Toros

Diego Urdiales, un torero para aficionar a un Rey

Una marabunta izaba a Diego Urdiales a las 21:55 horas hacia ese umbral que en Madrid separa la tierra y el cielo. Se repetía la imagen del triunfo, mas en el ambiente habitaba esa sensación de otra historia. De excelsa solemnidad, podríamos decir; de total majestuosidad. No era este un triunfo más de breve recuerdo o escasa memoria.

La tarde de Urdiales había dejado una huella imborrable de emoción y torería. De sabor, de empaque, de maestría, de despaciosidad, de plenitud y de gracia. Como decía, se abalanzaba Urdiales hacia ese cielo que el riojano ya había tocado con las mismas yemas que asen sus trastos un poco antes. Y todo, ante la atenta mirada de S. M. Felipe VI, quien no suele prodigarse por los ruedos de su España, aunque, después de presenciar cómo es el toreo según Diego Urdiales, su presencia debiera ser habitual tras los pasos del riojano.

Fue la actuación de Urdiales plena y de esférica dimensión. Demasiados hitos alcanzados en una sola tarde de toros. Aquellas verónicas, aquel toreo en redondo, aquellos naturales, los escasos y caros adornos y las estocadas de manual. Demasiada tela que cortar; demasiado toreo que contar.

Recibió Urdiales a su primer enemigo con un saludo a la verónica que desparramó grandeza, poder y aroma. Tan arrebatado como frondoso, rematado allá en los medios. Recogía Urdiales aquellas primeras embestidas de Bullanguero para traérselas hacia sí, mecerlas, someterlas y soltarlas con gracia, torería y compás y volverlas a coger de la misma guisa. Quitó también por verónicas, con la misma majestuosidad que antes, sólo que ahora más vencida y volcada la figura sobre el toro. El mismo temple; idéntico el compás.

Pasó demasiado tiempo entre aquel quite de Roca Rey de otro registro y por otro palo, el tercio de banderillas y la devolución de los trastos a Bruno Aloi, hasta que Urdiales brindó su primera obra a Felipe VI. Más allá del protocolario saludo, vino Urdiales a decirle al monarca cómo es esto del toreo. Y así, comenzó a brotar un toreo en redondo reunido, ligado, apenas mandón y ligado.

Supo Urdiales del fondo exacto y el poder justo de su enemigo y citó entonces ya de frente, con toda la verdad por delante. Redujo así Urdiales velocidades, tan asentado el torero y tan pronto y obediente el ‘juampedro’. Hundidos los riñones y atalonado, Urdiales ofreció los vuelos de su muleta con exquisita suavidad y el toreo al natural brotó con el trazo soñado. Todo tan templado. Se fueron esparciendo aquellas esculturas, pues Urdiales escudriñó tiempos y distancias para no cesar de alcanzar aquella horadada excelencia. La estocada fue soberbia y el premio, del todo merecido.

De la misma factura que el primero fue el saludo a la verónica ahora al cuarto, más alto y tocado arriba de pitones. Vino luego un quite antológico y estratosférico a partes iguales. Tan arrebatado, como desgarrado y agitanado. Tan íntimo también. La plenitud del capote ofrecida, las embestidas recogidas, reducidas y sometidas. Todo a ralentí, todo tan sentido, todo tan magnánimo. Fue este un hito de plenitud a la verónica. Una ensoñación, poco menos. Vacío Urdiales su espíritu en aquella media de cartel, ya para la posteridad.

Y brindó el riojano al público para comenzar, rodilla en tierra, con un toreo a dos manos bello, macizo y sentido. Una trincherilla de cartel salpicó aquel torero prólogo. Pronto fue el toro de Juan Pedro y pronto supo verlo Urdiales, que, con la misma suavidad que antes, empezó a acariciar aquellas embestidas en redondo. Parecieron gustarle aquellas caricias a ‘Mapaná’, que repetía con obediencia, ritmo y nobleza.

Contrastaba aquella suavidad con la firmeza que imprimía Urdiales a cada lance. Supo dar Urdiales los tiempos y las distancias precisas; aquel irse de la cara tan torero para volver con más torería todavía a la cara de su enemigo. Pulseó Urdiales cada embestida, ralentizándolas, también ahora, como antes a la verónica. Hubo naturales interminables, por largura y lentitud. Volvió Urdiales a la mano derecha y su obra no perdió un ápice de majestuosidad. Cerró aquel círculo de tan enorme belleza otra vez rodilla en tierra, rendido Madrid, después de haber bramado entre los oles y los ‘bieeeeeeeennnnn’ roncos o afónicos y todos desgarrados. Otra vez se fue Urdiales repleto de fe tras la espada y volvió a cobrar una estocada de libro, la cuarta en esta feria suya de ensueño, plenitud y maestría. Allá quedaba ese toreo pocas veces antes alcanzado.

Completaron la terna Roca Rey y Bruno Aloi, que confirmó alternativa. El peruano paseó un trofeo por una obra maciza y asentada en el quinto, pese a las protestas de quienes le afearon una colocación no mala del todo. Aloi, por su parte, dejó constancia del valor que atesora, aunque le falte la inteligencia que da el rodaje y la experiencia.

Y así, a las 21:55 Urdiales entraba en los cielos de una calle de Alcalá rendida al toreo bueno, hastiada de tanta mediocridad y vulgaridad. No hubo liras para Urdiales y sí gritos de ‘torero, torero’. Un poco después, Felipe VI abandonó Las Ventas, seguramente, habiéndose aficionado al toreo de Diego Urdiales.

La ficha

Plaza de toros de Las Ventas. Corrida de la Prensa. Lleno de ‘no hay billetes’ en tarde de sofocante calor.

Toros de Juan Pedro Domecq, correctos de presentación y con posibilidades en líneas generales. Los mejores fueron los lidiados en segundo y cuarto lugar.

Diego Urdiales: oreja y oreja.
Roca Rey: silencio tras aviso y oreja.
Bruno Aloi: silencio tras aviso en ambos.

S. M. Felipe VI presidió el festejo desde una barrera en compañía de D. Victorino Martín, presidente de la Fundación del Toro de Lidia. Bruno Aloi confirmó su alternativa con el toro Rasgueo, castaño listón, nacido en diciembre de 202 y herrado con el número 49.

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