Nada más terminar el partido, la afición de la UD Logroñés dejó salir todo lo que llevaba demasiado tiempo guardado. Matapiñonera se convirtió en una pequeña sucursal de Las Gaunas, con más de 700 blanquirrojos abrazándose, saltando y cantando en San Sebastián de los Reyes después de un final de esos que dejan la voz rota y el corazón acelerado. El esfuerzo de desplazarse casi 300 kilómetros, el madrugón, la carretera, los nervios y la tensión de la prórroga acabaron de la mejor manera posible: en alegría pura, de esa que no se ensaya y que sale a borbotones.
Había también algo pendiente en esos abrazos. El ascenso de la pandemia nunca pudo celebrarse como merecía, y después llegaron demasiadas desgracias deportivas, demasiadas tardes amargas y demasiados regresos en silencio. Por eso este momento se vivió como una reparación emocional, casi como una deuda saldada con la historia reciente del club. Antes de volver a Logroño para culminar la fiesta en Murrieta, la afición pudo vivir en Matapiñonera uno de esos instantes que se cuentan durante años: lejos de casa, pero sintiéndose más cerca que nunca de su equipo.






