La Rioja

Un almuerzo con José Ignacio Ceniceros: huevos fritos a calzón quitado

Unos huevos fritos con jamón y una botella de vino en La Taberna del Tío Blas. «Para estos con picadillo, que son un poco rojillos». A pocos metros de donde conoció a su mujer, hace más de cuarenta años, y donde se escapa cada vez que puede con su cuadrilla -tres o cuatro matrimonios- para volver a la normalidad fuera de los protocolos presidenciales. «Me gusta este sitio y el Ribera, que ponen unos morritos muy buenos».

El presidente José Ignacio Ceniceros se sienta a la mesa y lo primero que dice es que esta situación debe ser lo normal porque «La Rioja es una tierra donde nos conocemos todos y tenemos nuestras costumbres». Un almuerzo -casi comida- y una larga charla. Tranquila. Sosegada. Y contundente. Mucho. Estamos en campaña y toca analizar un poco el pasado, el presente y el futuro. En el repaso, dos espinitas clavadas: el cierre de Altadis y la división del PP.

– El mensaje fue claro en 2015. Los votantes llamaron a las puertas del PP y le dijeron que abriera las ventanas. Ceniceros las abrió: más de lo que le hubiera gustado al PP y menos de lo que hubiera querido la oposición.

– Más de lo que le hubiera gustado al PP, seguro que sí. Tuvimos muchos problemas el primer año y medio de la legislatura con la gente de nuestro partido. Por eso yo di el paso. Si era el presidente del Gobierno, tenía que ser el presidente del PP porque si no no había forma de avanzar. Teníamos que tener un portavoz que fuera en coordinación con el Gobierno y el partido. En 37 años que llevo en este partido, que seré de los más viejos, más que Pedro Sanz porque lo afilié yo cuando vino, no había vivido algo como ese primer año y medio de Gobierno con Altadis y los problemas en el partido.

– ¿Qué ocurría?

– El grupo parlamentario iba por donde quería, no coordinaba nada con el Gobierno ni quería coordinar. El Congreso fue algo que nunca tenía que haber pasado. Si yo era el presidente del Gobierno, tenía que ser el presidente del partido. Cuca (Gamarra) y Pedro Sanz, que no tenían feeling de ninguna clase, se unieron por conveniencia de Pedro. Le dijo que la apoyaba para que fuera la presidenta y quitarme a mí, ella entró al trapo y le pasó lo que le pasó. Cuando presentamos en el partido los 1.200 avales que a mí me apoyaban y la otra parte presentó 1.100, lo empezaron a ver… En ocho días, Pedro llamó uno por uno a los 1.200 porque tenía el listado. A mí me llamaban alcaldes llorando para contarme que Pedro les había despertado de la cama y les decía que si no votaban a Cuca que no bajaran a votar. Cosas de estas a mí no se me hubieran pasado por la cabeza. Yo hice mi campaña, pero él se dedicó a eso desde aquí y desde el Senado. Más de cien llamadas al día. Resquebrajó el partido y vendieron la piel del oso antes de cazarlo, como le puede pasar a alguno en estas elecciones.

– Ha sido una legislatura de aprendizaje para todos.

– Nos ha servido para conocer a la gente. Yo he sabido distinguir quién estaba dispuesto a trabajar por el partido y otros que sólo miraban por sus intereses. Me he rodeado de un equipo fiel a mí y he sido fiel a ellos. Por eso, cuando he hecho la candidatura para las autonómicas ha sido compacta y mirando lo que necesitábamos como grupo parlamentario que apoye al Gobierno. No digo que no lo haya apoyado, pero muy pocos diputados. Otros se han hundido en las tareas parlamentarias. Por ejemplo, he visto cómo ha trabajado gente como Caty, sin tener experiencia parlamentaria, que ha estado días a días, o Jesús Ángel. Pero han sido cuatro o cinco -eran quince-. No ha habido más.

– ¿Y cómo ve el futuro? Se ha mostrado confiante en sus posibilidades de ganar.

– Tengo el pálpito y lo veo día a día, sobre todo en los pueblos. Hemos hecho 163 candidaturas cuando antes hacíamos 168-170, pero me negué a tener candidatos que no fueran del pueblo, aunque tuviéramos problemas en sitios como Aldeanueva o Casalarreina. A la gente no les importaba ir en el número tres o en el cuatro, pero no querían liderar. Hacer una candidatura que no es del pueblo es engañar a la gente.

– El candidato de Ciudadanos, Pablo Baena, ha dicho en campaña que debe dejar claro si le apoyará como presidente.

– Ciudadanos vive de la imagen de un candidato. Teniendo grupo parlamentario con cuatro diputados, se lo han cargado y sólo han hecho diez candidaturas. Tres son del PP porque no los hemos puesto y se han ido enfadados. Cuando dice que le tengo que apoyar, pienso que el muchacho está soñando por las nubes porque quiere llegar muy alto. Ellos sólo se han abstenido con nosotros y ha sido un calvario de apoyo.

– ¿Y sentarse en la mesa con Vox?

Vox no tiene ni programa autonómico. Es un programa nacional. Lo único que tiene de La Rioja es que quiere cargarse la autonomía. Para sentarnos, primero tendrá que ser sobre un programa. Y primero deben sacar diputados, que están un poco caros para algunos.

A medida que los huevos, el jamón y el picadillo van desapareciendo del plato -suponemos que el vino nunca tiene fin porque el bar está lleno de botellas-, Ceniceros hace pequeñas confesiones más allá de la política. En su época de estudiante de Magisterio en la capital riojana, tras bajar de Villoslada, vivía en la calle Hospital Viejo. Primero, en la residencia Valvanera. En un piso el último año. Era el año 77-78 y la calle Laurel «el único sitio donde se alternaba». «En ‘La Zona’ estaban el Braulio, el Mi Amigo y el Lorca».

Por aquel entonces, recuerda el presidente, el vaso de vino cosechero costaba tres pesetas. «Yo venía bien merendado porque cada día me hacía una tortilla de patata y estaba hasta las diez o así. Al día siguiente tocaba ir a clase». Ahora, lejos de aquellos años de ‘la movida logroñesa’, Ceniceros tiene que sentarse siempre con la espalda cubierta por la pared. «Un defecto de ir tantos años con escolta». Vivió los peores momentos de ETA: «Fueron muy malos».

– El secuestro de José Antonio Ortega Lara le cambió la vida.

– Cuando liberan a José Antonio, yo tengo conocimiento de todo -Ceniceros era el primer objetivo del comando-. Entonces me cambió la vida. Cuando venían, venían, y tenían todo estudiado. Dejo de ser senador en el 93 y me reincorporo a la cárcel. ETA me hizo el seguimiento a finales del 94: coche, matrícula, color, hora de salida del garaje, cuando paraba a coger el periódico… El seguimiento me lo hace un comando, pero le dan la orden a otro a finales del 95. Yo ya estaba en Madrid en el Senado, mis hábitos habían cambiado y ya no me pillan. Eso me libra. ¿Qué hacen? A mí no me pueden coger y se pasan al ‘plan B’, que era José Antonio.

– ¿Ha tenido algún sentimiento de culpa?

– Cuando liberan a José Antonio, estuve dos-tres días con él en Burgos y me contó que ETA me tenía muchas ganas. Se lo decían durante el secuestro. No tuve sentimiento de culpa, pero creo que yo no hubiera sido capaz de resistir lo que él resistió. Sí que es cierto que he pensado muchas veces que a él lo cogen porque a mí no pudieron, pero nadie sabe su destino.

A principios de enero del 1996, tras una cita fallida el 27-28 de diciembre, Ceniceros queda en una cafetería cercana a la sede del PP -entonces en la fuente de Murrieta- con Ortega Lara. «En el bar no había nadie salvo dos personas junto a la barra». El ahora dirigente de Vox quería pedirle un favor si José María Aznar ganaba las elecciones. «Primero hay que ganar», le contestó el presidente riojano. Tras despedirse, en el aparcamiento, el entonces funcionario de prisiones burgalés comenzó a sospechar que lo seguían. Dos semanas más tarde, era secuestrado por aquellos dos hombres que estaban en el bar junto a Ceniceros y Ortega Lara: Josu Uribetxeberria Bolinaga y Javier Ugarte.

– Cambiando a lo más reciente. En estos cuatro años ha pasado por muchas cosas: presidente del Gobierno, presidente del PP, caída del PP en las elecciones generales… ¿Cómo ve la situación ante los comicios del 26 de mayo?

– Hemos tenido momentos muy duros. Algunos de satisfacción, pero había una forma de gobernar distinta a la de ahora y nos planteamos desde el principio que nos teníamos que sentar a dialogar, pactar… y eso retrasa. Cuando tienes una mayoría absoluta es ordeno y mando, pero ahora es todo lo contrario. Ha habido momentos difíciles como el cierre de Altadis. Para mí, ha sido el momento más amargo en cuatro años. Habíamos tenido una reunión con ellos un mes antes para planificar ayudas e inversiones y nos enteramos del cierre por un guarda de seguridad que pide ayuda a la Guardia Civil. Tenían que estar prevenidos por si había disturbios.

– ¿Cómo digirió ese proceso?

– Altadis llegó con más de setenta millones para el cierre. Les pagaron bien a los trabajadores y la prueba es que los sindicatos no han hecho excesivo ruido. En la manifestación de apoyo sólo hubo 700-800 personas, pero fue un palo duro. Las exportaciones de Altadis eran más de cien millones de euros al año y tenía más de quinientos trabajadores sin contar con la industria auxiliar. Nuestro PIB se redujo un punto y medio. Cuando dicen que hemos decrecido, hay que contar con esto y con la desgracia de las heladas. Por mucho que hagas, en una comunidad como esta… sin embargo, a pesar de ello, las exportaciones no se han resentido porque han ido creciendo año tras año. Claro que una economía como la riojana se resiente porque era la mayor empresa que teníamos.

– Ahora nos queda como muy lejano…

– Fueron dos días muy duros. Nos dijeron que llevaban más de 3.000 trabajadores despedidos en menos de un año y ni se inmutaban. Quinientos más, ¿qué más les daba? Fue el momento más duro.

– Cambiemos de tercio. Pasemos de lo peor a lo mejor. ¿Cuál es su momento preferido de la legislatura?

– Puede ser la reactivación del Consejo de Diálogo Social. Sabíamos que veníamos de seis años sin diálogo con los sindicatos ni la patronal. Era difícil poner en común a todos. Estuvimos durante tres meses con reuniones casi clandestinas porque forjamos un acuerdo antes de constituir la Mesa del Diálogo. De ahí, han venido más tarde los planes de industria y empleo y la Ley de Diálogo Social. Nos ayudó que estuvieran CCOO y UGT, por lo que al PSOE no le quedaba más remedio que sumarse al carro.

– Tanto diálogo, ¿tiene la sensación de que les ha lastrado?

– Cuando hablan de inacción, no sé a qué se refieren. No teníamos las manos libres para hacer lo que queríamos. Ahora, por ejemplo, estamos gobernando sin presupuestos y eso tiene una dificultad administrativa: intervención general, consejo consultivo, servicios jurídicos… un alcalde o una asociación no lo entienden porque estaban acostumbrados a otras formas. Aprobar los presupuestos ha sido muy complicado porque Ciudadanos nunca ha querido entrar en el Gobierno -se lo he ofrecido cada año- y hubiera sido un descanso para todos. Nunca han querido dar ese paso ni votarnos a favor. Siempre se han abstenido, incluso en secciones que ellos habían hecho cambiar.

El almuerzo, casi a la hora de comer, consiste en huevos con jamón para el presidente, huevos con picadillo para «los rojillos» y una botella de vino. Tocamos a siete euros por cabeza.

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