En los últimos días, todo el deporte riojano habla de Darío Gómez, el pelotari de Ezcaray que ha metido a su comunidad autónoma en una final del Manomanista 72 años después y el segundo que lo consigue. El ‘pelaire’ ha seguido así un camino que ya recorrió otro pionero. Y ojo, es necesario ponerse en pie para hablar de Barberito I (1927-1980), ganador de la ‘txapela’ de la categoría reina en 1953 y subcampeón en 1954. El de Baños de Río Tobía es una leyenda absoluta de la pelota riojana y aunque su recuerdo queda lejos, todavía hay voces autorizadas para acercarse a él. Rubén Olave, experto pelotazale, desgrana en NueveCuatroUno la figura de Abel San Martín.
«Lo sé todo sobre él, porque mi padre era amigo suyo y quinto, nacidos en 1927», explica Olave. Desde su apodo, debido a la profesión de su abuelo paterno (barbero), hasta detalles de su vida, personalidad y juego en el frontón. «Era un figura, en una época donde casi solo jugaban los vascos, en el País Vasco lo adoraban porque quedaba campeón. Y aparte de eso, era un caballero, siempre con buenos gestos, nunca protestaba por nada y muy serio en la cancha. Le querían mucho», explica. Fue el germen de una amplia estirpe de tres hermanos pelotaris y hasta seis miembros de su familia. Es un caso único al que volveremos más tarde.

Foto: Rubén Olave
A través de los recuerdos aportados por su padre, Rubén se acerca a la vida de una figura en un contexto difícil. Su adolescencia se produjo en los años. Tras la Guerra Civil y la imposición de la dictadura franquista, fueron años complicados. Hambruna, escasez y desde muy pequeño, pelota. Ya en 1947, Barberito I quedó campeón de aficionados y también en Parejas, junto al padre de Titín III, ambas ocasiones en Barcelona. Después de tales logros, dio el salto a profesionales, donde logró sus mejores éxitos en el Cuatro y Medio (campeón 1955 y 1956, subcampeón en el 1957) y además, las citadas finales del Manomanista.
Una final sin rival y otra perdida
Tras superar a cuatro contrincantes (Soroa, Zurdo, Arriarán II y Acárregui), Barberito pudo jugar la final. Su rival era Miguel Gallastegi, campeón desde 1948. En aquella época, el campeón solo jugaba la final, para defender su título. Sin embargo, esa final nunca se llegó a disputar: «La versión oficial cuenta que Gallastegui no se presentó por no estar conforme con el reparto económico de las entradas (antes las empresas las repartían con los pelotaris). Sin embargo, lo que se decía en los frontones es que tenía miedo de jugar contra Barberito y no quiso jugar este envite».
A este respecto, la web de divulgación riojanista Bermemar recoge la carta de renuncia de Gallastegui a dicha final. En ella, el pelotari aduce un cambio de fecha de las eliminatorias y un retraso de esta final. Así, Gallastegui lamentó no tener suficiente tiempo para preparar la eliminatoria y, en palabras textuales: «Me expongo a un doble peligro: hacer técnicamente el ridículo y exponerme a un contratiempo físico». Así pues, dada su renuncia, la Federación Guipuzcoana, en nombre de la Española, otorgó a Barberito el campeonato de España, como se conocía entonces el Manomanista.
Lógicamente, la decisión supuso una gran polémica. Todos opinaron y en general, la prensa de la época se llenó de portadas y columnas sobre el asunto. Corrieron ríos de tinta, como suele decirse. Una vez pasada la polvareda, Barberito tuvo la oportunidad de defender su trofeo en 1954. Fue la primera final que jugó y esta vez, no pudo hacer nada ante el empuje del guipuzcoano Soroa II (22-4) en el Astelena de Eibar. Ahí había acabado la historia de la pelota riojana en el Manomanista… hasta que la victoria de Darío sobre Larrazabal abrió un nuevo capítulo.

Foto: Xavier García Vaquero
Quizá dentro de cincuenta, sesenta, setenta años, los más veteranos del lugar, si tenemos la suerte de seguir en este mundo, recordemos su figura como hoy se recuerda a Barberito. Épocas distintas, mundos opuestos, pero la misma pasión frente a la piedra. Es el deporte más puro, el único que La Rioja, en conjunción con el País Vasco y Navarra, puede reivindicar como suyo. De aquí también son sus raíces y claro, Barberito I hizo mucho por cultivarlas. Suya fue la responsabilidad de elevar el nivel riojano, de igualar a los pelotaris de los siete valles con los vascos, de abrir el camino para futuras estrellas, como Darío.
Caza, ‘lerele’ y una lista de partidos interminable
Según relata Olave, Barberito era una persona reservada, seria y cuya principal afición era la caza: «No había gimnasios, ni polideportivos, así que utilizaban la caza para prepararse. A él le gustaba cazar palomas». Hasta tal punto llegaba su afición que, cuando era temporada alta en lo que respecta a estas aves, nadie apostaba a su favor. Pero más allá de esas anécdotas, exprimía su talento en el frontón. «Tenía mucho nervio, mucha velocidad; cuando la pelota iba muy rápida, decían los antiguos del lugar que tenía ‘lerele’. Hacía varias jugadas primordiales: la velocidad a medio frontón, la dejada al ancho corrida o manejaba el gancho», explica Olave.
Su talento fue conocido en el País Vasco, donde «nos dijeron a los riojanos que era un fenómeno», explica Rubén. Ese calificativo fue uno de sus apodos en esa época. Talento puro. «No entrenaba casi nada, en Baños era difícil verle jugar ya en profesionales, porque solo salía al frontón. Era cerrado, menos con sus amigos», explica Olave. No jugaba en su pueblo, pues era reclamado por diversos frontones. Se jugaba mucho más entonces, hasta cinco días por semana, en lugares como Santo Domingo de La Calzada, Calahorra, Eibar, Logroño o Bergara. «En Tolosa bajaban los lunes de los caseríos y esa tradición se sigue manteniendo hoy», valora Rubén Olave.
«El otro día hablé con su mujer, que todavía vive, me dejó unos libros y dice que jugó hasta dos mil partidos. Es tremendo», subraya. Genio y figura, su calidad y su actitud deportiva le hicieron ser admirado. Así que, cuando tras más de dos décadas, se retiró en 1972, recibió una despedida en el Astelena de Eibar, la Catedral. Tímido ante la vida, sacó su excelencia en la cancha. Ejemplo de comportamiento, fue recompensado con la Medalla del Orden al Mérito Deportivo (1967) y una vez retirado, se trasladó a Calahorra. Desgraciadamente, un cáncer se lo llevó demasiado pronto, con 53 años.
Hoy en día, el frontón de Baños de Río Tobía y el cubierto de Calahorra llevan su nombre. «Fue una institución, un genio. Le dio un impulso a la industria del embutido de su pueblo solo con sus hazañas». Sin redes sociales ni Internet, el boca a boca era lo que mandaba. Y funcionó.
El legado de los Barberito
Por si no fuera poco todo lo contado, Barberito I dio origen a una saga de hasta seis pelotaris. «Es la única familia de pelota donde han jugado tres hermanos. Él, Mari (Barberito III) y luego debutó Barberito V. Además, tuvo dos hermanos que llegaron a aficionados», apunta Olave. Un legado inolvidable para un pelotari irrepetible.


