Entre viñedos que se extienden hasta el horizonte y los meandros que dibuja el río Ebro a su paso por Cenicero, se encuentra uno de esos municipios capaces de resumir en apenas unas calles buena parte de la identidad riojana. Con alrededor de dos mil vecinos, Cenicero podría parecer, a simple vista, una pequeña localidad vitivinícola más de Rioja Alta. Sin embargo, basta con detenerse un rato en su historia para descubrir que este pueblo es mucho más que vino. Aquí conviven tradición ferroviaria, memoria histórica, orgullo popular y una de las curiosidades más sorprendentes de La Rioja: una pequeña ‘Estatua de la Libertad’ que recuerda una de las gestas más heroicas del siglo XIX español.
Porque si algo define a Cenicero es precisamente esa capacidad para convertir su historia en parte viva de su presente. El municipio se ganó a pulso el título de ‘Ciudad Muy Humanitaria’ a comienzos del siglo XX, después del grave accidente ferroviario ocurrido en el puente de Torremontalbo en 1903, una tragedia en la que murieron 43 personas y más de 80 resultaron heridas. Los vecinos de la localidad se volcaron entonces en las labores de rescate y atención a las víctimas, ofreciendo ayuda y refugio en unas circunstancias dramáticas. Aquel comportamiento ejemplar quedó grabado para siempre en la memoria colectiva y consolidó una identidad marcada por la solidaridad y el compromiso.

Pero la historia heroica de Cenicero había comenzado mucho antes. Concretamente los días 21 y 22 de octubre de 1834, durante la primera guerra carlista, cuando apenas cuarenta miembros de la Milicia Urbana resistieron durante 26 horas el asedio de las tropas de Zumalacárregui, compuestas por cerca de 5.000 soldados. Aquella defensa desesperada de la torre y de la iglesia del pueblo se convirtió en uno de los episodios más admirados de la época por la resistencia de unos vecinos que defendían los ideales liberales y el trono de Isabel II.
La escena más recordada de aquel asedio tiene como protagonista a doña Benita Hernáez. Los carlistas la obligaron a acercarse hasta la iglesia, donde se encontraban encerrados sus hijos, para pedirles que se rindieran a cambio del perdón. La respuesta de la mujer terminó convirtiéndose en símbolo del espíritu de resistencia de Cenicero: “Defendeos hasta el último aliento”. Sus hijos, conmovidos, decidieron encerrarla con ellos antes que entregarse.

Esa memoria sigue muy presente en la localidad gracias a uno de sus elementos más singulares: la conocida popularmente como Estatua de la Libertad, aunque oficialmente recibe el nombre de Estatua de los Héroes. Situada en la plaza Doctor San Martín, esta figura evoca a la célebre estatua neoyorquina -aunque es obra de Niceto Cárcamo- y fue levantada a finales del siglo XIX para homenajear a los héroes del asedio carlista.
La iniciativa partió en 1897 de la Sociedad y Cofradía de los Urbanos y contó con aportaciones económicas de instituciones y personalidades de la época, entre ellas Sagasta. La escultura original permaneció en la plaza hasta el inicio de la Guerra Civil. Décadas después fue reinstalada y, finalmente, en 1997, coincidiendo con el centenario del monumento, se sustituyó por una nueva reproducción de bronce, mientras la original pasaba a conservarse en la Casa de Cultura del municipio.
Sin embargo, más allá de su patrimonio histórico, hablar de Cenicero es hablar inevitablemente de vino. El paisaje que rodea el municipio explica por sí solo buena parte de la esencia de esta tierra. El Ebro serpentea entre viñedos configurando uno de los entornos más reconocibles de Rioja Alta. Las cepas dominan el paisaje durante todo el año y transforman los colores del campo con cada estación, desde los verdes intensos de primavera hasta los tonos rojizos y ocres del otoño.

En Cenicero el vino es una forma de entender la vida. Una cultura transmitida de generación en generación que ha modelado tanto el paisaje como las costumbres de sus habitantes. La relación entre el hombre y la tierra aparece aquí profundamente arraigada y convierte al municipio en uno de los grandes referentes del enoturismo riojano.
El visitante encuentra en Cenicero una combinación de tradición y modernidad que se aprecia especialmente en sus bodegas. Junto a grandes firmas reconocidas internacionalmente sobreviven todavía antiguos ‘calaos’, cuevas excavadas a pico y pala durante siglos para conservar vino y mosto en condiciones óptimas de temperatura y humedad. Estos espacios subterráneos forman parte inseparable de la arquitectura popular del municipio y representan uno de los grandes atractivos para quienes desean comprender el origen de la cultura del vino en La Rioja.
Recorrer los calaos y las bodegas de Cenicero es adentrarse en un universo de aromas, silencios y conocimiento. Cada visita permite entender mejor el trabajo artesanal que existe detrás de cada botella, desde el cuidado de la viña hasta el reposo paciente del vino durante su crianza. El turismo del vino se convierte aquí en una experiencia cultural completa donde gastronomía, paisaje e historia aparecen estrechamente unidos.

Porque en Cenicero todo parece conectado por un mismo hilo conductor. Las historias de resistencia, la solidaridad ferroviaria, las tradiciones populares y el vino forman parte de un relato común construido durante siglos junto al Ebro. Un relato que explica por qué este pequeño municipio riojano posee una personalidad mucho mayor que su tamaño y por qué quienes lo visitan descubren mucho más que un destino enoturístico.
Cenicero no se entiende únicamente desde sus bodegas ni desde sus viñedos. Se entiende desde la memoria de quienes defendieron el pueblo durante el asedio carlista, desde la generosidad mostrada tras la tragedia ferroviaria y desde la pasión con la que varias generaciones han cuidado la tierra y el vino. Y por eso, bajo la mirada de su pequeña Estatua de la Libertad, este rincón de Rioja Alta conserva intacta una autenticidad cada vez más difícil de encontrar.


