La Rioja

Revive en La Rioja: ‘Cuando quedarse deja de ser una renuncia’

FOTOS: EDMA.

Da de lleno el sol de abril en una de las terrazas de la plaza. Mientras en la ciudad alguien corre para terminar la semana, en el Hogar de Personas Mayores de Pradejón, Saúl se toma un café con uno de los clientes que tiene esa misma tarde. No hay prisas. La vida pasa en otro formato en lugares así. Comparte mesa con una pareja que apura el primer café con hielo de la temporada. Al lado, unos abuelos comentan el chascarrillo de turno en esa cita diaria que tienen para ponerse al día.

Cada vez más, vivir en un pequeño municipio no es sinónimo de desconexión. Es, simplemente, bajar el volumen que se siente en las grandes urbes. No desaparece el ruido, sigue ahí -en la ciudad, en las prisas, en esa sensación constante de llegar tarde a algo-, pero desde municipios como Pradejón suena lejano. Y para algunos, como Saúl Martínez allí, eso no es una desventaja. Es, directamente, el motivo para quedarse. «Aquí tengo todo lo que necesito», explica, con esa sensación de estar en el centro de todo.

Porque sí, desde fuera puede parecer complicado. Menos servicios, menos oferta, menos de todo. O eso se dice. Pero basta con rascar un poco para descubrir que la ecuación no siempre es tan simple. Hay otras cosas que valorar, otros factores que poner encima de la mesa a la hora de elegir dónde echar raíces. Hay algo menos cuantificable de medir que el número de tiendas o la cartelera de un cine: la vida cotidiana, la red invisible de lo cercano, el arraigo. «Toda mi gente está aquí». Y eso, para muchos, pesa más que cualquier otra cosa.

Saúl estudió en Logroño durante ocho años. Delineación primero, después interiorismo. Probó la ciudad, la vivió, la entendió, la disfrutó… pero también la sufrió. No estaba mal del todo, pero decidió volver a Pradejón. No por falta de opciones laborales, sino por una suma de pequeñas certezas y, sobre todo, de relaciones humanas. «Mi familia está aquí, mis amigos están aquí… al final, lo tengo todo», repite no como quien se tiene que convencer, sino como quien ya lo tiene claro.

Su día a día es, en cierto modo, el ejemplo de ese equilibrio que muchos buscan y pocos encuentran. Por las mañanas trabaja en una empresa local. Por las tardes, levanta su propio estudio de tatuajes. «En otro sitio hubiese sido casi imposible hacerlo». Está en una de las calles más céntricas de la localidad. Sin coche, sin atascos, sin esa coreografía urbana de semáforos y relojes. «Hay semanas que dejo el coche el viernes y no lo cojo hasta el lunes», cuenta. Y se queda un segundo en silencio, como si aún le sorprendiera. «Lo cojo entre semana porque trabajo en el polígono por las mañanas; si no, ni eso».

Esa es una de las claves que se repite cuando se habla con quienes han decidido quedarse -o volver- a municipios como Pradejón. No es solo la tranquilidad. Es el tiempo. El que no se pierde en desplazamientos, en esperas, en trayectos que no llevan a ningún sitio más que al siguiente punto de partida. Un tiempo que queda para la familia, para los amigos, para las aficiones.

Pero no todo es idílico. Ni mucho menos. Porque si algo desmonta rápido el tópico de que «en el pueblo todo es más fácil» es la vivienda. Encontrar casa en Pradejón, explica Saúl, ha sido casi una carrera de fondo. Años buscando. «No hubo manera de encontrar nada durante mucho tiempo». Precios que subían. Intereses que encarecían lo que antes era accesible. «Que la gente no piense que aquí es más fácil que en una ciudad», advierte. De hecho, a veces es justo lo contrario.

En su caso, la historia tuvo algo de azar y de vínculo. El piso que compraron -tras años de búsqueda- pertenecía a unos conocidos de la familia de su pareja. Eso marcó la diferencia. Lo que hasta entonces parecía imposible empezaba a materializarse. «Si no, igual ni lo tenemos», reconoce. Porque el mercado de la vivienda no entiende tanto de tamaños de municipio como de oportunidades. Y en municipios como Pradejón, con una alta tasa de empleo, la cosa no resulta nada fácil.

Ahí es donde entraron también en juego las ayudas para facilitar la vivienda para gente joven en el ámbito rural. En su caso, el Plan Revive que, sin ser el motivo principal para quedarse, sí tuvo una parte de decisivo. «No te quedas por la ayuda, pero te permite tomar decisiones», resume. Una frase sencilla que, en el fondo, explica mucho de las políticas actuales: no basta con querer vivir en un pueblo, también hay que poder hacerlo.

Y aun así, el argumento principal sigue siendo otro. Más emocional, menos fácil de cuantificar. La vida social. O, mejor dicho, otra forma de entenderla. En Pradejón no hay grandes eventos cada noche, pero tampoco hace falta. Un bar, una terraza, una comida improvisada en una huerta. «No necesito irme fuera», dice, dejando claro que lo suyo no ha sido quedarse por quedarse, sino una elección consciente.

Ha vivido fuera, ha probado otras opciones y, aun así, vuelve siempre a la misma conclusión: «Es una gozada vivir en un sitio más pequeño». No porque todo sea mejor, sino porque encaja mejor con lo uno que quiere. Con cómo quiere vivir. Y quizá ahí esté la clave de todo esto. Que la vida en los municipios pequeños ya no se explica desde la falta -lo que no hay-, sino desde la elección. Desde lo que se gana. Aunque, desde fuera, todavía a algunos les cueste entenderlo.

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