Munilla ha vuelto a convertir este fin de semana su frontón en un gran mercado de memoria, objetos y pequeñas historias. La Feria de Antigüedades ha alcanzado su décimo quinta edición con una propuesta ya consolidada en el calendario cultural del Alto Cidacos y con el encanto particular de una cita en la que uno no sabe muy bien qué va a encontrar hasta que empieza a pasear entre los puestos. Bajo la cubierta de madera del frontón, cientos de visitantes se han acercado para curiosear, comprar o simplemente dejarse llevar por piezas llegadas de otras épocas.
La cita, organizada un año más por la Asociación Amigos de Munilla, ha reunido a una treintena de anticuarios procedentes del norte de España y del sur de Francia, muchos de ellos habituales en esta feria. El resultado ha sido un recorrido amplio y muy variado por muebles, textiles, vajillas, libros, documentos antiguos, cámaras analógicas, relojes, cuadros, lámparas, bastones, piezas de porcelana, vinilos, cómics y todo tipo de utensilios domésticos.

Uno de los grandes atractivos de la feria ha vuelto a estar precisamente en esa mezcla entre la antigüedad más clásica y los objetos vintage más reconocibles. Junto a muebles de aire rural, ánforas, cántaras o piezas de orfebrería, aparecían llaveros, juguetes, muñecas, menaje de cocina, botellas de gaseosa con sus cierres característicos y otros artículos de una memoria más cercana. Objetos que quizá no parecen tan antiguos hasta que uno los ve sobre una mesa y entiende, con una sonrisa algo nostálgica, que también ellos han empezado a formar parte del pasado.
La feria ha cumplido así el doble objetivo que persigue cada año Amigos de Munilla con una de sus principales actividades anuales: atraer visitantes interesados por el patrimonio, el coleccionismo y la cultura, y al mismo tiempo dinamizar la vida del municipio.


