Logroño sabe (o debería saber) que se encuentra en un punto geográfico estratégico. Su proximidad a ciudades grandes como Bilbao, San Sebastián o Zaragoza le sitúa en un área de influencia de interés si existe una visión conjunta que intente sacarle partido al 2030.
Ahora que va a debutar España en el Mundial 2026 bajo el liderazgo de un riojano, La Rioja y su capital deberían observar cómo se mueven algunas ciudades de Canadá, México y Estados Unidos para sacarle partido a los partidos: a eso de recibir un Mundial en la puerta de casa.
La Copa del Mundo es el evento futbolístico más importante del planeta, y como tal mueve una ingente cantidad de aficionados que buscan todo tipo de propuestas y precios para disfrutar de un espectáculo que solo se produce cada cuatro años. Miles de hinchas viajan estos días a México, Canadá y Estados Unidos, como lo volverán a hacer dentro de cuatro años cuando el Mundial se celebre en territorio español.
La última experiencia, la del Mundial de Qatar 2022, dejó estas cifras, pese a los elevados precios de los alojamientos: Desde México se desplazaron alrededor de 80.000 aficionados. De Argentina, entre 35.000 y 50.000 seguidores durante el torneo, aunque la cifra se disparó en semifinales y final. De Brasil, entre 30.000 y 40.000 aficionados. De Arabia Saudí, más de 90.000 visitantes. Estados Unidos, unos 15.000-20.000. De Inglaterra, entre 20.000 y 30.000.
En Alemania 2006 se calcula que hubo más de dos millones de desplazamientos internacionales de aficionados durante el torneo. En Rusia 2018 se emitieron más de un millón de FAN ID para extranjeros. Y para el Mundial 2026 de Estados Unidos, México y Canadá las previsiones hablan de más de seis millones de visitantes.
Logroño se encuentra a poco más de hora y media de tres sedes principales en 2030. Bilbao, con San Mamés, San Sebastián, con Anoeta, y Zaragoza, con la nueva Romareda, celebrarán partidos entre diversas selecciones nacionales. Tres de las once sedes españolas están prácticamente en la puerta de casa de La Rioja. Quedan cuatro años para que España, Portugal y Marruecos den el pistoletazo de salida al Mundial de 2030. Cuatro años parece mucho tiempo, pero en términos de planificación turística son apenas un suspiro. Lo suficiente para llegar preparados. O para dejar escapar una oportunidad histórica.
Logroño no tendrá partidos del Mundial. Tampoco los tendrá La Rioja. Por lo que ser subsede alojando a una selección nacional a la que le gusten las instalaciones deportivas de la región (Las Gaunas, Ciudad Deportiva de la UD Logroñés…) y recibir a aficionados son las dos alternativas que puede jugar Logroño y La Rioja para aprovechar la ola mundialista.
A poco más de una hora y media por carretera de Bilbao, San Sebastián y Zaragoza, la capital riojana ocupa una posición geográfica privilegiada para convertirse en un auténtico campo base para miles de aficionados que recorrerán el norte de España durante el torneo.
La experiencia demuestra que los mundiales generan una presión gigantesca sobre las ciudades sede. Hoteles completos, apartamentos disparados de precio, alojamientos agotados durante semanas y miles de personas buscando alternativas razonables desde las que desplazarse a los estadios.
Un ejemplo práctico
Lo está demostrando estos días Providence, una pequeña ciudad estadounidense que no alberga ningún encuentro del Mundial 2026 y que, sin embargo, se ha convertido en el cuartel general de miles de aficionados escoceses que acudirán a los partidos de Boston. La explicación es sencilla: está cerca, es más barata y ha trabajado durante meses para organizar su recepción. Providence ha entendido algo que muchas ciudades tardan años en descubrir, muchas de ellas cuando ya ha pasado el Mundial: el negocio no siempre está dentro del estadio.
Los aficionados consumen alojamientos, restauración, transporte, ocio, cultura y comercio. Duermen, desayunan, comen, cenan y llenan las terrazas. Compran recuerdos. Visitan monumentos. Generan actividad económica durante días. Conocen destinos que de otra manera no conocerían nunca por el fútbol, porque no necesitan estar alojados a diez minutos del estadio.
Logroño cuenta con una oferta hotelera consolidada, una imagen gastronómica reconocida internacionalmente, una ciudad cómoda para el visitante y una ubicación estratégica en el eje que conecta varias sedes mundialistas. Pero también presenta importantes carencias que podrían abordarse si se pretende competir por ese visitante.
La principal es la capacidad de alojamiento. Los hoteles pueden absorber una parte de la demanda, pero un evento de semejante magnitud obliga a pensar mucho más allá. Apartamentos turísticos, albergues, residencias universitarias durante el verano, campings, áreas para autocaravanas e incluso fórmulas temporales como polideportivos adaptados a este nuevo uso que ya se han utilizado en otros grandes acontecimientos deportivos europeos como en la Eurocopa de Austria y Suiza, o el Mundial de Alemania, dos ejemplos de cómo se debe entender el fútbol como una fiesta para las aficiones. Mas, en este caso, es mejor porque hace accesible este espectáculo a más bolsillos.

Durante algunas eurocopas y mundiales se han habilitado pabellones deportivos, instalaciones municipales y espacios colectivos con camas temporales destinadas a aficionados que priorizan vivir la experiencia sobre la comodidad. Son soluciones sencillas, económicas y capaces de absorber una demanda masiva durante unos pocos días.
La segunda gran cuestión es el transporte. De poco sirve ofrecer alojamiento competitivo si desplazarse hasta Bilbao, San Sebastián o Zaragoza resulta complicado. Ahí aparece uno de los grandes retos para las administraciones y para el sector privado. Horarios especiales de autobús, conexiones ferroviarias reforzadas, un aeropuerto eficaz para tener más cerca otras sedes como Coruña, Barcelona, Madrid o Sevilla, lanzaderas específicas para jornadas de partido o acuerdos con operadores de transporte podrían marcar la diferencia. El aficionado mundialista necesita certezas. Saber que puede desayunar en Logroño, desplazarse al estadio y regresar de madrugada sin problemas.
La tercera pata del proyecto pasa por generar ambiente. El error sería pensar que Logroño debe limitarse a ser una ciudad dormitorio. El verdadero valor añadido consiste en ofrecer una experiencia propia. Pantallas gigantes para seguir los encuentros en una ‘fanzone’, festivales gastronómicos, actividades culturales, conciertos, zonas de aficionados o espacios temáticos vinculados a las selecciones que se alojen en la ciudad. Es decir, recibir a las diversas aficionados como saben hacer los riojanos.
Providence ha conseguido atraer a miles de escoceses porque no se ha limitado a ofrecer habitaciones. Ha construido una historia alrededor de ellos. Logroño podría tomar buena nota de ello. No resulta descabellado imaginar acuerdos con federaciones internacionales o touroperadores especializados. Tampoco sería extraño que determinados grupos de seguidores eligieran una misma ciudad como punto de encuentro para toda la competición, como suelen hacer los aficionados que llegan desde más lejos, como argentinos, brasileños, japoneses, mexicanos o australianos. Todos llegan con la intención de quedarse un mes para disfrutar de la cita deportiva.
El Mundial de 2030 es una oportunidad que pasa una vez en la vida. Sí o sí llegará igualmente dentro de cuatro años. Y los aficionados, también. La diferencia estará en si pasan de largo por la autopista camino de Bilbao, San Sebastián o Zaragoza, o encuentran en Logroño el lugar perfecto para instalar su cuartel general. Y esa decisión empieza a tomarse mucho antes de que ruede el balón.


