La Rioja

Cuando el tractor también apaga incendios

No es la primera vez, ni probablemente será la última, que los agricultores colaboran en la extinción de incendios en La Rioja. Lo hicieron en Ribafrecha, en Santo Domingo y también este sábado en Logroño. Pedro, junto a su amigo Alberto, son dos de ellos. El primero salió del pabellón casi por instinto, alertado por una columna de humo que ya asomaba por la zona de Pradoviejo. «Me dijeron: ‘Oye, ¿qué demonios es el humo ese que sale por ahí?'», recuerda todavía con esa mezcla de cansancio y adrenalina contenida de quien ha pasado demasiadas horas pendiente del fuego. Subió primero con la furgontea para ver qué estaba ocurriendo y enseguida entendió que aquello no era un incendio cualquiera. Las llamas avanzaban hacia el pabellón de su amigo, así que no lo dudó demasiado: llamó, engancharon el tractor, cargaron la cisterna y se fueron a echar una mano. «Primero a salvar el pabellón de él y luego a lo que hiciese falta», resume, con esa forma sencilla que tiene el campo de contar lo importante sin adornarlo demasiado.

El día fue «un poco diferente» a lo habitual, admite. Complicado, sí, aunque él lo diga sin grandes aspavientos. Varios agricultores de la zona se sumaron este sábado a los trabajos de extinción del incendio agrario-urbano declarado entre Logroño y Lardero, un fuego que obligó a movilizar a los servicios de emergencia y que, además, encontró en los tractores una ayuda silenciosa pero decisiva. Pedro estuvo junto a Alberto y otros agricultores, alguno de Lardero, trabajando con cubas de agua y aperos para frenar el avance de las llamas, remojar las zonas más expuestas y abrir terreno labrado donde el fuego pudiera quedarse sin combustible.

La situación se complicó muy rápido. «Al principio parecía que no iba a cruzar un camino y que se iba a quedar en poco», explica. Pero el viento empezó a cambiar, la lengua de fuego se fue ensanchando y lo que parecía contenido comenzó a ganar terreno con una velocidad incómoda. El incendio se movía hacia diferentes direcciones, sin una línea clara, empujado por rachas que de pronto llevaban las llamas hacia un lado y poco después hacia otro. «Se fue extendiendo, se fue anchando, anchando… y el aire variaba», relata. En una zona tan próxima a pabellones, caminos, fincas, el centro comercial, viviendas de Lardero y el entorno de Salesianos, cada cambio de viento se vivía como una amenaza nueva.

Los agricultores hicieron lo que saben hacer: entrar al terreno, leer el campo y trabajar rápido. «Estábamos remojando todo lo que iba a ir al fuego para cortar y labrando seguido para que no pasara al otro lado», cuenta Pedro. Arar en esos momentos no es una labor agrícola, sino una maniobra de emergencia. Al levantar la tierra, los tractores iban creando franjas sin vegetación, pequeños cortafuegos improvisados que ayudaban a cortar la continuidad de las llamas. A la vez, las cisternas servían para enfriar puntos calientes y proteger zonas a las que el incendio se acercaba demasiado.

Hubo momentos de verdadera tensión, sobre todo cuando las llamas se abrieron hacia la zona del colegio y Lardero. «Parecía que venía poco y se anchó mucho. Corrió mucho hacia el colegio», recuerda Pedro. El campo estaba seco, muy seco, y cualquier finca se convertía en un pasillo fácil para el fuego. Había cereal, zonas de rastrojo y también cauces aparentemente sin peligro que escondían otro problema: «Había zonas verdes pero por abajo se requemaba y no se podía apagar. Se quemaba por debajo y hubo que perder mucho tiempo ahí». Esa combustión lenta, casi traicionera, obligó a vigilar una y otra vez los mismos puntos para evitar que el incendio volviera a levantar cabeza.

La jornada terminó tarde y con el cuerpo molido. Pedro aún volvió este domingo por la zona de Salesianos, donde tiene su almacén, para comprobar que no quedaban rescoldos ni pequeños puntos calientes capaces de dar un susto. Es la otra parte de los incendios, la que llega cuando las llamas ya no impresionan tanto pero todavía mandan. Como suele pasar en el campo: viendo el humo, arrancando el tractor y haciendo falta donde es hace falta.

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