Sonia San Román habla del Camero Viejo desde un lugar íntimo, casi de pertenencia. «Es una zona que me toca especialmente porque es la zona de la que proviene toda mi familia materna”», explica la autora de ‘Una luciérnaga entre el musgo’, su primera novela después de más de dos décadas dedicada a la poesía. Muchas de las historias que aparecen en el libro nacen de relatos escuchados a su abuela, aunque después hayan sido transformados por la ficción. «He cogido esas historias y he jugado a la ficción con ellas».

La novela se adentra en una Rioja menos transitada, alejada del relato más habitual de la región. San Román lo dice con claridad: «La Rioja muchas veces peca de vinocentrismo, que parece que solo somos esto, y hay mucho más». Ese «mucho más» es, en este caso, el Camero Viejo: sus aldeas, sus silencios, sus despoblados, sus mujeres y una memoria rural que todavía explica parte de lo que somos. Por eso la escritora reconoce que sentía «una deuda moral con el territorio». No se trataba solo de ambientar una novela, sino de mirar hacia un espacio que también forma parte de la identidad riojana.
‘Una luciérnaga entre el musgo’ juega con lugares reales, como San Román de Cameros, y con espacios inventados, como Umbrosa, una población ficticia que permite hablar de los pueblos vacíos. «Juego con lugares reales y lugares ficcionados», explica la autora. También juega con el tiempo. La narración se mueve entre 1935 y 1936 y el año 2018, dos capas que avanzan en paralelo hasta que el lector descubre la conexión entre los personajes del pasado y los del presente.
El punto de partida es una herida: el intento de suicidio de Chiqui, una mujer marcada por la violencia de su madre adoptiva. A partir de ahí, una noticia, unas fotografías y un objeto extraño la empujan a viajar hacia el norte, hacia ese territorio donde la memoria personal y la colectiva se entrelazan. En el camino aparecen otros personajes dañados, como Dani Oklahoma o Isla, y también mujeres del pasado, como Catalina, Apolonia o María la Molinera. San Román habla de personajes «bastante heridos», pero no reduce esas heridas al ámbito individual. «A nada que rasques se ve que son también heridas sociales, que son fruto de una época, de una manera de pensar determinada, de una manera de educar determinada», reflexiona.
La salud mental atraviesa la novela, aunque desde una mirada amplia. La autora cree que cargamos con más dolores de los que sabemos nombrar. «Somos heridos no solo de las cosas que nos pasan a nosotros», sostiene, sino también de traumas que pueden venir de «abuelas, de madres, de lo que sea, y del propio territorio herido». Ahí está una de las claves del libro: las heridas personales no nacen en el vacío. Tienen raíces familiares, sociales, históricas. A veces, incluso geográficas.
También hay una reflexión sobre el regreso a lo rural. San Román entiende el deseo de volver al campo, especialmente en un momento en el que las ciudades expulsan por los precios y por el ritmo de vida. «Siempre pienso que uno se va de su casa porque de alguna forma es expulsado», afirma. Eso les ocurrió a sus abuelos (en camino inverso) y sigue ocurriendo ahora, aunque de otras maneras. Pero la autora evita una mirada idealizada: «Entiendo ese deseo de volver al campo, pero a veces tampoco hay estructuras». Y pone ejemplos muy concretos del Camero Viejo: falta cobertura, faltan servicios, falta incluso «una triste gasolinera» en la carretera del valle del Leza.
En ese paisaje duro, la cultura aparece como refugio. La literatura, la música o el cine no salvan de forma grandilocuente, pero sí ofrecen una pequeña luz. De ahí el título. La luciérnaga funciona como metáfora de algo frágil que alumbra en medio de la sombra. En la novela tiene especial importancia la llegada de las Misiones Pedagógicas en 1935, con su gramófono, su teatro ambulante y su biblioteca. San Román introduce además En las orillas del Sar, de Rosalía de Castro, cuyos versos recorren todos los capítulos. «La luciérnaga puede ser todo lo que después el lector quiera aportar», dice la autora, aunque para ella tiene que ver con «sembrar» algo luminoso antes de que llegue la violencia.
Después de 22 años dedicada a la poesía, San Román ha descubierto que la novela exige otro andamiaje, pero no otra mirada. «La poesía no me abandona», reconoce. Cuando tiene que describir una emoción, un paisaje o una reflexión, vuelve «al lenguaje poético, al lenguaje metafórico».


