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El Rioja

El pozo de los deseos

Un calao es una mina de oro líquido, una catacumba donde se oculta el grial. Un calao es el pozo de los deseos. Los hermanos Quiroga de Pablo nos han abierto el suyo, antiquísimo, en Azofra, orgullo de la familia durante seis generaciones. Hemos entrado por la zona más arcaica de la bodega desde la parte alta del pueblo, frente a la iglesia, y por sus escalones de piedra natural salvamos una pronunciada pendiente, la que conduce a la zona baja de la localidad y al pabellón nuevo de las instalaciones.

Silencio, reposo, humedad. Entre la piedra viva, unos viejos depósitos de cemento acunan el nuevo vino, que duerme (o despierta) en la callada quietud de la cueva. Juan Luis, el enólogo, trepa por una escalera de madera y levanta una tapa metálica. Introduce una copa. «Toma, prueba».

Alquimia, magia, milagro. Lo que para los agnósticos no es sino un proceso químico natural que transforma el azúcar en alcohol, para los creyentes es la conversión del mosto en el elixir de los dioses. Color intenso. Acidez. Fruta. Ni siquiera ha hecho aún la maloláctica y el caldo ya invita a paladearlo, a retenerlo en la boca. Es el nuevo vino que ya está aquí. Y va a resultar cierto ese diagnóstico generalizado de que 2020 será una añada notable, quizá sobresaliente.

Piedra y cemento. El secreto -uno de ellos- de los vinos de esta bodega familiar de la que ahora se ocupan el citado Juan Luis, Maite y Diego. Por esta cavidad pasan todas sus elaboraciones, incluidas las que han envejecido en barrica. Con ello, asegura el enólogo, se liman las aristas de la madera y se «fusionan, integran, armonizan y envuelven» todos los elementos del vino, sin olvidar su origen primordial: «El abuelo decía que el vino siempre tiene que saber a uva». Lo comprobaremos más tarde ante un estupendo reserva de 2011, sedoso y aterciopelado, en donde el roble es más una sugerencia que una imposición.

Abandonamos el túnel a través de una puerta que lleva marcado el año mil ochocientos cincuenta y pico y una emblema que recuerda una copa, y que se convirtió en el logo de la bodega. O así lo creían ellos, que era una copa, hasta que revisando viejos legajos descubrieron que era la marca con la que firmaba su tatata… rabuelo en la Cofradía de San Martín. Aquí, todo es tradición. ¿Tradición?… Sí. Pero también modernidad: la que representan esos depósitos de acero inoxidable que tanto han facilitado las labores vinícolas y la calidad y la regularidad de los vinos.

Si el amable lector no conoce las referencias de esta bodega (Heredad de Judima, Lagar de Cayo, Quirus), no se sorprenda: «En torno al 90 por ciento va a la exportación: el resto, a gente que viene a buscarnos. Mi padre nunca ha tenido que salir a vender vino. Parece mentira, pero es así: se ha dedicado a cuidar las viñas y a atender a la gente que venía a la bodega».

Les preguntamos, pues, por la repercusión del COVID en las ventas en el extranjero. Contestan los tres, como una sola voz: «Hemos tenido suerte, no hemos notado caídas en la exportación. Vendemos en varios países de Europa, en Latinoamérica, en el Sudeste asiático… Casi todo va a tiendas gourmet y a hostelería… Hay mucha competencia, hay mucha gente que no sabe qué es Rioja. Sí se nota que en los países donde el Consejo hace promoción hay mayor conocimiento de nuestra Denominación, pero en muchos sitios tienes que explicar que La Rioja está cerca de Bilbao… Hay quien parece que quiere vender más que el del pueblo de al lado, pero ojalá hubiera muchas bodegas pequeñas saliendo fuera y haciendo piña. Nuestra competencia está en otras denominaciones, no en el vecino. Si todos empujáramos para que conocieran fuera la otra Rioja, la de las bodegas pequeñas de calidad, igual obteníamos más prestigio y más beneficio todos… Cuando coincidimos con franceses e italianos se sorprenden de nuestros precios…».

Pese a ello, son profetas en su tierra. Su blanco (de tempranillo blanco) fue elegido vino institucional por el Consejo en 2019 y su rosado (clarete de garnacha y viura), en el 2020.

Que nos cuenten, ahora, sobre la vendimia recién terminada. Algo saben, pues toda la uva que entra en la tolva procede de viñedos propios, unas 45 hectáreas. Juan Luis toma la palabra: «Yo creo que la uva es muy buena, sobre todo la que se ha aguantado la maduración hasta el final. El grado venía disparado, pero hizo más frío, vinieron las lluvias, se paró la madurez del azúcar y empezó más tranquila la fenólica y aguantó la botrytis muy bien, a pesar de todo el agua que cayó. Y eso que este año la viña ha dado trabajo y muchísimo gasto. Pero nosotros no reparamos, porque nos interesa la calidad de la uva: hay que pagar jornales para hacer una manipulación de la vegetación correcta, quitar, que corra aire, que no haya zonas donde se acumule la humedad… Los gastos no consisten solo en meter producto, a veces la exposición del racimo te puede salvar. Pero el viticultor sabía que era posible que este año no librara los costes y muchos tiraron la toalla».

– ¿Y cómo habéis manejado el asunto del coronavirus con las cuadrillas?

– Explicando las cosas bien claritas a los obreros, y todos lo entendieron. Ni a ellos ni a nosotros ni a nadie nos interesaba un contagio, un confinamiento.

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