Agricultura

El oro negro riojano se hunde en un mercado a medio gas

Ya en marzo las tornas cambiaron con el cierre total de la hostelería, coincidiendo entonces con el fin de campaña de recogida de la trufa negra y con el producto en las cámaras de los restaurantes. Ahora, la situación poco ha cambiado. Los precios de mercado, muy variables en función de la variedad y la época del año, registran unas reducciones por debajo del 50 por ciento respecto al año anterior, cuando el hongo llegó a pagarse a casi 700 euros el kilo en la semana previa a Navidad, donde se produce el pico de demanda.

Esta campaña, en esas mismas fechas, los fruticultores han cobrado el kilo de trufa negra a unos 400 euros, mientras que en el inicio de la campaña, donde la calidad todavía no es la mejor, dejaba unos precios de venta en origen un 70 u 80 por ciento menos que en 2019, o lo que es lo mismo, entre 100 y 150 euros por kilo. Esta semana, por el contrario, el mercado se coloca por debajo de los 200 euros para el fruto de máxima calidad, llegando incluso a pagar por un kilo de trufa unos 100 euros.

Aunque las navidades han dejado un leve repunte en los precios, pasados los días festivos la tendencia vuelve a ser decreciente y la vista sigue puesta en las restricciones a la hostelería y su desarrollo futuro. Ya el cierre a las 20 horas durante las fechas clave no propició una mejora en los números finales, pero ahora el sector productor teme que con la entrada en el nuevo año también se impongan nuevas medidas horarias.

En La Rioja los números que rodean al cultivo son algo inciertos. «Se desconoce cuánta fruta se cultiva en La Rioja porque siempre ha sido algo oscuro el mundo que gira en torno a la trufa debido a su falta de regulación que no se subsanó hasta hace apenas dos años», señala Susana Gómez como responsable de la Reserva de la Biosfera de la Dirección General de Calidad Ambiental y Recursos Hídricos del Gobierno regional.

Puntualiza, además, que se debe diferenciar entre truferas naturales, cuya producción no se puede comercializar y las cuales ocupan una superficie total en la comunidad de 123 hectáreas, y las 178 de truferas cultivadas aptas para comercializar y las cuales se ubican mayormente en la Reserva. Aunque Soto en Cameros se lleva el broche de oro en inversión trufera, hay zonas con mejores cualidades orográficas para su cultivo, como el triángulo que componen Muro de Aguas, Grávalos y Villarroya, así como Préjano, Gallinero de Cameros y Villanueva de Cameros.

«Su zona más propicia para crecer es en las raíces de la encina riojana, donde además se den las condiciones de suelos calizos y laderas al sol», señala Susana. Entre las líneas de trabajo de la Reserva, avanza el estudio que desarrollan con el fin de crear pozos de inoculación y sistemas de optimización del riego como solución a las sequías y para rentabilizar más las explotaciones truferas.

Desde el Valle de Ocón, Arturo Laya se presenta como agricultor al que hace una década le picó la curiosidad por el mundo de la trufa negra. No fue, sin embargo, hasta hace poco más de dos años cuando ahondó en este cultivo de manera profesional. Con apenas dos hectáreas y media en producción plantadas hace once años y otras cuatro más a la espera (plantadas entre 2015 y 2018), todas ellas distribuidas por la Reserva de la Biosfera de La Rioja, asegura que «todavía es imposible vivir de este cultivo por la escasez de ingresos».

Un perro trufero en busca del hongo.

Concretamente, para que las plantas alcancen el máximo rendimiento pueden pasar más de diez años, dependiendo de las características del terreno y el tipo de árbol, mientras que las primeras trufas no saldrían hasta los siete u ocho años. Un proceso que se ha de afrontar, por tanto, con paciencia y pocas prisas, teniendo en cuenta que la inversión también es alta, ya que cada planta microrrizada con trufa negra cuesta entre 7 y 8 euros. A partir de ahí, todo dependerá de la meteorología y las cantidad de precipitaciones.

«Falta mayor regulación»

La hostelería es el pilar fundamental para dar salida a este producto, aunque también combina con las ventas en la industria conservera, donde los precios también se han caído. El cierre total de la restauración en los países vecinos, como Francia e Italia, no ayuda tampoco. Una situación que deja unos precios de venta, en ocasiones, por debajo de los costes de producción. Pero Arturo se pregunta cuáles son esos costes concretamente.

«No hay unos números fijados que permitan conocer cuánto dinero cuesta producir un kilo de trufa en La Rioja, por lo que no se pueden hacer ni estimaciones», señala el agricultor, teniendo en cuenta que todo depende también de cada zona y cada truficultor. «Pero si vendemos por debajo de los 200 euros/kilo, seguramente lo estemos haciendo por debajo de los costes de producción», considera.

A eso Arturo le suma la falta de una línea específica a largo plazo ajustada a este cultivo y sus peculiaridades: «Desde la Administración hablan de cultivo viable, pero luego no disponen de una regulación a largo plazo». Arturo considera que «las expectativas que hay en la región para este hongo son escasas», mientras que se muestra pesimista respecto al futuro de la trufa en la comunidad, «más si cabe con la situación actual, porque con esta bajada de precios no contábamos y las pérdidas hasta ahora superan el cincuenta por ciento».

Asociacionismo frente al intrusismo

Susana coincide en la falta de una regulación que mejore la profesionalización de un sector que requiere de un sello de garantía para sus productores: «Lo que necesita La Rioja es que todos los profesionales del mundo de la trufa se asocien para fijar precios de mercado justos, con una lonja donde se evite el intrusismo, ya que mucha gente no declara su producción, se mejore la trazabilidad y se garantice el fin de los robos. Además, eso le otorgaría mayor visibilidad a este producto local».

La responsable de la Reserva de la Biosfera apuesta por este asociacionismo con el fin de establecer un control en la comercialización del producto y criterios de venta comunes. En lo que a su papel concierne, Susana destaca la actuación para preservar las truferas naturales en la comunidad, así como la subvención a la Primera Forestación de Superficies Agrícolas con el fin de fomentar la primera plantación de árboles inoculados con trufa, «todo ello con la motivación de fijar población en el territorio y crear alternativas agrícolas».

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