Ezcaray no ha necesitado estar en el Navarra Arena para sentirse dentro de la final. La plaza se ha llenado de camisetas azules, brazos en alto y miradas clavadas en cada tanto de Darío, como si cada pelota golpeara también en el frontón del pueblo. Familias, cuadrillas, niños y mayores han seguido el partido juntos.
Cuando el de Ezcaray se ha proclamado campeón, la emoción se ha roto de golpe: aplausos, abrazos, gritos y sonrisas de esas que van a tardar unos cuantos días en borrarse. El triunfo de Darío ha también el de todo un pueblo que lo ha sentido suyo desde el primer saque.


