La Rioja

Los ojos de Silvia

Silvia tiene los ojos bonitos. Silvia tiene los ojos preciosos. Y cuando se va a poner a llorar, no son ni más feos ni más bonitos sino especiales. ¿Has visto a ese hombre de hielo derrumbarse en una boda cuando se casa su hija? ¿Has visto a esa mujer emocionarse con el final de una película? A todos les pasa lo mismo. Cuando menos te lo esperas, va la vida y te sorprende. Nos gusta intentar frenar el lloro. No nos gusta que los sentimientos broten a flor de piel y soltarlos sin que nada más importe. Sentimos vergüenza y nos tapamos la cara, pero es algo inevitable cuando lo que te recorre el cuerpo es de verdad.

Es el secreto de sus ojos. Se lo intentan explicar a Ricardo Darín en la película que lleva tan bonito nombre: «¿Te das cuenta? Benjamín, el tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios, pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín… no puede cambiar… de pasión». Y hay una pasión que Silvia no puede cambiar. En sus ojos se reflejan las victorias del PSOE. Y las derrotas, claro. Sobre todo, las derrotas. Han sido muchas en los últimos años. Esperadas e inesperadas. Duras y más duras. Peores. La política.

Hace menos de un mes, el pasado 28 de abril, Silvia tenía los ojos rojos en la sala de prensa de Martínez Zaporta. Los socialistas habían conseguido una victoria histórica en las elecciones generales. María Marrodán y Juan Cuatrecasas se iban para el Congreso. Otros tres socialistas se iban para el Senado, pero a quién le importa el Senado.

Hablaba ese domingo el secretario general, Francisco Ocón, y ella no podía retener las lágrimas. «Hemos estado esperando 33 años este momento. Un recuerdo para todos esos votantes que durante todos estos años han sufrido mucho y han tenido más largos ratos malos que buenos», decía entonces el número dos de los socialistas riojanos. Y si habían esperado 33 años, ¿qué más daba un mes para poner la guinda?

Cuando todos los sentimientos se te acumulan en el lagrimal, lo mejor que puedes hacer es no intentar retenerlos. ¿Para qué? Sólo producen un temblor incontenible. El párpado vibra como si le fuera la vida en ello. El socialismo sale a borbotones y convierte en rojo hasta los más blanco del ojo. No están inyectados en sangre sino en emoción. Ilusión. Nervios. Felicidad. ¿Quién tiene un pañuelo cerca?

Eso era un 28 de abril. Este 26 de mayo, Silvia volvía a tener los ojos rojos llenos de socialismo. Detrás de unas discretas gafas negras, la responsabilidad de tener que gobernar se abría paso a través de unas lágrimas que nadie podía consolar. La alegría es más incontenible que la tristeza. Lo explicaba la líder del PSOE, Concha Andreu: «La felicidad para uno sólo es muy triste, por eso la compartimos todos».

Y ante tanta alegría por ganar unas elecciones, sólo te queda beber. En Martínez Zaporta acabaron con todas las cervezas Alhambra. Quedaban Voll Damm, pero son más fuertes y hay que ejercer la responsabilidad del Gobierno. Abrazos, besos, saltos, guiños… veinticuatro años de Gobierno del PP desapareciendo por las urnas. Tocaba celebrar. A base de sacar mayorías, van a acabar aprendiendo. Ya no hay bocatas de lomo, banco y queso, ya hay que gobernar.

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