar los diez millones de euros para nuestros bolsillos. Vamos a saber lo que es una cuesta de enero, pero bien. El ejemplo más reciente es la pérdida de dos millones para la reforma de la calle San Antón porque el proyecto no ha llegado a tiempo. En vez de ponerse manos a la obra nada más aterrizar en el ayuntamiento, las órdenes fueron deshacer las obras como el carril bici de Avenida Portugal. Las prisas de la venganza.

La forma de proceder para todos los proyectos que podrían llevar Logroño al siglo XXI está condenando al Ayuntamiento. Escudándose en tener que hablar con los vecinos y los comerciantes -como si el resto de la ciudad no tuviéramos ni voz ni opinión al respecto- van retrasándose y retratándose hasta que se acaban los plazos para que Europa pague la fiesta. Y como se ha prometido mejora, las obras se van a hacer igual; eso sí, diseñadas de cero para que se diferencien lo más posible de las del partido anterior y -ahora sí- con fondos propios, de nuestro bolsillo. Cueste lo que cueste, parece, sin pararse a pensar que, quizás, sería más conveniente levantar el acelerador de las excavadoras.

Y es que lo que consiguió el equipo de Pablo Hermoso de Mendoza fue la pasta gracias a diseñar proyectos que la merecían por delante de muchas otras ciudades y que, por ejemplo, podían valer cuatro millones de euros y los logroñeses sólo íbamos a pagar uno. Un paso por las urnas más tarde, el equipo de Conrado Escobar no ha conseguido gestionar el dinero a tiempo y ahora pretende realizar el mismo número de obras sin financiación externa. Es decir, costándonos dinero a los vecinos de la capital riojana.

Además de malos estudiantes que no llegan a tiempo con los deberes hechos, el Ayuntamiento de Logroño tiene otro “debe” en su haber: poner la excusa de que el profesor le tiene manía. Esgrimido ya ese argumento en rueda de prensa, hace unas semanas anunció que iba a devolver «voluntariamente» otros dos millones de euros por no cumplir con el eje ciclista Este-Oeste, la remodelación de la calle Sagasta y el voladizo ciclo-peatonal sobre la A-13. El problema que tiene el Consistorio es que el Ministerio de Transportes y Movilidad Sostenible revisará con lupa el asunto y todo apunta a que no colará esa devolución «voluntaria» sino que habrá que devolver la cantidad total de dinero otorgada para esos proyectos (seis millones de euros). Sepamos -de nuevo- lo que es una cuesta de enero.

No se trata sólo de señalar con el dedo los errores, sino de reflexionar sobre lo que estos fallos representan. Cada proyecto inconcluso, cada fondo devuelto, cada promesa rota, es un golpe a la confianza de los ciudadanos. La gestión pública, como la educación, requiere esfuerzo constante, atención al detalle y, sobre todo, compromiso con los objetivos. El Ayuntamiento de Logroño, al igual que esos estudiantes que repiten curso, tiene una última oportunidad para demostrar que ha aprendido la lección con la Zona de Bajas Emisiones (ZBE) que se pondrá en marcha en 2026 (la polémica está servida al circunscribirla al barrio de San José) y la vieja estación de autobuses (capítulo aparte dedicaremos para ese concurso de ideas en el que gana una irrealizable). En esa última obra, otros 2,6 millones de euros hay en juego.

En el futuro inmediato, el Ayuntamiento debe replantearse su forma de trabajar. Los fondos europeos, una herramienta crucial para el desarrollo local, no son una mera asignación presupuestaria. Son un contrato de confianza entre las instituciones europeas y los gobiernos locales, y cada incumplimiento es un punto menos en el examen de la responsabilidad. La movilidad sostenible, la mejora de infraestructuras y la calidad de vida urbana no son opcionales. Son las asignaturas troncales de una administración que quiere aprobar, no por los pelos, sino con honores.

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