Ezcaray lleva días latiendo al ritmo de Darío. La final del Manomanista no se va a jugar solo en el Navarra Arena, ni va a empezar cuando la pelota golpee el frontis. En la villa, el partido ha arrancado mucho antes, entre banderas en las ventanas, camisetas preparadas para la ocasión y una mezcla de orgullo, nervios y pertenencia que solo aparece cuando uno de los tuyos está a punto de tocar algo enorme. Darío Gómez aquí no es únicamente un pelotari riojano en busca de su primera ‘txapela’ absoluta. Aquí es el vecino, el amigo, el familiar, el chaval que ha crecido con el nombre de Ezcaray cosido a la espalda.

El municipio se ha preparado para empujarle hacía la historia de la pelota. Más de 200 aficionados acompañarán a Darío en Pamplona, muchos de ellos en los dos autobuses fletados por el Ayuntamiento, pero la fiesta no se quedará solo en el desplazamiento. Para quienes se queden (guardando el fuerte) en Ezcaray, habrá pantalla gigante en la plaza del quiosco y una cena posterior en el bar Roypa, gane o pierda, porque hay días en los que el resultado importa muchísimo, claro que sí, pero el orgullo ya está ganado de antemano.
Por eso esta final tiene algo que desborda lo estrictamente deportivo. Darío llega después de once años de carrera profesional, tras tumbar a tres campeones como Elordi, Jaka y Altuna III, y con la posibilidad de convertirse en el sexto riojano en conquistar una ‘txapela’ absoluta. Pero en Ezcaray, más allá de los números, se celebra otra cosa: la oportunidad de ver a uno de casa en el día más grande de su vida deportiva. Ezcaray jugará con él.


