Firmas

Mi primer día en la pelota

Vista panorámica del Adarraga, desde la esquina del rebote. | FOTOS: Daniel Ortiz

A veces bastan cinco palabras para abrir las puertas de un universo oculto a unos ojos ansiosos de vivir experiencias nuevas. Menos de veinte letritas que componen el billete de ida a un ecosistema desconocido, pese a que uno se siente riojano practicante desde hace ya una docena de años. Un discreto «¿te vienes a la pelota?», como quien no quiere la cosa durante una sobremesa del Café Moderno, era todo lo que lo que necesitaban escuchar estos oídos para ponerle el broche a un miércoles mateo rodeado de familia y amigos. La respuesta, lógicamente, fue tan escueta y directa como la pregunta: «Hecho».

Quien escribe estas líneas no había asistido jamás a un partido de pelota. Pero todo tiene su explicación que merecen unas líneas de contexto. Servidor llegó a Logroño en la primavera de 2012, un momento en el que La Rioja peregrinaba tras los pasos de un Titín III a las puertas de su último campeonato de Parejas. La popularidad del caracolero y el aforo del Adarraga me llevaron a la conclusión de que sería imposible conseguir una entrada para poner un pie en el frontón. Y así fueron pasando los años, percibiendo la pelota como un evento prácticamente inaccesible, restringido únicamente a los ya iniciados. Por eso, este miércoles, esas cinco sencillas palabras abrieron una ventana de oportunidad que no estaba dispuesto a desaprovechar.

Lo primero es aprender los conceptos básicos. «Todos los días hay tres partidos y el de enmedio es el estelar». Anotado. «Esa pared es el frontis y la de atrás es el rebote». Ajá. «A la chapa se le llama ‘la chismosa’ y las empresas confeccionan las parejas para que los partidos estén siempre lo más igualados posible». Ok. «Hay partidos que son a 18 puntos, otros a 22 y siempre se aplaude en el último punto». Lo tengo.

‘Avituallamiento’ de las cuadrillas en los accesos al frontón.

Como el chaval que sale por primera vez de bares, adopté el rol de observador y dejé hacer a mis guías, ya curtidos en estas batallas, que eligen el rebote como atalaya desde la que contemplar el espectáculo. Para quienes no hayan puesto un pie en el frontón logroñés, el rebote viene a ser, en cuanto a comodidad, el sueño húmedo de un quiropráctico. Asentar las posaderas requiere de un ritual digno de equilibrista y su ‘ergonómico’ diseño te somete a una postura que pide a gritos abrazar la barra con un palillo de dientes en la boca.

La perspectiva, en cambio, es impagable. Esa esquinita es un mirador ideal desde el que otear la esencia de la feria matea de pelota. Para ver a la gente, que es la que da sentido a uno de los eventos más populares de las fiestas. Es imposible obviar que en el Adarraga se respira una atmósfera diferente a la de cualquier otro recinto de Logroño. Y no es una manida metáfora: la densidad del aire es similar a la de un algodón de azúcar, casi puedes masticarlo, y el calor derrite los hielos de los ‘riojalibres’ que circulan al trote por las vetustas gradas a orillas del Ebro.

El Adarraga eleva la temperatura ambiente de Logroño durante los sanmateos.

Ir a la pelota en Logroño supone un viaje en el tiempo. Es el espectáculo deportivo que haría a Javier Tebas llorar desconsolado en posición fetal. Un evento al que puedes acceder con bebidas desde el exterior y en el que en las mesas de la cafetería se organizan meriendas a las que, con educación, el foráneo puede echar mano a un tomate picado, saladitos, salchichón o pimientos. Que nadie en Logroño se siente extranjero.

Merienda en la cafetería del frontón tras el partido estelar.

Las cuadrillas de los más jóvenes acomodan sus neveritas desde las que mana el vino que alimenta lo que los modernos han venido en llamar gradas de animación, entregadas a sus deportistas con independencia de la categoría del rival. Ese miércoles, Salaverri es el profeta al que hay que llevar a hombros hacia el triunfo, por más que enfrente esté Altuna, algo así como el Mbappé de la pelota contemporánea.

Una nevera con bebida introducida desde el exterior, la peor pesadilla de Javier Tebas.

A ojos de un neófito, el Adarraga en San Mateo tiene mucho de ancestral. Un evento en el que las apuestas son inherentes al interés que suscitan los partidos y en el que las pelotitas de tenis de los corredores vuelan a más velocidad que las que crujen contra el frontis. El Adarraga es una suerte de Altamira cuyas paredes encierran la esencia de un espectáculo que fascina sin necesidad de comprender las claves de su desarrollo.

Las apuestas juegan su propio partido a los pies del frontón.

La pelota es uno de esos espectáculos a los que hay que asistir, al menos, una vez en la vida. Una cita que recuerda que no hay mejor fiesta que aquella que gestiona la propia gente. Por eso, si eres de Logroño, te bastan cinco sencillas palabras para hacer feliz a cualquiera dispuesto a empaparse de la cultura popular de tu ciudad: «¿Te vienes a la pelota?».

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