Atención, Peatón

Teoría (y práctica) de la relatividad

FOTO: Gustavo Serrano (FLICKR)

No hace falta ser Einstein para darse cuenta de que todo es relativo, ni trabajar en LIGO para entender que el tiempo y el espacio se expanden o se contraen en función del punto de vista del observador. Por eso a uno, que viene de sobrevivir en una de las mayores urbes del planeta, la Ciudad de México, le sorprende que en Logroño se produzcan tantos atropellos; y no tanto los accidentes en sí como el tráfico rodado, que considera intenso para una capital de apenas ciento y pico mil habitantes y que recorrerla de punta a punta (del San Pedro al Cristo o de Los Manzanos al cementerio) apenas requiere de tres cuartos de hora a paso ligero.

Si caminar por las calles del Distrito Federal era una suerte de yinkana o un videojuego repleto de obstáculos (allí es más fácil que se aparezca la Guadalupana a encontrar un paso de cebra o un semáforo para peatones), nuestra capital se antoja una población asequible, amable para el viandante (hasta los ciegos disponen de señales acústicas y distintas texturas en el embaldosado para facilitar su camino), en la que menudean las zonas verdes, los parques y las zonas peatonales, y con una red de transporte público que se puede calificar como razonable.

Así que me barrunto que el logroñés medio es un tanto cojonazos, que usa el coche hasta para ir a por el pan. Por ello, me atrevo a sugerirle aquello de «menos plato y más zapato»: ahorrará en gasolina y en parquímetros y ganará en salud. Y, si no, que se lo pregunten a nuestro sereno.

(En efecto: las mierdas de perro y las bicis por las aceras las dejamos para otro día).

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