El agua moja y las ciudades cambian. Basta con volver a ese lugar que visitaste hace años para ver que ni los bares ni las tiendas ni las calles son las mismas. Tampoco las personas. Nos hacemos mayores. Peinamos canas y mostramos arrugas para evidenciar el paso del tiempo en nuestro aspecto físico salvo en el caso de genéticas sobrehumanas como las de Jordi Hurtado o Brad Pitt. En el progreso o la decadencia de cada uno está la toma de decisiones vitales, más allá de las circunstancias sobrevenidas que no tienen escapatoria y a las que sólo podemos adaptarnos.
En uno de esos momentos se encuentra Logroño. Tras años de parálisis en el diseño de sus calles, en 2020 comenzó la ‘revolución Mendoza’ para poner la movilidad urbana de la capital riojana en el siglo XXI cual ciudad europea del primer mundo. Demasiados cambios «provisionales» en poco tiempo a falta de las obras completas, pero que al menos sirvieron para poner encima de la mesa un debate que levantó no pocas quejas y críticas ahora apagadas con el paso de la costumbre.
Ahora las miradas se centran en el Casco Antiguo. Al igual que pasa en medio mundo por las cosas de la globalización, el centro de Logroño se transforma día a día con la explosión del turismo y la aparición de pisos exclusivamente para visitantes de fin de semana y fiestas de guardar. Un fenómeno imparable al que ninguna administración sabe (quizás tampoco quiere) ponerle freno y que vacía de residentes el corazón de las ciudades con los cambios que eso conlleva. Sin apenas servicios para el día a día, el parque de atracciones va completando sus atractivos con el paso de las semanas sin vuelta atrás posible. Pese a las resistencias vecinales, parece que ya sólo queda asumir la situación y aprender a convivir con ella.
Sin embargo, mientras seguimos intentando transformar las calles con más desacierto que fortuna (el contrato de Duquesa de la Victoria ha quedado desierto y menos mal que se ha dado marcha atrás al ‘carril bici’ en la calle Bretón), dos proyectos siguen latentes para llevar a Logroño al 2024 y evitar así que vaya perdiendo el paso de eso que llamamos «progreso» sin saber muy bien a qué nos referimos: el solar de Bosonit en la calle Marqués de San Nicolás (la calle Mayor) y el soterramiento de las vías del tren que a punto está de finalizar su primera fase después de años y años de retrasos.
Mucho se habló en la pasada legislatura de lo que transformaría el ‘skyline’ (lo denominaremos ‘perfil de la ciudad’ por aquello de estar en la cuna del castellano) el diseño que el prestigioso arquitecto Kengo Kuma había realizado para la compañía tecnológica. Finalmente se impusieron las cuatro voces que consideraban «inconcebible» que al vislumbrar Logroño desde el otro lado del puente de Piedra sobresaliera un espectacular diseño que hiciera sombra a la iglesia de Palacio. Adiós a una de las últimas oportunidades para llenar de vida laboral el Casco Antiguo con seiscientas personas. Cosas de la cerrazón de quienes consideran más importante que nada cambie por vaya usted a saber qué miedos, ya que ahí sigue el solar criando malvas sin visos de solución.
En esas mismas nos encontramos ahora con los fantásticos solares que el soterramiento nos ha dejado en el entorno del nudo de Vara de Rey, donde por suerte no se impusieron las cuatro voces que consideraban «inconcebible» derribar el túnel de Duques de Nájera. Casi finalizada la obra en cuanto a infraestructuras y parques, toca pensar qué hacemos con las viviendas proyectadas en la zona (1.200 repartidas en doce edificios) y con las cinco torres de veintidós alturas que volverán a abrir el debate sobre ‘el perfil de la ciudad’ y los cambios que este sufrirá de aquí a unos años.
En el pequeño Logroño del poder comienzan a aparecer globos sonda para terminar de perfilar el asunto. ¿Cuántas torres son necesarias? ¿Las cinco o valdría con tres o cuatro? ¿Por qué de veintidós alturas y no de alguna menos? Lo cierto es que uno de los principales problemas de la ciudad, relacionando el tema con la explosión turística en el Casco Antiguo, se encuentra en el acceso a la vivienda. Tanto en el alquiler como en la compra por sus elevados precios. La ciudad no puede dejar escapar un proyecto propio (otro día hablamos de Ramblasque, Maristas y El Campillo) para construir casas porque estas se podrían dedicar en un alto porcentaje a vivienda de protección oficial (VPO) -cabe recordar que el suelo pertenece al Ministerio de Transporte, Ayuntamiento de Logroño y Gobierno de La Rioja.
Ya que tenemos la oportunidad y toca ponerse serios con un nuevo proyecto, pongámonos de verdad. Si toca cambiar ‘el perfil de la ciudad’, lo mismo dará que sean cuatro que cinco torres con sus setenta metros de altura si esto resuelve un problema que sufren, sobre todo, los jóvenes riojanos que quieren emanciparse o aspirar a vivir con las mismas comodidades que la generación del ‘baby boom’. El progreso o la decadencia de cada uno, decíamos, está en la toma de decisiones vitales. Y ahora toca otra. Esperemos estar a la altura ahora que ya tenemos himno oficial.


