Firmas

Como si tiene que ser Torrent

Las relaciones a distancia pueden ser eternas o muy efímeras. Recuerdo que en la adolescencia mi amigo J. se fue hasta Valencia a escondidas. Cogió un autobús a espaldas de sus padres, engañándoles con una noche fuera, en casa de un amigo. Tenía un buen motivo que no era Fallas, ni siquiera el Valencia Summit del Instituto Nóos, que fue años después. Valencia ha estado años y años ofreciendo atractivos irrechazables como Barberá y Camps paseando en un descapotable, pero mi amigo J. se fue a ver a una chica. Ya no sé ni de qué la conocía, lo olvidé rápido porque ese detalle era lo de menos. Lo que importaba es que se iba hasta allí a darse cuatro besos, quizá rozar un pecho, suficiente premio en los años en los que las hormonas explotaban sin necesidad siquiera de un reggaeton.

Lo recibimos en Logroño con expectación, como si viniera de las Indias, y casi montamos una comitiva de bienvenida. Bienaventurados aquellos que sean capaces no ya de ligar, sino de hacerlo en Valencia, donde hay sol y palmeras. Su viaje fue un éxito, creo que de alguna manera consiguió liberar hormonas y recuerdo que por poco nos vamos a la fuente de Murrieta a celebrarlo. Nunca más se supo de aquella chica, probablemente porque J. decidió pasar página. Al fin y al cabo, el amor a los 16 años tampoco puede estar todo el día viajando seis horas en autobús.

Aquella fue una relación a distancia breve, que no pasó de aquel magreo levantino. Con cierta edad ya tuve otros amigos como I. que mantuvieron relaciones a distancia, ya más en serio. Todo lo serio que es por ejemplo un compromiso en campaña electoral. Pero I. le puso esfuerzo: se cruzó la Península al menos dos veces para ver a su novia. También está mi caso, que empecé a distancia y terminé mudándome, cambiando de vida, de trabajo, incluso de corte pelo. Las relaciones a distancia a veces incluso salen bien. También esas que empiezan sin ser a distancia y terminan siéndolo, como la de Juan Carlos y Sofía. O como la que algunos tenemos con nuestro equipo de fútbol.

Empecé con él de la mano, paseándonos por España, yéndonos de escapada a mil y un rincones como Palma de Mallorca, Barcelona, Oviedo, León… Cada 15 días nos íbamos, ajenos al mundo, nos encerrábamos en un campo de fútbol y desde el micrófono gritaba sus virtudes y sus defectos, que son los que sostienen las relaciones. Nos mirábamos a los ojos y cada semana nos veíamos más mayores, pero menos viejos. Y eso que empezamos con una relación de ya veremos cómo sale, no fue un flechazo. De pronto todo aquello se vio interrumpido, me tuve que ir. El equipo de fútbol siempre es generoso, nunca te pide explicaciones por las ausencias, no te reprocha que un domingo cualquiera te vayas al cine mientras él anda por ahí metiendo goles.

Pero la distancia te genera dudas. ¿Y si nos hemos dejado de querer? Un día llega la primavera y avanza, llega casi a junio, esa temporada del año en la que todo es bonito y, como el calor todavía no es pegajoso, todavía apetece retozar. Así te despiertas un sábado, es 30 de mayo, has trabajado de noche, pero has decidido levantarte antes de lo que la Organización Mundial de la Salud recomienda. Despeinado, con los ojos achinados y una taza de café, pones la radio. Allí está tu amigo, el que te cuenta cómo le va a tu equipo. Estás nervioso, ilusionado, pendiente de cada pase, de cada acercamiento a las áreas. De pronto pasa algo, algo tan extraño como bajar a por tabaco al bar de siempre y encontrar un cartel de ‘se traspasa’. El árbitro lesionado, un tipo que baja de la grada a coger el banderín, un tumulto, un griterío… Y para cuando te das cuenta te han eliminado.

Pasas días inflamado, preguntándole a todo el mundo por qué. Aquellos días me preguntaban la hora y solo sabía contestar «minuto 70, Pulido Santana». Un día el entrenador de mi equipo soltó en la radio que el rival, ese maldito rival, que se llamaba ‘humildemente’ Huracán, ya se ‘la pelaba’. Que así leído suena muy mal, pero nada lo condensa mejor: nos la pela el Huracán. Nos la pela lo que pasó hace un año. Porque este año volvemos a estar ahí. Juntos, a pesar de la distancia. Y buscando un hotelito cómodo y bonito en Villarreal. O en Castellón. O donde sea. Como si tiene que ser Valencia. Como si tiene que ser Torrent.

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