Paraísos Naturales de La Rioja

Un vergel atrapado entre barrancos a las afueras de Matute

Foto: Clara Larrea

Más allá de por el vino, la esencia de La Rioja está marcada por los cursos fluviales. El Oja le cede su nombre a la región, el Ebro la atraviesa con solemnidad y junto al Tirón, el Najerilla, el Iregua, el Leza, el Cidacos y el Alhama ramifica la comunidad en sus siete valles.

Foto: Clara Larrea

Nuestra ruta la protagoniza, en cambio, un humilde arroyo cuyo encanto agota todos los adjetivos. Nuestra marcha arranca en las afueras de Matute y su bajo grado de dificultad la hace apta para todos los públicos. No nos llevará más de una hora completar el kilómetro y medio que traza sinuosamente el sendero junto al arroyo Rigüelos. Ese es el tiempo estimado a paso normal, pero el camino nos ofrece demasiados incentivos como para no dilatarlo contemplando el entorno.

Nada más bajarnos del coche para iniciar la ruta a pie vale la pena hacer un alto y otear el camino que nos espera. Acorralado entre el macizo rocoso se abre paso una serpenteante arboleda que en días estivales invita a buscar refugio de los rayos del sol. Descendiendo a través de la pista, unas viejas traviesas de ferrocarril nos conducen al primer contacto con el líquido elemento y el cantar de las chicharras queda acallado por la banda sonora fluvial.

Foto: Clara Larrea

Respetando ese silencio roto por el agua y aguardando lo preciso, los más afortunados podrán tomar contacto con algunas de las aves que pueblan el barranco: cernícalos, águilas reales, chovas piquirrojas, colirrojos tizón, roqueros e incluso búhos reales. Para ello, los más inteligente es aguardar a la sombra de los nogales, fresnos, avellanos y arces que beben directamente del Rigüelos.

No tendremos que avanzar demasiado hasta encontrar una pequeña apertura en la margen izquierda del camino, señalizado por un poste de madera que nos indica que hemos llegado a la fuente de La Salud. Es otra de tantas oportunidades que nos brinda el sendero para hacer un alto y mimetizarnos con el entorno para disfrutar de las pequeñas cascadas que vaticinan la proximidad al Salto del Agua.

Son varios los pequeños puentes de madera que sortean el arroyo para darle continuidad a un sendero que se va estrechando a cada metro. En su tramo final, además, el curso del camino nos obligará a atravesar un estrecho paso rocoso en el que mejor tomárselo con calma para evitar algún que otro coscorrón.

Ahora sí embocamos el final del trayecto, pero para disfrutar del Salto del Agua en su esplendor la ruta nos exige un último (y pequeño sacrificio), ya que deberemos trepar por una escalera de madera si queremos acceder a la misma base de la cascada. Las grandes rocas del entorno son propicias para una prolongada sentada antes de emprender el camino de vuelta, aunque los más avezados deciden prolongar la excursión escalando las piedras para seguir el curso del arroyo. Si no contamos con experiencia en la materia es mejor no sucumbir a la tentación para evitar algún que otro esguince que nos amargue la jornada.

La escasa dificultad del camino invita a volver a recalar durante el regreso en cualquiera de sus recodos para contemplar con más detenimiento la fauna y la flora del lugar o, simplemente, aproximarse al arroyo y refrescarse con las gélidas aguas que se abren paso entre el barranco. Tras ello, volverán las chicharras a acompañarnos con su cantar hasta nuestro vehículo para tomar contacto de nuevo con la rutina, aun con la intuición de que no será esta la última vez que recorramos este angosto sendero plagado de encanto allá adonde dirijas tu mirada.

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