El Rioja

Unos vinos para «dar valor al terreno y asentar habitantes en los pueblos»

Pilar Fernández realizando un prensado tradicional de sus uvas

Su sólido arraigo por la tierra que la vio nacer la ha acompañado desde niña y eso es lo que la trajo de vuelta a sus orígenes. Con ella no iba la frase «estudia y sal del pueblo para que seas algo en la vida y vivas bien». Ella defendía más la idea de «estudia y sal del pueblo, pero con la posibilidad de volver si tu quieres». En una palabra, que la decisión sea de una misma. Y así fue. Pilar Fernández se ausentó durante unos años de Ábalos para estudiar y trabajar en una empresa textil, pero fue consciente de que «había sido una equivocación»; su sitio eran las viñas de su abuelo.

Hace tres décadas, Fernández y su hermano Carmelo aunaron fuerzas para poner en pie la Bodega Fernández Eguíluz y darle la vuelta a la idea de que «sí se puede vivir aquí, porque hay terreno y hay oportunidad», apunta la enóloga. Además de las catorce hectáreas que trabajan, Fernández quiso recuperar pequeños corros viejos, de los que ella dice «huelen a abuelo», para «dar valor al terreno y asentar habitantes en los pueblos». Cepas y suelos viejos que ciertos jóvenes, opina, «también se están esforzando en conservar contra a la mecanización total del viñedo que va a acabar con el paisaje de Rioja».

«Salgo con las cajas al campo y vendimio corritos muy pequeños de parcelas o viñas enteras muy antiguas. Ahí decido qué vinos se van a hacer, pero siempre con un producto de máxima calidad, con una uva envejecida y criada de otra manera, como puede ser el vino El Secreto del Abuelo, la gama de las Cantarradas o el Turruntés de Ábalos», reseña. Tras ser premiada con el Mejor Vino calidad-precio de Rioja por la lista Tim Atkin, Fernández se dio cuenta de que lo que hacía «estaba llegando a la gente y, además, gustaba».

La tradición de tirar uva en la bodega no vino impuesta por los límites del Consejo Regulador, sino que ya la familia mantenía ese planteamiento de «buscar calidad frente a cantidad», ya que se trabajaban variedades antiquísimas y minoritarias que, «afortunadamente, gracias a que no ha habido concentración parcelaria», no se han tenido que arrancar. «Pero no podemos dejar que desaparezcan. Nos tienen que dejar trabajarlas, porque nos encontramos con un gran muro burocrático que nos imponen como si todos fuéramos grandes», recalca Fernández.

Campo, tratamientos, elaboración, etiquetado, comercialización, distribución… Todo pasa por sus manos, y le gusta. «Pero el problema es que no podemos decidir cuándo podemos hacer eso, antes había mas libertad para salir al campo y hacer cosas. El control es necesario pero con todo lo que tenemos que luchar como bodegas pequeñas no deberían venir luego y decirte que algo en lo que has trabajado tanto no sirve. Entre eso y el papeleo a los de los pueblos nos van a matar», sentencia la bodeguera.

Mientras, Fernández sigue con sus proyectos donde apenas juega con partidas de 300, 400 o 600 botellas pero que «esconden pasión y cariño, aunque también mucho trabajo», como el primer desgranado que comenzó a elaborar en 2016 a partir de uva seccionada de seis viejas parcelas: «La filosofía de ese vino era mantener la uva completamente entera y llevarla a fermentar sin el raspón, un proceso distinto y que todavía está en jaulón porque creo que es ahora cuando está ganando y cuando lo voy a poder sacar al mercado».

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