En Ábalos no existe una frontera clara entre el pueblo y el vino. Los dos llevan siglos creciendo juntos. Sólo basta mirar alrededor para entenderlo: caminos que desembocan en lagares rupestres, guardaviñas escondidos entre cepas viejas, bodegas familiares abiertas en las calles del casco urbano hacen del municipio uno de los mejores ejemplos de cómo el Rioja se vive en esta tierra.
En pocos lugares el enoturismo resulta tan coherente con la propia vida de sus vecinos. Es, sin duda, la continuación lógica de una historia larguísima ligada a la vid. Ábalos vive del vino desde hace generaciones, cuidándolo y disfrutándolo. Mucho antes de que la palabra enoturismo llegase. Desde el vino vendido en pellejos durante la Edad Media hasta las actuales elaboraciones que viajan por mercados internacionales, el municipio ha construido una relación casi indisoluble entre tierra, viña y vida.
Aquí, el vino aparece incluso donde no se aprecia. Está en las fachadas de piedra que esconden antiguos calados. En los guardaviñas desperdigados entre las cepas. En los caminos que ascienden hacia Sierra Cantabria. Y está, sobre todo, en la manera de hablar del pueblo. Porque en Ábalos el vino no funciona únicamente como una actividad económica o como un atractivo turístico. Funciona como una forma de interpretar el territorio y de entender la vida.

Por eso Ábalos sorprende incluso a quienes creen conocer bien Rioja. Porque lo que aparece aquí no es únicamente un pueblo bonito rodeado de viñas. Lo que aparece es una especie de Rioja condensada. Una síntesis precisa de todo aquello que ha convertido esta tierra en una referencia mundial del vino: paisaje, patrimonio, tradición, bodegas familiares y una relación casi íntima entre la vida cotidiana y la viña.
Todo sucede bajo la presencia constante de Sierra Cantabria. La montaña protege las cepas de los vientos del norte y condiciona el carácter de esta parte de Rioja como si fuese un enorme muro natural. Desde abajo, el viñedo parece trepar en oleadas ordenadas de verde y tierra seca. En otoño el paisaje se vuelve rojo y dorado. En invierno la niebla queda suspendida sobre el valle. En primavera, el verde intenso lo inunda todo. Y en verano el calor deja sobre las viñas una especie de polvo fino que forma parte de la memoria visual de la Sonsierra.
El alcalde, Vicente Urquía, resume buena parte de esa identidad cuando explica que el municipio “está reforzando su posicionamiento como uno de los destinos con mayor atractivo paisajístico y patrimonial de La Rioja”. Y resulta difícil discutirlo mientras uno camina por el pueblo. Aquí se conserva algo que empieza a escasear en muchos destinos turísticos: autenticidad. Sus calles mantienen una escala humana, las bodegas son familiares y el viñedo forma parte natural de la vida diaria.
Por eso, recorrer Ábalos es imprescindible. El Ayuntamiento ha reforzado durante los últimos años esa idea de descubrir el territorio caminando. Senderos señalizados atraviesan el paisaje entre viñas, lagares rupestres o chozos. Rutas como la subida a la ermita de la Rosa o el recorrido hacia la de San Félix permiten entender el municipio desde el paisaje, entre esculturas de madera, caminos rurales y miradores naturales sobre el valle.
A eso se sumará próximamente un servicio de bicicletas eléctricas impulsado con fondos europeos y gestionado a través de la mancomunidad turística, junto a nuevos puntos de recarga eléctrica y un aparcamiento disuasorio pensado para favorecer una movilidad más sostenible.
Pero el gran secreto turístico de Ábalos está en la relación directa con el vino. Aquí las bodegas todavía se parecen a las personas que las dirigen. El municipio cuenta con 14 proyectos vitivinícolas que representan distintas maneras de entender Rioja, desde elaboraciones históricas hasta propuestas mucho más contemporáneas. Lo interesante es que todas mantienen una dimensión cercana, sin perder ese vínculo familiar que cambia completamente la experiencia del visitante.
En muchas ocasiones son los propios propietarios quienes reciben, enseñan los depósitos, cuentan la historia familiar o sirven el vino. Y eso se nota. Porque uno no escucha un discurso memorizado. Escucha generaciones enteras hablando de viñas.
Pero el pueblo no termina en las bodegas. El patrimonio monumental también ayuda a explicar su personalidad. La iglesia de San Esteban Protomártir, declarada Bien de Interés Cultural, domina buena parte del perfil urbano. A su alrededor aparecen palacios, casas solariegas y edificios históricos como la Casa del Virrey, la Casa de las Rejas o el palacio de los Marqueses de Legarda, formando un conjunto urbano sorprendentemente armónico.

El Ayuntamiento trabaja además en abrir al público la cripta del templo, donde reposan figuras históricas como Martín Fernández de Navarrete, marino e historiador de los siglos XVIII y XIX.
Además, Ábalos cuenta con una variada oferta de alojamientos, restaurantes y bares donde descansar, pasear con tranquilidad y disfrutar de la gastronomía y los vinos de Rioja en un entorno especialmente acogedor.
Y mientras todo eso sucede, Ábalos sigue reforzando también su vida cultural. Conciertos, teatro, actividades al aire libre, las fiestas en agosto y septiembre dedicadas a San Esteban y la Virgen y, especialmente, la jornada de puertas abiertas de bodegas del primer sábado de septiembre, cuando las catorce bodegas del municipio abren simultáneamente sus puertas y el pueblo entero parece girar alrededor del vino.
Aunque posiblemente lo más interesante sea eso: que en Ábalos el vino lo atraviesa todo sin imponerse. Está en las conversaciones de los vecinos, en los bares, en los paseos al atardecer y en los silencios de las viñas viejas. Está en el paisaje y en la memoria.


