La casa de sus abuelos llevaba años cerrada. De piedra, fría en invierno, con habitaciones pequeñas y una distribución que ya no encajaba con la vida de ahora. Aun así, Eduardo nunca dejó de mirarla como una opción. Estaba ahí, en Villalba de Rioja, junto a la finca donde tiene los caballos y a un paso del monte. Lo que faltaba no era la idea, sino el momento. Y ese momento llegó antes incluso de la boda. Eduardo y Virginia empezaron a hablarlo sin prisa, casi como quien lanza una posibilidad: ¿y si en vez de buscar algo en un pueblo más grande o en una ciudad, se quedaban allí? Ella venía de San Asensio; él, de toda la vida en Villalba. Ninguno partía de cero. Solo había que decidir si dar el paso. Y lo dieron.
«Queríamos tranquilidad», resume él, sin rodeos. Lo que buscaban era bastante sencillo: salir de casa y estar en el monte, montar a caballo, tener tiempo por la tarde y vivir sin la sensación constante de ir corriendo a todo, aunque eso implicara asumir otras cosas, como depender del coche a diario.
Porque su vida laboral no está en el pueblo. Los dos son profesores. Virginia trabaja en Albelda; Eduardo, en Baños de Río Tobía y en el CRA Entrevalles. Cada mañana hay desplazamientos. No hay alternativa. Viviesen donde viviesen debían desplazarse pero tampoco lo viven como un problema. «Al final es lo mismo que hace mucha gente en ciudad», explica. Solo cambia el paisaje.

La casa, eso sí, no estaba lista para entrar a vivir. Ni mucho menos. La estructura se mantenía, pero el resto había que rehacerlo casi al completo. Tejado nuevo, distribución diferente, instalaciones completas. Una reforma de arriba abajo. «Nos hemos metido en una buena obra». Y mientras se decidían apareció el Plan Revive. Lo conocieron cuando empezó a moverse y vieron que encajaban. No fue la razón principal para tomar la decisión, pero sí el empujón definitivo. «No te vas a vivir a un pueblo por una ayuda», dice Eduardo, «pero cuando ya lo tienes claro, te lo pone mucho más fácil».
El proceso, cuentan, fue bastante ágil. Proyecto con un arquitecto de la zona, documentación, validación… y luz verde para empezar. «Queríamos contar con gremios de la zona y así lo hemos hecho». Ahora, con la casa ya terminada y habitada desde hace un par de meses, esperan el ingreso de la ayuda definitivo. Mientras tanto, la tranquilidad es otra. «Sabes que un día u otro va a llegar», dice.
Sin ese apoyo, reconocen, el escenario habría sido muy distinto. La financiación también acompañó. Ambos destacan «el papel de Caja Rural de Aragón», que entendió el proyecto desde el primer momento. Sus trabajos estables ayudaron, claro, pero aun así la operación exigía acompañamiento. «Y no nos ha faltado en ningún momento», admite.

Virginia lo tenía claro, aunque el cambio era mayor para ella. Pasar de un municipio como San Asensio, con prácticamente todos los servicios, a otro de 180 habitantes podía resultar complicado. «Pero lo habíamos pensado muchas veces», reconoce. Aun así, al principio, imponía. Ahora, la sensación es otra. «Estoy muy contenta», dice. Se ha adaptado rápido. El bar del pueblo, los vecinos, las pequeñas rutinas… todo va encajando. Y cuando apetece algo más de movimiento, Haro está a cinco minutos. Logroño, a media hora. La distancia, al final, pesa menos de lo que parece.
Además, el tiempo se organiza de otra forma. Su jornada termina sobre las tres de la tarde. A partir de ahí, el ritmo cambia. Paseos, los caballos, tareas pendientes… o simplemente parar. «Aunque por aquí siempre hay algo que hacer», cuenta. En el pueblo, que se queden no ha pasado desapercibido. Dos jóvenes que deciden quedarse es, en sí mismo, una noticia. Los vecinos lo notan. Lo valoran. Hay cercanía, preguntas, interés. «Y eso que aquí quedan aún familias jóvenes».
Llevan apenas unos meses, todavía están aterrizando en esta nueva rutina. Saben que no todo será tan fácil como ahora, pero también que la decisión no ha sido improvisada. Querían esto. Y, de momento, están encantados de la vida.


