El Rioja

Ese valor diferencial de los viñedos en altura

Estamos a 875 metros de altura, sopla el aire con fuerza, hace fresco y ni un solo ruido perturba ni la vista ni el momento. Allí abajo, a lo lejos, se adivina Tudelilla. Junto a mí, tres hombres de Barón de Ley sonríen satisfechos. «Esto es Finca La Carbonera», me comenta César Fernández, director técnico del Coto de Rioja, «la viña a más altura de La Rioja». Asienten el responsable de Finca, Daniel Hernández y Fernando Vega, responsable de Prensa. La imagen, de libro, no puede ser más hermosa.

El cambio climático ha hecho replantearse muchas cosas en el viñedo riojano. Evidente para unos, más dudoso para otros, es una realidad que algo ha cambiado. Me posiciono, sin dudarlo, entre los primeros. Y me gusta llamarlo, como el profesor de la Universidad de La Rioja Fernando Martínez de Toda, «calentamiento climático». Los ciclos de la viña se han acortado, pensar en cortar uva en noviembre se ha convertido prácticamente en una idea utópica y muchas bodegas se plantean dar mayor protagonismo a variedades de ciclo más largo.

Otra solución –la adoptada en este caso por Barón de Ley– es la búsqueda de terrenos en altura, más fríos y saludables por su exposición. «Nuestra bodega busca una finca en Rioja para consolidar el crecimiento del vino blanco, persigue un plus de calidad y encontramos esta finca en Bergasa, que está situada en la máxima cota donde hay viñedo en la DOCa. Algunos de nuestros vinos se llaman 875 –a esa altura nacen–, pero seguimos escalando porque vemos que la respuesta es formidable; ya estamos plantando a 900 metros un chardonnay que promete mucho». Palabra de César que, viendo su convicción, creo a pies juntillas.

«La idea es buscar ese plus de finura aromática que estas cotas dan a nuestros blancos. Esa elegancia en nariz que se encuentra en los grandes viñedos blancos de todo el mundo en zonas frías y que queremos conseguir en Rioja. Precisamos una localización como esta que, además, se beneficia de un suelo singular. Es un glacis típico, un pie de monte, con gran acumulación de cascajo en superficie sobre un lecho de arena profundo y luego arcilla. Un suelo que consideramos idóneo para el blanco». Son 550 hectáreas de finca global en plena naturaleza, con 130 de viña rodeada de monte bajo, monte alto y cualquier monte imaginable en su agresividad. Pateas el viñedo y ves las huellas de los animales que buscan por la noche su alimento en el azúcar la viña. Naturaleza pura.

Fue media de hora de conversación con César y Daniel compartiendo un 875 de chardonnay, pero el paseo por la finca –viña y monte salvaje- fue más esclarecedor. Nos topamos con una viña de tempranillo tinto que se ha respetado, sabia decisión, «porque da un vino personalísimo que queremos mantener y que vamos a sacar al mercado bajo la etiqueta ‘875 Tinto’, un auténtico tempranillo de montaña». Pero íbamos a por el blanco, el objetivo perseguido: «Tenemos verdejo, sauvignon blanc y chardonnay mayoritariamente». César conversaba con el periodista y Daniel cataba uvas aquí y allá, ajeno a nuestro diálogo, tan importante una labor como la otra.

«Un riesgo que queremos asumir»

¿Qué aporta y que quita la altura en un viñedo? «Siempre que vas a una altura como esta implica un riesgo, pero es un riesgo que queremos asumir porque las contrapartidas valen la pena. La sanidad es extraordinaria por el viento que corre constantemente, pero además lo que más me gusta es la complejidad en nariz que en otras cotas no alcanzaríamos; acercarte a 900 metros me da una frescura y una acidez diferente a lo que teníamos. Todo nos lleva a la finura, algo que a veces descoloca a quien se lleva la copa a la boca, porque no lo espera. El suelo ayuda, pero estoy convencido que la altitud tiene un peso específico fundamental».

Son dos semanas largas de retraso con respecto a las mismas variedades en los viñedos habituales de la bodega. «Sí, llega con atraso, pero a pesar del riesgo que implica, suele cerrar el ciclo de maduración». Son tres las foráneas trabajadas en La Carbonera: «El verdejo es muy singular porque, aunque mantiene las notas tiólicas características, entrega finura, en mi opinión un peldaño por encima de los verdejos a los que estamos acostumbrados. Me da una sofisticación que me encanta». En la DOCa se trabajan 327 hectáreas de verdejo, que suponen el 5,44 por ciento del viñedo blanco.

«La sauvignon blanc es particularmente una uva que me gusta muchísimo, con una adaptación en zonas frías de Rioja extraordinaria; me encanta esta casta. Es el conjunto lo que más valoraría, con una calidad intrínseca muy marcada para ofrecer esos blancos elegantes que buscamos». Son 199 hectáreas, un 3,31 por ciento del conjunto de uva blanca en Rioja para esta recién llegada.

«Finalmente», concluye en esta somera descripción el enólogo, «la chardonnay la tenemos en el piso bioclimático más alto –el verdejo más bajo, luego el sauvignon y a mayor altura esta última variedad- con una complejidad notable que se adapta perfectamente al toque sutil de la barrica. Nosotros la fermentamos en roble y llegan esos matices tan propios de la naranja que aparecen en este viñedo. El roble con el que trabajamos la chardonnay llega sin tostar y domado al vapor para mantener la esencia de la finca». Total en Rioja: 150 hectáreas para un porcentaje dentro de la uva blanca de un 2,49 por ciento.
Sigue soplando el viento, sigue haciendo fresco y sigue cerrándose el ciclo en estas viñas a casi 900 metros de altura. En unos días se vendimiarán. Sí, sorprende, pero hablamos de Rioja. Cosas del «calentamiento climático»…

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