Tinta y tinto

Tinta y tinto: ‘Hace calor en verano’

Foto: Raquel Manzanares (EFE)

Lo dije hace unos meses y me mantengo en mis trece. Todos somos gilipollas. No sé si nos hemos vuelto o hemos sido siempre, por aquello de que la pandemia hizo un parón en nuestras vidas y le dimos al ‘reset’ mental. Ahora resulta que hace calor en verano. ¡Vaya, vaya! ¿Quién lo hubiera imaginado? Estamos en julio y al termómetro le ha dado por subir. Esta sí que es una noticia de última hora, digna de la más importante de las alertas que lanzamos en los medios de comunicación directas a la pantalla de tu móvil. No te lo esperabas, ¿eh? Como si el bueno de Lorenzo, en un arrebato de rebeldía adolescente, hubiera decidido por primera vez encender el horno durante estas semanas. La guinda la ponen las reacciones en las redes sociales (un minuto de silencio por los negacionistas y los figuras que abrazan la ciencia de los chamtrails). «¿Cómo se atreven a no advertirnos de que en verano hace calor?». «¡Inaceptable! Mis derechos termodinámicos han sido violados.»

Cada año, sin falta, recibimos con estupefacción la noticia de que el verano es caluroso; el invierno, frío, y que los días son más largos en junio. Es casi como si estuviéramos atrapados en una rueda interminable de revelaciones evidentes en la que esperamos ver a los reporteros a pie de playa o frente a un termómetro en las calles de Córdoba. Ni que decir tiene de esos afortunados periodistas a los que les toca cubrir el temporal de nieve subiendo a cualquier puerto digno de ser final de etapa en La Vuelta a España. Profesión sólo apta para valientes, aunque siempre haya quienes se quejen de que los medios de comunicación, en nuestra incansable búsqueda de noticias, nos hemos convertido en pregoneros de lo obvio. «¡Qué sorpresa! Hace calor en verano». «¿Qué será lo siguiente? ¿Que nos digan que el agua moja?».

Pues resulta, querido lector, que es nuestro deber como periodistas mantener informada a la población. Eso a veces significa recordarte que el fuego quema y que el cielo es azul en los días despejados, pese a que eso suponga un sinfín de comentarios en redes sociales tratándonos de gilipollas como si nosotros no tuviéramos ya suficiente con lo nuestro y den ganas de cerrar el periódico para nunca más volver. Parece que, colectivamente, hemos decidido que necesitamos algo o, mejor dicho, alguien a quien criticar constantemente. Los medios de comunicación, los políticos, los famosos, los vecinos, el perro del vecino… incluso del seleccionador nacional, Don Luis de la Cuarta, aunque el bueno del técnico riojano esté haciendo un papel impecable en la Eurocopa. Todos somos blancos en esta feria de la irritabilidad moderna. No hay nada, absolutamente nada, que no pueda ser objeto de una queja feroz y desproporcionada.

Quizás, en parte, la culpa sea de los propios medios. Tal vez hemos subestimado la capacidad del público para asimilar la información sin que la sirvamos en bandeja de plata y con una pizca de dramatismo (otro minuto de silencio para esa legión de seguidores que está siempre ojo avizor para corregirnos cuando decimos que la Aemet emite una «alerta» y no un «aviso» como si se fuera a acabar el mundo). Seamos honestos. La otra cara de la moneda es que la sociedad parece necesitar esa dosis diaria de indignación para sentirse viva. Es como si, sin algo que criticar, el día no estuviera completo. La crispación está a la orden del día y las caras más conocidas del Congreso de los Diputados no contribuyen mucho a bajarla. Una palabra mal colocada, un gesto fuera de lugar, y ya estamos listos para sacar las antorchas y los tridentes. Es como si estuviéramos compitiendo en los Juegos Olímpicos de la ofensa, donde el oro se lo lleva quien logre sentirse más agraviado por la mayor trivialidad. Hemos pasado del «vive y deja vivir» al «vive y critica todo lo que puedas», y en el proceso hemos olvidado cómo respirar hondo y simplemente dejar pasar las cosas.

El problema de vivir en un estado de constantede agitación es que terminamos tratando a los demás como idiotas en lugar de asumir que, quizás, la gente quiere simplemente saber qué pasa al otro lado de su ventana (¿de qué hablas con tu vecino en el ascensor?). Aunque esto suponga recordar que hace calor en verano o que el día en el que comienzan las vacaciones va a haber más tráfico en la carretera. De hecho, estas dos categorías y los sucesos son las noticias más leídas, con diferencia, en prácticamente cualquier medio de comunicación. Más aún cuando se da una combinación de las tres, como por ejemplo una tormenta en la que colapsan las carreteras y los destrozos se cuentan por decenas.

Tal vez, solo tal vez, es hora de recuperar un poco de perspectiva. Dejar de lado las quejas por un momento y disfrutar del verano, con sus noticias sobre el calor a pie de playa y en las calles de Córdoba incluidas. Porque, después de todo, en medio de todas nuestras críticas y quejas, estamos olvidándonos de vivir. Y en este olvidarnos de vivir, estamos perdiendo lo más valioso: la capacidad de disfrutar de lo sencillo, de lo obvio, de lo que siempre ha estado ahí (¿te sabes el nombre de tu vecino con el que subes en el ascensor?). Así que, sí, hace calor en verano. Y en invierno hará frío. Y mañana, el sol saldrá por el este y se pondrá por el oeste. No es noticia, es la vida. Y quizá, solo quizá, deberíamos recordarlo antes de criticar la próxima obviedad que te contemos. Porque nosotros, querido lector, tampoco somos gilipollas. O sí.

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