La Rioja

El gran desafío de educar a niños que lo tienen todo: «Las cosas no caen del cielo»

«Hay que darle a los hijos lo suficiente para que sientan que pueden hacer cualquier cosa, pero no tanto como para que sientan que no tienen que hacer nada». La reflexión de Warren Buffet, uno de los inversores más exitosos y reconocidos de la historia, resume uno de los grandes desafíos educativos de nuestro tiempo: cómo hacerle entender a nuestros niños y adolescentes la cultura del esfuerzo en una sociedad marcada por la inmediatez, el hiperconsumo y la gratificación instantánea.

Ante un contexto donde muchas necesidades y deseos se cubren con rapidez, cada vez más familias se preguntan cómo educar en valores como la paciencia, la constancia, el ahorro o la tolerancia a la frustración. Para Ana María Reynoso, profesora del Grado en Pedagogía de UNIR, el problema no es que los menores tengan comodidades materiales, sino que crezcan sin experimentar límites, esperas o responsabilidades.

«Los padres tenemos que preparar a nuestros hijos para la vida, porque hoy puede irnos bien económicamente, pero mañana no sabemos qué puede pasar, por eso los niños necesitan aprender que las cosas no caen del cielo, sino que hay que trabajarlas».

La pedagoga advierte de que la sociedad actual favorece precisamente el escenario contrario. «Vivimos en la cultura de la inmediatez, todo es ya y todo puede conseguirse a golpe de ‘clic’. Los niños crecen acostumbrados a respuestas rápidas y recompensas inmediatas. Y eso dificulta aprender cuestiones fundamentales como la autonomía y la constancia».

Además, Ana María destaca que muchas familias, con la mejor intención, intentan evitar cualquier frustración a sus hijos, sin embargo, esa sobreprotección puede acabar generando el efecto contrario al deseado. «Educar en el esfuerzo implica enseñar que no todo tiene una recompensa inmediata y que el proceso también tiene valor». Y es que, la frustración, en dosis adecuadas y acompañada emocionalmente, «es necesaria para ayudarles a gestionar emociones y fortalecer la autoestima desde la superación, no desde la comodidad permanente».

Esta pedagoga considera que uno de los principales errores actuales es convertir cada acción cotidiana en una recompensa. «No podemos educar a golpe de premio constante: buenas notas, regalo; hacer la cama, recompensa… Hay que enseñarles que formar parte de una familia implica responsabilidades compartidas». Poner la mesa, ordenar la habitación o colaborar en pequeñas tareas domésticas «no deberían verse como favores extraordinarios, sino como parte natural de la convivencia».

Ana María también insiste en la importancia de enseñar a esperar. «A veces los padres pueden comprarles aquellos que quieren, pero no siempre deberían hacerlo de manera inmediata». Introducir pequeñas economías personales, como una paga semanal, puede ayudar a que los menores comprendan el valor del ahorro y aprendan a priorizar. «No se trata de frustrar por frustrar, sino de enseñar que algunas cosas requieren tiempo y esfuerzo».

La conciliación laboral y el cansancio diario tampoco ayudan. La profesora de UNIR reconoce que muchos padres terminan cediendo para evitar discusiones o conflictos. «Después de una jornada larga, lo más fácil es pensar: ‘toma esto y déjame tranquilo’. Pero eso no es educar». La clave es encontrar un equilibrio entre afecto y límites. «Los niños necesitan amor y seguridad, pero también normas, retos y espacio para desarrollar su autonomía».

Precisamente en esa educación, el ejemplo familiar juega un papel decisivo. «Los niños son neuronas espejo, imitan mucho más lo que ven que lo que les decimos». Por ello, si observan hábitos de ahorro, responsabilidad y compromiso, tenderán a reproducirlo. «Si ven que sus padres se esfuerzan, siguen formándose o implicándose en proyectos solidarios, entenderán que todo esfuerzo tiene sentido».

Para esta profesional, el voluntariado y las actividades solidarias son algunas de las experiencias más valiosas que pueden ofrecerse a los hijos. «Llevar a los niños a acciones de ayuda es un gran regalo educativo porque les permite entender lo afortunados que son y descubrir que la felicidad no está solo en tener cosas, sino en compartirlas, ayudar y sentirse útil».

Para fomentar la cultura del esfuerzo, Ana María recomienda actividades que exijan compromiso a medio y largo plazo, como practicar deporte, aprender música o desarrollar aficiones que requieran constancia. «Tocar un instrumento o entrenar no se aprende en una tarde. Ahí descubren el valor de la paciencia y del progreso poco a poco».

Los juegos de mesa también pueden convertirse en una herramienta educativa inesperadamente eficaz. «En una partida se aprende a esperar, a perder, a respetar turnos y a gestionar emociones», explica. Y lanza una advertencia a los adultos: «Muchos abuelos dejan ganar siempre a los nietos para evitar disgustos. Pero los niños también tienen que aprender a perder».

La pedagoga insiste en que el objetivo no es criar hijos resignados ni imponer una educación basada en la privación. «La pedagogía está en el equilibrio: ni abandono ni sobreprotección». El verdadero reto es lograr que los menores desarrollen una motivación interna, que hagan las cosas «porque les aportan sentido y satisfacción», no únicamente por premios o castigos.

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