Para muchos alumnos de segundo de Bachillerato la PAU no se vive como el examen que hay que aprobar, sino como la prueba en la que unas décimas pueden decidir si entran o no en la carrera que quieren. Pablo quiere estudiar Medicina; Ruth, Enfermería; Carla, Educación Social. Tres objetivos distintos, tres notas de corte diferentes y una sensación común en la recta final: después de dos años mirando hacia este momento, toca demostrarlo todo en apenas tres días.
Pablo Ágreda llega a la prueba más tranquilo de lo que él mismo esperaba. Después de todo lo estudiado durante el curso, ahora se siente sereno. «Seguro que luego voy al examen y voy atacado de los nervios pero ahora mismo estoy bien». Su tranquilidad, sin embargo, convive con una realidad incómoda: quiere estudiar Medicina y sabe que no le va a dar la nota para su primera opción, Zaragoza, por eso «tengo plan B, C, D y así hasta la Z».
En su caso, la PAU no es solo una prueba de acceso, sino una carrera contra una nota altísima. Ha hecho cálculos y contempla varias alternativas: entrar en un grado superior, empezar otra carrera para intentar pasar después a Medicina o incluso estudiar un año fuera de España y regresar más adelante.

La situación de Carla Pinillos es diferente. Quiere estudiar Educación Social en Gran Canaria y no necesita una nota tan elevada. Aun así, no resta importancia a la prueba. «Al final te juegas todo», explica. Su sensación es que el Bachillerato, especialmente segundo, se ha construido alrededor de la PAU. «Todo PAU, todo PAU, todo PAU», dice al recordar cómo los exámenes de clase han sido durante este último curso un calco de la prueba. Para ella, estos dos años no siempre han sido tanto aprender «por el gusto de aprender» como prepararse para un formato concreto.
Ese entrenamiento también tiene su parte positiva. Llegar a la PAU después de haber hecho exámenes similares da seguridad y evita enfrentarse de golpe a una estructura desconocida. Pero también genera la sensación de que todo el curso se reduce a ese momento. «Tengo ganas de terminar, conocer la nota y que empiece por fin el verano. No porque no haya estudiado, sino porque el desgaste acumulado ya pesa».
Ruth Alonso está en un punto intermedio entre la confianza y la incertidumbre. Quiere estudiar Enfermería y, si entra en La Rioja, se quedaría en Logroño. Si no, buscará plaza donde pueda. El problema es que no tiene completamente cerrado el plan alternativo. Había pensado en un grado superior de laboratorio anatómico, pero este curso no se oferta, así que baraja otras opciones como Higiene Bucodental o Biología. «Estoy un poco más perdida», reconoce. Su escenario depende mucho de la nota.

Ruth Alonso
Los tres coinciden en que segundo de Bachillerato supone un cambio claro respecto a primero. En primero los tres coinciden en que todavía se mantiene una dinámica más parecida a la ESO o al instituto de siempre. En segundo, en cambio, todo se acelera: sube la dificultad, se acumula temario y los exámenes se orientan cada vez más hacia el modelo de la PAU.
Pablo considera que la prueba es, en el plano académico, una forma bastante justa de evaluar porque todos los alumnos se enfrentan al mismo examen y al mismo temario dentro de la comunidad. Pero también cree que deja fuera capacidades importantes para la vida adulta, como hablar en público, relacionarse o desenvolverse en otros contextos.
Carla y Ruth son más críticas con lo que mide realmente la prueba. Carla cree que no refleja del todo lo aprendido ni el esfuerzo de dos años, porque «la presión puede alterar mucho el resultado». Ruth lo expresa de forma parecida: «Te juegas todo en tres días. Un mal día, un bloqueo o un examen que se tuerce pueden pesar más que meses de trabajo». Para ellas, la PAU no mide solo conocimientos, sino la capacidad de controlar los nervios.
Esa presión tiene consecuencias en la vida diaria. Pablo ha dejado el gimnasio, ve menos a sus amigos y ha reducido actividades que le gustan, como el coro. Carla también ha restringido planes y quedadas. Ruth cuenta que estas semanas apenas ve a sus amigos fuera de la biblioteca y que ha dejado de ir a sus actividades de tarde porque entre el estudio y la academia no le da tiempo a más. «Al final, estos meses tienes que aparcar muchas cosas que te gustan».
La PAU también se cuela en las conversaciones. Pablo reconoce que, cuando queda con sus compañeros, casi siempre aparece el tema: qué puede caer, qué se van a estudiar o qué parte del temario se descarta. Carla, en cambio, cuenta que en su grupo de amigos han decidido vetarlo por completo. «Bastante presente está ya en la cabeza de cada uno como para convertir también los descansos en una prolongación del agobio». Ruth y sus amigos intentan hacer algo parecido: evitar hablar del examen cuando por fin tienen un rato para desconectar.
Cuando piensan en el final, todos imaginan algo sencillo. Carla quiere irse a tomar una cerveza con sus amigos y celebrar la cena de clase. Ruth espera mirar atrás dentro de unos años y pensar que, en realidad, «no fue para tanto». Pablo cree que recordará este trimestre como uno de los momentos más difíciles de su educación. Antes de eso, todavía quedan los repasos, los nervios y los últimos cálculos.


