La Rioja

«O nos metíamos de lleno o a Sara se la podía llevar cualquier familia»

Contenido especial para el Gobierno de La Rioja

Todo empezó con un dibujo. Cuatro trazos que cambiaron la vida de Carlos, Nuria, Isabel y Patricia y de la, por entonces, pequeña Sara. Y hoy, quince años después, la pintura se ha convertido en una verdadera obra de arte de valor incalculable: la familia García Arenzana.

Educación Infantil en un colegio de Logroño. Sara e Isabel son inseparables, pero un día la primera no va al cole, justo el día del cumpleaños de Isabel, y desaparece. «Llegó a casa desconsolada y preocupada. Pasaban los días y no volvía, así que empezamos a indagar hasta que llegamos a un Centro de Acogida», explica Nuria, la madre de la familia.

A partir de ahí, Nuria y su marido, Carlos, decidieron seguir apoyando a la pequeña Sara «para que supiera que no le íbamos a soltar de la mano». Y así empezaron una serie de visitas extraordinarias los domingos hasta que «nos dijeron: ‘esto no funciona así'». El nivel de implicación era tal que les plantearon la acogida familiar. «O nos metíamos de lleno o a Sara se la podía llevar cualquier familia».

Foto: Abel Alonso

No hizo falta ni discutirlo. Estaban decididos, pero el proceso no era fácil. Había que pasar una serie de pruebas y cumplir unos requisitos. «Desde el principio dijimos que queríamos a Sara, pero el proceso es el que es y tienes que demostrar una afinidad y validez para que te concedan el acogimiento».

Pero el azar estaba de su parte. Estaban destinados a estar juntos y un día, mientras Sara dibujaba en un folio a Isabel, su amiga del alma, Nuria llegó a Servicios Sociales para seguir dando pasitos en su empeño de llevársela a casa. «Las chicas le preguntaron a Sara quién era la niña del dibujo y, en ese instante, llegué al mostrador y me presenté como la mamá de Isabel». A partir de ahí, gracias a ese dibujo, el sueño tomó forma.

Difícil, pero no imposible

El concepto de familia ha evolucionado mucho. En cuanto a la acogida y la adopción, «en la primera tienes muchas más obligaciones que derechos. Te obligan a cumplir una serie de requisitos que te imponen con respecto a la familia biológica y te arriesgas a que un día te digan que no puedes seguir viendo a tu hijo, de acogida, pero hijo».

Puede coincidir en que un aocogimiento termine en una adopción, como el caso de Sara, o, lo más normal, es que sea una temporada hasta que los problemas de la familia biológica se solucionen y la institución diga que tiene que regresar con ella. «Para la adopción tiene que haber una renuncia por la parte biológica, si eso no existe sigue siendo acogimiento», explica Carlos.

Foto: Abel Alonso

Y es que no es oro todo lo que reluce. «Cuando acoges a alguien hay que tener muy claro, y a nuestras hijas se lo remarcamos mucho, que a Sara la llevábamos a casa pero igual un día tenía que irse, y eso es muy duro, pero hay que concienciarse desde el principio». Así empezó todo, con el miedo en el cuerpo cada día hasta que Nuria se plantó y dijo: «Hoy Sara está con nosotros y mañana no sabemos qué pasará, así que, que el miedo no nos quite las ganas de disfrutarla. Si hay que llorar, ya lloraremos mañana». Aunque el sentimiento de que «estás arrebatando algo a alguien cuesta mucho que se vaya».

A partir de aquí se inicia un camino que, como en cualquier familia, no es de rosas. «No hay asignatura más difícil que educar y eso es lo que hemos querido hacer con nuestras tres hijas. Te dicen que quieres más a las biológicas y ellas mismas que mi favorita es Sara y siempre contesto lo que siento: os quiero igual a las tres, pero Sara necesita más atención, no puede sentir una vez más que le abandonan», cuenta Carlos.

Sentimientos encontrados y mucha satisfacción

Sobran las palabras cuando ves cómo Nuria y Carlos miran a su hija Sara, que les empezó a llamar papás desde el principio. Y las miradas son recíprocas, incluso con los ojos llorosos por parte de la joven. Es aquí cuando ves que las cosas se han hecho bien y, sobre todo, con amor. Mirada diferente a la primera que cruzaron Carlos y Sara. «No se me olvidará nunca. Ese día vi una de las peores cosas que se puede ver en este mundo: la mirada de un niño triste. Esa mirada se me clavó y aquí estamos hoy», indica emocionado.

Sara llegó con 5 años a casa de los García Arenzana y hoy tiene 20. Quince años que han dado para muchos quebraderos de cabeza y muchas satisfacciones que, por supuesto, han podido con todo lo malo. «Mi postura ha sido siempre de hormiguita», dice Nuria. «Ir echando para cuando Sara fuera mayor tuviera su propia capacidad de decisión y pudiera resolverse la vida, con o sin nosostros, igual que he hecho con mis hijas».

Foto: Abel Alonso

Pero las visitas con la familia biológica se convirtieron en un obstáculo al que valientemente han ido haciendo frente. «Al principio era un día a la semana y cada vez que volvía lo hacía totalmente desestabilizada y descentrada. Un pena después de todo el esfuerzo que hacíamos durante la semana», pero las directrices eran muy claras y había que asumirlas. «Cuando cumplí los 18 no quise saber nada de mi familia biológica. Cuando me tocaba ir tenía muy claro dónde quería estar», afirma Sara.

Episodios que no han podido con la unión y la estabilidad familiar actual. De esa mirada rota de la que hablaba Carlos han pasado al orgullo y satisfacción por ver «cómo nuestra pequeña se ha convertido en toda una mujer, que se levanta a las 4:50 horas para ir a trabajar. Está demostrando mucha responsabilidad y mucha valía. Verla con su chico, con sus amigos… es un auténtico orgullo».

Así lo vivió y vive Sara

Con lágrimas en los ojos y su cabeza dando vueltas y removiendo recuerdos duros pero también felices, Sara reconoce que se adaptó enseguida a su nueva y «única» familia. «Encajé muy rápido porque ya los conocía y, desde el principio, sentí que era una más. Como si me hubieran parido».

Lo de los estudios no era lo suyo, pero ha tenido claro que de brazos cruzados no se iba a quedar. «Estudié un Grado Medio de Artes Gráficas, hice prácticas y ahora me han hecho un contrato». Reconoce que es más de disfrutar el día que la noche, pero «cuando salgo también disfruto mucho». Las sonrisas se mezclan con las lágrimas y ella misma admite que «esto me remueve mucho, pero vivo el día a día y soy feliz».

A la pregunta de ¿por qué las familias se deberían plantear el acogimiento? Sara lo tiene demasiado claro: «Hay niños que están sufriendo y todo lo que conlleva la acogida es bueno. Y a los niños de los centros les diría que nunca pierdan la esperanza. Una vida mejor está por llegar».

El acogimiento familiar es un programa del Gobierno de La Rioja de forma que todas las personas interesadas pueden ponerse en contacto con la Sección de Acogimiento Familiar de la Consejería de Servicios Sociales y Gobernanza Pública a través del teléfono 941 29 43 61.

Además, todas las familias que quieran dar la oportunidad de crecer en familia a niños y niñas que lo necesitan, contarán con apoyo, asesoramiento y acompañamiento durante todo el proceso. Visita www.larioja.org/familiasacogedoras

* Contenido especial para el Gobierno de La Rioja

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