La Rioja

Ignacio Tricio: del Ayuntamiento de Logroño a un monasterio en Katmandú

Ignacio Tricio, concejal de Cs en Logroño, relata su experiencia de voluntariado en Nepal

Para Ignacio Tricio, concejal por Ciudadanos en el Ayuntamiento de Logroño, viajar ha sido una actividad indisoluble de su vida: por placer y por su actividad laboral, siempre vinculada al mundo del turismo. Aunque conoce más de setenta países, este verano ha protagonizado lo que él denomina «El Viaje», así, con mayúsculas: una experiencia de voluntariado que lo llevaba hasta un monasterio budista en Katmandú que da acogida a niños víctimas del terremoto que asoló Nepal en 2015.

Tricio se animó a llevar adelante una experiencia que ya le daba vueltas en la cabeza desde tiempo atrás: «A través de Elisa López, una señora de aquí, de Logroño, sabía de los problemas que sufría el país tras el seísmo, y quería ir. Ella me puso en contacto con dos monasterios, les dije que quería ayudar y allí me fui, al más pequeño de ellos, el Choeling».

A los pies del Himalaya, Ignacio Tricio ha vivido «una experiencia increíble, que le recomiendo a todo el mundo. El último día de mi estancia les di las gracias a los niños monjes porque, les dije, pensaba que venía a enseñaros algo y me habéis enseñado vosotros muchísimo más a mí». En ese mundo tan lejano y ajeno «aprendes a valorar las cosas no materiales: una sonrisa, una mirada o una caricia son mucho más importantes que un coche o un chalet de lujo».

En el monasterio hay veinte niños que estudian para ser monjes budistas y viven con lo justo, relata. «A través de la ONG Drukpa Dön Gyü y de La Rioja Turismo les llevé material escolar de todo tipo, pero en el monasterio nunca pidieron nada; me costó enterarme de qué podían necesitar, porque ellos no querían nada. Y eso, a pesar de que Nepal es uno de los países más pobres del mundo y ellos son los más pobres entre los pobres».

En su día a día, Tricio acompañaba a los ‘novicios’ «en sus oraciones matinales, en el desayuno -muy frugal-, y después ayudaba a una profesora que les imparte inglés. Pero, sobre todo, lo interesante era estar con ellos durante el día, hablarles de ese otro mundo, el nuestro, qué existe más allá de su visión. Su mundo se acaba en bañarse en un río o en que los invites a un desayuno en un hotel. No tienen televisión ni internet (sólo el monje Lobsang, a cargo del monasterio, tiene un ordenador muy viejo), aunque sí ven películas. Les regalé un balón de fútbol, porque se les había pinchado el que tenían, y fue como si les hubiera regalado un coche. Un día les llevé toallas, que tampoco tenían, y había que ver su cara de felicidad…»

Recuerda el concejal «la alegría y la educación con la que me recibieron. Apenas habían tenido contacto con un occidental. Desde el primer momento me sentí como en casa. Conocía, como turista, decenas de monasterios en toda Asia, pero la experiencia de vivir en uno de ellos ha sido extraordinaria». También reconoce que «son muchísimo más listos que nosotros. Algunas cosas que les enseñaba en castellano, al día siguiente las recordaban; yo apenas aprendí dos palabras en nepalí y ya ni me acuerdo.»

Futuro y porvenir

No sólo el desayuno es frugal. «La comida, además de muy picante, casi se limita a arroz y verduras, mucho té y agua caliente, que dicen que es muy buena para la salud». Nepal está en el lugar 149º por índice de desarrollo humano (IDH) de la ONU, ante lo cual conceptos como futuro o porvenir no tienen el mismo significado que entre nosotros. «Esos niños -cuenta Ignacio Tricio- no han conocido prácticamente otra vida que la del monasterio. Aunque en el país hay escuelas de negocios y de estudios a nuestro nivel, el concepto de ‘avanzar’ es muy diferente al nuestro. Para estos niños el futuro puede estar limitado a convertirse en monjes o en regresar al pueblo a cuidar de los animales que tiene la familia».

Niños, como el resto de la sociedad nepalí, que «saben muy poco de nuestro mundo. Algunos jóvenes de lo que podríamos llamar clase media conocen de España por el deporte (el Real Madrid y el Barça nos han abierto muchas fronteras) y poco más. A los monjes les hablé de La Rioja, que no les sonaba de nada; les dije que era una tierra pequeña con pueblos pequeños, como los suyos. Un día les llevé fruta, que allí es un bien escaso y caro, y les expliqué nuestra relación con las uvas y el vino».

Aunque es consciente de que las sensaciones se pasarán, Tricio no quiere perder la pasión por ayudar. «Por supuesto, quiero volver. Sé que hay muchas necesidades en otros muchos sitios, sé que tampoco se puede hacer mucho, pero como he conocido este lugar sí quiero echar una mano de alguna manera: organizar alguna exposición, algún sorteo, contribuir de alguna forma a solucionar problemas que parecen menores, pero que para ellos son básicos, como la caldera de agua caliente que tienen estropeada. Todo el mundo al que le he contado este viaje se ha mostrado dispuesto a colaborar con ropa, libros…».

Porque, concluye, «un trozo de corazón me lo han robado las miradas de ilusión y cariño que ha dejado atrás».

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