Deportes

Por ver fútbol

Foto: Eduardo del Campo

Por José Luis García Íñiguez

“Pase lo que pase el sábado, vamos a llorar solos”. Me lo dijo mi mejor amigo y hace días que rumio esa frase, que sé que si escribiese algo, empezaría con ella. Pero no sé mucho más. Solo que no consigo salir de esa frase y despejar toda la hojarasca de recuerdos, de ilusiones, de amigos, de esperanzas, de goles cantados, de goles celebrados, de partidos perdidos, de viajes frustrados, de partidos en la distancia.

No consigo salir de esta maraña de sentimientos que me produce un partido que sí, veré de una forma extraña, alejado del contexto más habitual para vivirlo, pero si algo sé es que no, no estaremos solos. Y como no consigo salir de aquí, voy a echar a andar de la única forma que sé escapar: escribiendo.

No sé cómo cada uno llegó a este club. Cada cual tiene su historia. Unos, de rebote; otros, convencidos desde el minuto cero; otros, en un playoff con Pouso; algunos, incluso, en los años austeros de Las Llanas. Pero el caso es que fuimos llegando, tampoco sin saber exactamente a dónde íbamos. En mi caso, me hice abonado el primer verano sin creer demasiado, por desencanto con otras ideas y con algo de escepticismo por lo sufrido. Me hice abonado, en definitiva, por ver fútbol. Que era algo que, sin darnos cuenta, habíamos dejado para el final cuando es por donde se empieza. Luego la vida, la suerte, me puso un micrófono delante y me invitó a seguir al equipo.

Hay instantes, segundos, que lo cambian todo pese a que en ese momento nadie es consciente. El instante en el que alguien en un mercado de la remota Wuhan pide algo extraño para comer; el instante exacto en el que, qué se yo, alguien decide quedarse a vivir a orillas del Ebro, latitud 42º 27′ 56,6» N y longitud 2º 26′ 20,4» O; o el instante del 26 de julio de 1978 en el que una mujer da a luz en esas coordenadas a un niño que se llama Sergio y se apellida Rodríguez Martínez. A todos nos ha pasado lo mismo como aficionados de este Logroñés. Un gol de Souto, uno de Ubis, una jugada de Pere Milla, un centro de David de Paula. No sé cuál fue el mío, pero sucedió. Pobre de aquel que estuviese predestinado a hacerlo con un gol de Juanfran Guarnido, lo que se ha perdido.

El caso es que pasó y no conviene ya darle muchas vueltas. Somos del Logroñés, de la Unión Deportiva Logroñés. Hemos llegado a este club conscientes de que no es el que jugó en Primera, conscientes de que nació directamente en Segunda B comprando una plaza, conscientes de cómo es su escudo, de cómo se llama su presidente. Lo saben en Tirgo, en Baños de Río Tobía, en el Villar de Arnedo, en Fuenmayor y en cuantos pueblos hay una bandera blanquirroja ondeando estos días. Resulta que este club, que se llama Logroñés, que es de la capital, ha conseguido un arraigo fundamental en rincones de buena parte de La Rioja. Somos de este equipo porque nos da la gana y, sobre todo, porque nos hemos enamorado de él. Y nos da exactamente igual cómo y cuándo llegó a ser aficionado el que está a nuestro lado, su pasado, su estirpe. Aquí no se exige pedigrí.

Vinimos a ver fútbol y terminamos viéndonos con los amigos. Como ese chaval que me dio palique en un partido de pretemporada hace muchos años. Se llama Víctor y unos cuantos ya no podemos entender este club sin él. O ese otro que estudiaba en Madrid y no tenía muy claro qué hacer desde la muerte del histórico Logroñés. Se llama Manuel y de repente en aquellos años estaba celebrando goles que escuchaba por la radio. O ese señor periodista que sabía que su sitio estaba en el deporte, pero el periodismo andaba con sus regates, llevándolo a comer pinchos por ahí y a hacer reportajes imposibles, de los que exigen una creatividad superlativa. La misma, Sergio, que hace falta para hacer radio deportiva de calidad o para sostener tantas narraciones emocionantes.

Y así fuimos sumando. A mí este Logroñés me ha hecho conocer a Hernández, que en realidad es Hernáez, pero qué más da, o a Jorge, al que le sobra una O en @Riojanitoo. Con este club aprendí que no siempre en Sevilla hace calor, sobre todo si es de noche y es diciembre. Gracias a este club entendí que a veces hay que dejar caer las fronteras de la relación periodista-futbolista si la persona que tienes frente a ti es decente y merece la pena. Por eso se salva el Alavés y le mandas un mensaje a su capitán alegrándote.

Este Logroñés me cambió la vida, me enseñó que al micrófono no hay que temerle y que si lo amas con pasión, él te la devuelve. Que se pueden cumplir sueños como cantar goles en Las Gaunas desde una pequeña emisora local y terminar, aunque sea por un día, haciéndolo en el Carrusel Deportivo con el que has crecido. Este Logroñés forma parte de mi vida de esta manera y de otra distinta de la de muchos otros. Porque cuando decidimos volver al fútbol sabíamos, en el fondo, que no hablábamos solo de ver un deporte. Y eso es lo que se juega La Rioja con esto: no se trata solo de una división más o menos, sino que es mucho más importante que eso. Es volver a mostrarnos como somos, decirle a España que aquí estamos. Porque todo ayuda para estar en el mapa y dejemos de poder salir o entrar a La Rioja solo por autopistas de pago.

No sé qué pasará contra el Castellón. Pero sí sé que ya es el momento de dejarnos de complejos, de decir que Logroño y La Rioja no se merecen estar en Segunda porque no es verdad. Es el momento de cerrar las estériles trincheras del pasado, cuando ya ni siquiera está Pedro Sanz. Mi hijo, como tantos otros niños que solo conocen el mundo en el que les ha tocado vivir, le han dado un nuevo contenido a las palabras cuando dicen que son del Logroñés. Por ellos, por nosotros, por lo que fuimos, por lo que somos y lo que podemos ser, nos merecemos este fútbol, esta Unión Deportiva Logroñés. Y no, no lloraremos solos. Estaremos juntos, aunque sea desde el balcón de nuestros teléfonos móviles. Porque juntos hemos venido hasta aquí. Lleguemos donde lleguemos, creedme: el camino ha merecido la pena. Y eso que solo veníamos a ver fútbol.

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