Especial Enoturismo

Viña Real, historia viva de Rioja

Fotos: James Sturcke

Hay vinos que terminan formando parte de la memoria colectiva de una tierra. Viña Real lleva más de un siglo ocupando ese lugar dentro de Rioja. Presente en restaurantes históricos, en bodegas particulares y en las mesas de generaciones de aficionados, su nombre ha acompañado buena parte de la evolución del vino riojano hasta convertirse en uno de los grandes clásicos de la denominación.

La marca nació en 1920 con una idea pionera para la época: elaborar vinos exclusivamente con uvas de Rioja Alavesa para reflejar el carácter de este territorio. Aquellos primeros vinos comenzaron a escribirse en Haro, pero el espíritu siempre estuvo al otro lado del Ebro, entre Laguardia y Labastida.

Con el paso de las décadas, Viña Real ha consolidado una personalidad propia dentro del universo Rioja. Una identidad asociada a vinos profundos, elegantes y longevos que ha terminado conquistando tanto a coleccionistas como a críticos internacionales. Es más, el crítico Luis Gutiérrez ha definido sus vinos como “la tradición de Rioja Alavesa con un perfil más corpulento, redondo y potente”, dejando claro que Viña Real “no es el hermano pequeño de nadie, sino un gran hermano en sí mismo”.

Foto: James Sturcke

Ese prestigio se ha ido construyendo vendimia a vendimia hasta alcanzar reconocimiento internacional gracias a la calidad de sus vinos y a un legado histórico que hoy es admirado por coleccionistas y amantes del Rioja de todo el mundo. Algunas de sus añadas antiguas han entrado ya en la leyenda. Los históricos 1947 y 1959 lograron los codiciados 100 puntos Parker otorgados por Wine Advocate, una distinción reservada únicamente para vinos excepcionales.

Pero Viña Real no vive solo del pasado. Lo interesante es comprobar cómo esa historia sigue evolucionando en una bodega que ha sabido reinventarse sin perder autenticidad.

La experiencia comienza incluso antes de cruzar la puerta. Desde la distancia, la silueta circular de Viña Real emerge sobre el Cerro de la Mesa como una gran tina de vino integrada en el paisaje. Inaugurada en 2004 y diseñada por el arquitecto francés Philippe Mazieres, la bodega fue concebida para dialogar con el entorno y para convertir la elaboración del vino en parte de la propia arquitectura.

Mazieres, de origen bordelés y gran conocedor del mundo vitivinícola, imaginó un edificio donde el vino fuese el auténtico protagonista. El resultado es una construcción espectacular excavada en la montaña, funcional y simbólica a la vez, donde cada espacio responde a una necesidad concreta del proceso de elaboración.

Foto: James Sturcke

Aquí la gravedad sustituye a las bombas mecánicas. Desde sus inicios, Viña Real apostó por un sistema revolucionario basado en el movimiento natural de la uva y el vino. La bodega incorporó la primera tolva vertical de España y una gran grúa central giratoria capaz de desplazar la vendimia sin dañarla. Una innovación técnica que permitió preservar la integridad de la fruta y elevar todavía más la calidad final de los vinos.

El visitante lo descubre recorriendo sus diferentes niveles, descendiendo hacia las galerías subterráneas donde descansan cientos de barricas en silencio. Allí, entre piedra, madera y aroma a vino en crianza, el tiempo parece detenerse.

Aunque Viña Real es conocida por algunos de los grandes clásicos de Rioja, la bodega también ha encontrado espacio para proyectos más pequeños y personales. Junto a su reconocido Gran Reserva conviven elaboraciones boutique que reflejan la diversidad de Rioja Alavesa.

Es el caso de Bakeder, un vino de pueblo nacido en Laguardia, o La Virgen, un vino de parcela procedente de una pequeña finca situada en el paraje de San Cristóbal de Labastida. Vinos con producción limitada, muy ligados al origen y al carácter concreto de cada viñedo.

Foto: James Sturcke

Esa combinación entre clasicismo y mirada contemporánea es precisamente una de las claves del encanto de Viña Real. Aquí se respira el respeto por la tradición riojana, pero también la inquietud permanente por seguir explorando nuevas formas de interpretar el territorio.

El enoturismo encuentra en Viña Real uno de esos lugares capaces de convertir una simple visita en una experiencia completa. No se trata únicamente de catar vino, sino de comprender cómo el paisaje, la arquitectura y la historia terminan influyendo en cada botella.

Las visitas permiten descubrir el funcionamiento de una bodega diseñada por gravedad, pasear entre túneles excavados en el cerro y conocer de cerca el trabajo que hay detrás de cada vino. Después llega el momento más esperado: la cata.

Foto: James Sturcke

Pero la experiencia no termina ahí. La ubicación privilegiada de Viña Real convierte el entorno en uno de sus grandes atractivos. Desde el mirador situado junto al viñedo se obtiene una panorámica espectacular de Rioja Alavesa, especialmente al atardecer, cuando la luz cae sobre las hileras de cepas y el paisaje adquiere tonos dorados.

El visitante puede completar la jornada con un picnic entre viñedos, paseos al aire libre o comidas con vistas desde el Cerro de la Mesa. Todo pensado para disfrutar del vino conectando con el entorno y con el ritmo pausado que todavía conserva esta tierra.

Además, la bodega organiza experiencias personalizadas, talleres y catas especiales donde descubrir tanto sus etiquetas más icónicas como otras menos conocidas. Propuestas que convierten cada visita en algo distinto y que refuerzan la sensación de estar entrando en una casa con alma propia.

Porque Viña Real no busca impresionar únicamente por la espectacularidad de su edificio o por el prestigio de sus vinos. Su verdadero valor está en la capacidad de transmitir una historia que sigue viva. Una historia que comenzó hace más de cien años entre viñedos de Rioja Alavesa y que hoy continúa escribiéndose copa a copa, vendimia tras vendimia, en uno de los grandes nombres del vino español.

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