El Rioja

Charla en la viña (II): «Los jóvenes se van y las grandes bodegas están acaparando todo el viñedo»

Dejamos el día anterior a Eugenio y Antón, nuestros dos protagonistas, hablando de sus cosas y recordando cómo eran aquellos tiempos en los que tiraban de morisca y picachón como titanes, mientras David me comentaba que vinos como Cerro Las Cuevas son posibles gracias a agricultores como Eugenio.

“Nosotros pasábamos por aquí cerca y siempre lo veíamos trabajando en su viña. Hablamos con él y cuando se jubiló la compramos para hacer con sus uvas nuestro tinto de la colección terroir». El vino desata la lengua cuando estás en buena compañía y pasado el rato los dos llegamos a la misma conclusión: si no ponemos en valor estas viñas y estos vinos, el tiempo del viñedo viejo tiene sus horas contadas. Los viticultores jóvenes no tienen «posibles» y, o se arrancan para plantar tempranillos más productivos, o caen en manos de grandes bodegas. Los menos, como el caso de Las Laderas, para hacer un vino de colección.

Antón seguía atento a nuestras cuitas y, en cuanto presintió un silencio, metió baza con decisión y argumentos de peso. «Normalmente las viñas pasaban de padres a hijos o a nietos, pero en Ollauri no sé si hay tres o cuatro agricultores nada más. De jóvenes, claro, los demás han emigrado a la capital. Entonces qué es lo que pasa, mayormente lo que está ocurriendo por esta zona, y por bastantes creo, es que se están apoderando las grandes bodegas de todos los terrenos de viñedo. Te pongo un ejemplo, yo tengo un hijo y le dejo una viña, pero no se va a dedicar al campo; entonces lo que le interesa es venderla para comprarse un piso en Logroño o en Bilbao, pero venderla porque le pagan bien».

«Es lo que está pasando, que se vende al mejor postor y quien mejor paga es una gran bodega, que te da, es un decir, a mil euros más la fanega que un particular. Por eso yo creo que La Rioja va a ser como Andalucía, todo tipo cortijos en manos de cuatro grandes bodegas, los agricultores no están comprando terrenos y los están acaparando todos. Yo creo que hasta se lo reparten por jurisdicciones, por Ollauri es casi toda de Rioja Alta, en Cuzcurrita entra Muga, en Cellorigo y Sajazarra CVNE, en la otra parte entra la otra bodega. Y ojo, que no digo que sea ni bueno ni malo, digo que es lo que está pasando». Qué no sabrán estos veteranos del ir y venir en la compra de pequeñas parcelas y viñedos viejos, de ésos que conocían quién los había plantado y quién los había hecho crecer.

«Los jóvenes es que están a otra cosa», insiste Antón, «cuando se murió mi padre en el año 55 en mi casa no había muchos poderes y tuve que ir al campo para traer dinero, porque antes cuando un hombre se moría, te enterraban y punto. Yo con catorce años tiraba del morro de un ‘ganao’ para plantar trigo y que fuera derecho por el surco. Y eso, pues que era muy duro y sin horarios. Todo a fuerza de ‘cojón’ y sin otra opción como las que tienen ahora de estudiar, ya me hubiera gustado».

Toda una vida en la viña la de Antón: «Luego entré a Berberana y en Paternina. Por la mañana ibas a preguntar qué tocaba. Muchos días te mandaban a una viña a cuatro o cinco kilómetros a llevarles comida y la morisca en una manta. Y a la tarde vuelve a casa andando. Por medio, todo el día picando. Era muy esclavizado y muy duro. O luego con aquellos tractores cuando salieron con asientos de muelles que te descuartizaban la columna. Hoy te montas en un vehículo de esos y hazte cuenta que vas en un Mercedes». «La vida ha cambiado al cien por cien, ¡si yo creo que ya no existen las moriscas!», apunta Eugenio con cara de quien no entiende los tiempos que corren y con la morisca grabada a fuego en la memoria.

Y no sólo era tarea de hombres, en aquellos tiempos arrimaba el hombro del primero al último de la familia. «Había mujeres que iban al campo solas para quitar las hierbas y grupos de seis o siete a espergurar y a desnietar, estaban todo el día en el campo. Y por la noche llegaban a casa y hacían sus labores», recuerda Antón. «Por entonces mi padre tenía un pantalón para el domingo y otro para los días de labor, no tenían catorce y la madre como hay ahora. Y los domingos cuando venía del campo bien ‘cascao’, mi madre mientras echaba la siesta le lavaba el pantalón y la camisa para que el lunes lo llevara todo limpio».

David y yo asentimos y nos miramos viendo lo afortunados que hemos sido las generaciones que vinimos después. Todos hemos tenido que pasar lo nuestro, es verdad, pero aquellos tiempos de posguerra hacen a estos abuelos administrar con cuidado el pasado. Estoy seguro que la memoria selectiva está ahí «desllecando», como decía Eugenio que hizo en Las Laderas, los recuerdos más áridos.

Pero volvamos a la viña. Antes en el campo no se desperdiciaba nada, ¿verdad? Cuando ven a los chavales que tiran uva, ¿qué piensan ustedes? «¡Pues que eso es una canallada!», da un respingo el Guindilla haciendo honor a su apodo, «decían los mayores si vas a espergurar y ves una uva, ¡no la tires, no se te ocurra! Al ganado le ponían hasta un bozal para que no comieran ni una uva. ¿Qué es eso de tirar racimos? Pero que quede claro que antes las viñas producían mucho menos y que ahora los vinos son mejores. Y me alegro».

Los vinos de antes eran diferentes, más fáciles de beber

También parece alegrarse Antón que remarca con ganas las características de aquellos vinos de lagar tomando la iniciativa en el asunto: «Antes eran mucho más ‘acidosos’, ibas a los lagos y los bebías en porrón para que golpeara y te subía a los ojos como si fuera gaseosa. Hoy ya no son lo que eran antes, pero tienen más grado, más color, son mejores pero diferentes a los de antes».

«Cuando veo lo que hace este David en la viña a veces pienso que está un poco loco, los de su bodega cortaron antes de floración mucha hoja y yo creía que había entrado un rebaño en la viña y se había comido algo». «Ya te lo dije yo», toma el relevo Eugenio después de apurar su vaso, «algo tendrán en mente, si tiran una piedra a un nogal y caen dos nueces, ¡algo habrán visto por ahí y por eso lo hacen! Esa táctica que están haciendo ha dado que hablar en el pueblo». David intenta explicarles que lo hacen para tener mejor uva, pero ni por esas termina de convencerlos…

«Muchas de esas uvas eran hace cincuenta años para hacer vinos que elaboraban los mismos agricultores y para vender a bodegas a granel, y muchos iban a la Alhóndiga de Bilbao. Vinos de baja graduación alcohólica y menos color, cuando salía el vino del tinanco para echarlo al camión se decía que ‘espuma blanca, trampa’. ¿Y qué te crees que hacían? Le metían un pedazo de jabón con una cuerda y le quitaba la espuma». Los dos mayores se echan a reír y se impone un receso. «Luego ya cambió y las bodegas de Haro nos controlaban más».

Y cuando no lo vendían había que tirar del ingenio, ese vino tenía que salir para sacar unas perras. «Los viticultores abrían el envás porque había mucho buen bebedor, ya que había cosecheros que tenían trescientas o cuatrocientas cántaras sin haber vendido. Y entonces tú podías ir y comprabas tres o cuatro litros de vino o una cántara, o incluso se llevaba la gente la merienda y allí se sacaban un porrón o dos, lo pagaban a tanto el litro y de esa forma lo quitaban. Vinos que te puedes imaginar, hechos con las ideas que cada uno había adquirido con el tiempo de su padre o de su abuelo».

«Antes con que fuera negro ya valía», afirma Antón rotundo, «¡joer qué vino más rico!, decías. Igual te daban jotas del Ebro que de Aragón. Entonces era muy distinto, ahora hay mucho entendido, entiéndeme, también hay mucho fantasma, pero es verdad que la gente en general entiende más. Se bebía mucho clarete en verano, porque el clarete es un vino de trago largo, fresquito y de poco grado –olé apunto yo, eso es definir y hacer una cata precisa de un vino–. Pero bebíamos más tintos y de batalla porque no daba el bolsillo, no creas que de etiqueta, de jarro. Y chaparrada va y chaparrada viene».

«Si es que nosotros no sabíamos lo que era un cubalibre», apoya Eugenio, «antes sólo llegaba para vino, pero era la forma que teníamos de divertirnos y olvidarnos un poco del campo». Y es cierto, cuidado con juzgar con la visión que tenemos hoy los hechos del pasado. «O decíamos, vámonos a la bodega para echar un buen rato. Entonces lo que se bebía era vino porque no había dinero para cubatas o whiskys. Así que sabíamos de dónde era tal vino, que si era de mi pueblo o del otro, distinguías el sabor, veías el color más fuerte o menos… Eran otros tiempos». Lecciones de vivir de las que David y yo tomamos nota, estás con esta pareja de hombres y te ríes con ganas, pero ojo, hay mucho fondo en lo que dicen y sutiles consejos que van dejando caer entre chascarrillo y chascarrillo.

Colores, graduaciones… «Antes los vinos de por aquí eran bajos en color y en graduación alcohólica también, porque eran de doce grados como mucho. Y la mayoría de 10,5 u 11. Había personas que lo que hacían era coger seis o siete tinas y elegían una cuba para llegar a catorce, pero tenía truco porque ninguna uva que entraba a bodega tenía tanto grado. Lo que hacían era elegir el repís de cada tina o la primera prensada y lo metían a esa cuba, casi clandestinamente. Y lo restante a otras cubas, así una tenía catorce grados y lo demás gracias si llegaba a once. Por no hablar de las horas extras que hacía la prensa para no perder una gota de vino». Si está todo inventado…

Llevamos una hora larga y seguimos a gusto hablando de vino y de la vida con estos dos veteranos de Ollauri. Han sido dos botellas de vino y podían haber sido tres porque la conversación no se acaba. Ellos siguen que si el agarejo, que si en los almuerzos cuando vendimiabas había que estar vivo porque si no te quedaban sin probar bocado, que si los lagares se están perdiendo, que si los encontronazos con el Consejo Regulador…

Doy un toque de atención y Antón toma la voz cantante para poner la rúbrica a este reportaje en la viña: «Te voy a decir una cosa, tengo la tranquilidad de haberme bebido todo mi cupo. Porque yo soy uno de los que aproveché en su momento, hace muchos años me estipularon el número de cántaras de vino que podía beberme a lo largo de mi vida, ¡y como me las he bebido todas pues ya no puedo con más!». Carcajada general, grande hasta en la despedida.

El punto final prometido era de Antón, pero me tomaré la licencia de ponerlo yo en nombre de NueveCuatroUno en este ‘Diario de Vendimia’ que ya encara su recta final. Nuestro más franco homenaje a hombres como Eugenio y Antón, veteranos ya retirados que no dejan de dar lecciones de vida y de saber estar. Con sus luces y sus sombras, que también las tienen, pero que no lo olvidemos, han hecho posible el Rioja y La Rioja que hoy disfrutamos los que hemos venido detrás. Gracias a todos ellos.

Fotos: Clara Larrea

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