Gastronomía

Las mejores magdalenas vuelven a Arnedo

Decir adiós nunca es fácil. Por eso, volver a probar algo que creíamos perdido puede ser una de las experiencias más dulces. Hace justo un año, los arnedanos se despedían de un pedazo de su historia: la panadería La Felisa cerraba sus puertas después de más de setenta años elaborando pan, mantecados y, sobre todo, sus icónicas magdalenas, consideradas por muchos como «las mejores del mundo». Fundada en los años cincuenta por José Antonio Abad, ‘El Pata’, la tahona pasó de generación en generación hasta que la falta de relevo familiar y las exigencias del oficio llevaron a la familia a tomar la dolorosa decisión de bajar la persiana.

El cierre de La Felisa supuso más que el fin de un negocio; significó la desaparición de un símbolo de Arnedo. Durante sus últimos días, la panadería se convirtió en un ir y venir de vecinos que querían despedirse y comprar, por última vez, las magdalenas que acompañaron sus desayunos durante décadas. «Vamos a hacer muchas estos días porque nadie que quiera se va a quedar sin probarlas por última vez», decía la familia Abad en aquellos momentos de despedida.

Pero a veces las historias tienen una segunda oportunidad. A veces, los sabores del pasado encuentran la manera de regresar. Así ha sido a través de Gregori. Este rumano, que lleva casi dos décadas en Arnedo, trabajó en La Felisa durante 16 años. Tras su clausura, encontró empleo en el también tradicional sector del calzado, pero no pudo evitar seguir haciendo magdalenas en casa. Lo que comenzó como un gesto personal se convirtió en una demanda inesperada: sus compañeros de trabajo y amigos le pedían que horneara más. «Empecé haciendo para los amigos, para los compañeros de trabajo», recuerda Gregori. Pero pronto se hizo evidente que lo que preparaba no eran simples magdalenas: eran las mismas que Arnedo había empezado a echar de menos después de un año sin probarlas.

El destino tenía un nuevo plan para Gregori y su esposa, Lucía. Cuando ella perdió su trabajo, decidieron apostar por su pasión y abrir un pequeño negocio donde elaborar, de manera artesanal, las magdalenas, mantecados y rosquillas que tantos arnedanos añoraban. Fue hace un mes cuando cogieron el pequeño despacho que durante años había regentado Pili con sus fardelejos. La respuesta fue inmediata. En poco tiempo, su obrador azul se ha comenzado a llenar de clientes que, con nostalgia y entusiasmo, vuelven a disfrutar del sabor más tradicional. «Yo no soy muy de dulce», confiesa una clienta mientras aguarda su turno, «pero mi marido dice que son, si no las mismas, las que más se parecen a las de La Felisa». Para ella, los mantecados son la verdadera joya: «Esos sí que te puedo decir que están deliciosos».

Gregori insiste en que no se trata solo de seguir una receta. «Aunque aquí hacemos la misma que yo preparé durante 16 años en el otro horno, hay algo más», explica. «Es cuestión de mano, de cogerle la maña para que salgan bien». Otro factor clave es la calidad de los ingredientes. «Todo es natural, aquí no hay nada que no salga de la tierra», añade con orgullo.

Hoy, el aroma de las magdalenas recién horneadas vuelve a impregnar las calles de Arnedo, trayendo consigo recuerdos y emociones. En cada bocado, los vecinos reviven los sabores más tradicionales y los han vuelto a unir a su día a día. Lo que comenzó como un adiós definitivo se ha transformado en un reencuentro inesperado con la tradición. Porque, al final, algunos sabores están destinados a no desaparecer nunca.

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