La Rioja

De Casalarreina a Cracovia para recoger a nueve refugiados de la guerra

Ante las crisis humanitarias, hay quien reacciona cruzando los dedos con la esperanza de que el infierno quede atrás lo antes posible y quien se pone manos a la obra para obtener el mismo resultado. Y Ángel Pérez pertenece a este segundo grupo.

El propietario de La Vieja Bodega encabezó a mediados de marzo una de las primeras expediciones riojanas para acoger a los desplazados por la guerra de Ucrania. Aquel grupo humano llevó los campamentos de refugiados varias furgonetas cargadas de material de primera necesidad y regresó con dos mujeres y cuatro niñas que encontraron en Casalarreina un oasis entre la barbarie.

Lejos de conformarse con ese loable gesto, Ángel ha organizado esta semana otra expedición con un objetivo aún más ambicioso: traer a La Rioja a otros nueve desplazados desde Polonia. Así, este jueves tardaron 20 horas en cubrir la distancia que separa Casalarreina y Nuremberg, a las que hay que sumar las ocho horas de trayecto de la jornada de hoy: las que separan la ciudad alemana de Cracovia, donde vaciarán la furgoneta de material médico, comida, ropa y medicinas para hacer hueco a los refugiados, entre los que se encuentran tres personas que se quedaron en la frontera de Cracovia tras intentar volar a Barcelona.

Este sábado tienen previsto recogerlos, con la ayuda de una ONG de País Vasco y el ánimo de regresar el domingo a La Rioja, donde los refugiados confían en reconstruir sus vidas mientras Ucrania regresa a la normalidad.

Con tanto tiempo de trayecto, uno de los conductores de la expedición ha escrito el siguiente texto, titulado ‘El viaje de Sasha’:

«Son las 10 de la noche y Franjo me despierta: toca echar gasofa en algún lugar indeterminado del sur de Alemania. Conscientes de lo complicado de cenar a estas horas, los españoles planteamos la posibilidad de comer unos sándwiches de gasolinera en el coche: aún nos quedan más de 5 horas hasta el hostal en Francia.

Se lo comunicamos a Sasha. 13 años y toda una biografía a las espaldas. Natural de la región de Chernóbil, lleva 5 años viniendo a Castro Urdiales, dos meses en verano y uno en invierno, gracias a una asociación de cooperación. Habla un perfecto castellano y es la intérprete del grupo. Especialmente con Luda, una mujer de 66 años que me recuerda mucho a mi abuela Flora, y que consiguió escapar de Velikaya Aleksandrovka, zona de ocupación rusa al norte de Crimea.

Sasha se desenvuelve a la perfección en cualquier situación. Con una sonrisa perpetua traduce y agradece cada gesto, pero además, y haciendo gala de una sensatez nada común en su edad, está pendiente del grupo, de sus necesidades comunicativas y de su estado físico y anímico. Gracias a ella sabemos si necesitan pañuelos, o tienen frío, o sed. Su perenne sonrisa fatigada es consuelo y refugio para las dos comunidades lingüísticas en este interminable viaje.

Ya me gustaría, pienso, que mis alumnos de Bachillerato rozasen siquiera la madurez que ella derrocha cada día. Como nos dijeron los voluntarios de Galdácano en Katowice: «Los chavales que llegan han adquirido responsabilidades que no les corresponden por edad». Sacha ya no es una niña. O, al menos, ya no se comporta como tal.

Habituados a su maneras de adulto nos ha sorprendido ese fugaz momento, apenas un segundo, en el que sus ojos se han dilatado y una sonrisa de ilusión, y no de circunstancia, ha cruzado su cara. Ha sido cuando la dependienta de la gasolinera ha pronunciado «McDonald’s», informándonos de que había uno en la siguiente área de servicio.

A María Ángeles, perceceptiva e inteligente mujer, tampoco le ha pasado desapercibido el gesto. Nos miramos un instante. «¿Os gusta el McDonald’s?», preguntamos.

Ahora sí, todo el grupo comprende la fonética. Sus caras se iluminan: desde la pequeña Verónika de 11 años hasta Luda, que consiente divertida como abuela improvisada de esta ecléctica tribu. Incluso las madres del grupo agradecen poder tomar un café-latte a estas horas.

Nos volvemos a mirar los españoles. Sonreímos: dos de ellos regentan uno de los mejores restaurantes de La Rioja. «¡Manda cojones!». Pero ninguno nos podemos abstraer de esa luz que ilumina sus rostros: una ilusión que devuelve la infancia a sus caras.

«¡Al McDonald’s que vamos!». Alegría, palmas, saltos y abrazos.

Ya en la barra, mientras Sacha me ayuda a llevar las bandejas y pide azúcar para su madre, pajita para Andréi o servilletas para Luda, le pregunto: «¿Hacía mucho que no comíais aquí?».

«Desde antes de la guerra. Sé que no es muy sano, pero me recuerda a casa.»

Y por un instante, Sacha se permite aparcar a la mujer valiente en la que se ha convertido».

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