En la avenida Jubera de Murillo de Río Leza el sol invita a quedarse sentarse un ratito más en uno de los bancos del parque. El césped está recién regado y una pareja de abuelos pasea tranquila después de haber dejado a los nietos en la puerta del colegio. Wilner llega de Logroño. Ha madrugado para desayunar tranquilo con las niñas y su mujer antes de acercar a las pequeñas al cole y a ella al trabajo. Se le escapa una sonrisa cuando habla de su nueva vivienda en Murillo. Llevan aquí sólo unos meses. No es una sonrisa exagerada, ni de esas que se fuerzan para quedar bien. Es más bien tranquila, como de quien ha llegado por fin a un sitio que siente suyo. Y no es para menos. Después de más de dos décadas en España -y prácticamente todo ese tiempo viviendo de alquiler en Logroño-, este ecuatoriano de 43 años ha conseguido lo que durante mucho tiempo parecía una meta inalcanzable: comprar una vivienda para su familia.
Su historia empieza lejos, en Ecuador, aunque ya queda atrás. «Más de 20 años», dice cuando se le pregunta cuánto tiempo lleva en España. Primero llegó su padre, como tantos otros, abriendo camino. Después vino él. Su mujer, de 33 años, siguió un recorrido parecido: también con familia ya asentada aquí. Entre los dos han construido una vida en La Rioja, con dos hijas de ocho y tres años, trabajos estables y una rutina perfectamente engrasada. Pero había una pieza que no terminaba de encajar: la vivienda.

Durante años, su realidad fue la de miles de familias: alquiler tras alquiler. Vivían en Logroño, cerca de la Universidad, en una zona cómoda, sí, pero cada vez más cara. «Era imposible pensar en comprar», reconoce. Y es que las cuentas no salían. Los bancos les pedían un 30 por ciento de entrada que, sobre el papel, puede parecer asumible, pero en la práctica se convertía en una barrera casi infranqueable. «Para un piso de 100.000 euros eran 30.000 de golpe. Con nuestros sueldos, con dos niñas… es que no se puede», resume, sin dramatismo, pero con la claridad de quien ha hecho números muchas veces.
Aun así, no dejaron de intentarlo. Se han tirado años mirando viviendas, preguntando en los bancos, informándose sobre protección oficial. También han explorado alternativas de alquiler más asequible. «Íbamos mirando todo el rato, sin parar», recuerda. Hasta que un día apareció una posibilidad distinta. Una de esas que al principio suenan lejanas, casi irreales: el Plan Revive, junto con las ayudas de Avala Rioja y la hipoteca del Gobierno de La Rioja.
Wilner lo cuenta casi con humor: «Yo llamaba todos los días». Y no exagera. Insistía, preguntaba, volvía a llamar. Hasta que llegó el momento. «Un día nos dijeron: ya está, podéis venir». Y ahí empezó todo. El mecanismo, aunque técnico, cambió por completo su situación. A través de Avala Rioja, pudieron cubrir una parte importante de la entrada. En su caso, el banco financiaba el 80 por ciento y el aval público cubría un 14 por ciento. El resto, una pequeña parte, era lo único que tenían que aportar ellos. «Era justo lo que podíamos», explica. Por primera vez, la compra de una vivienda dejaba de ser un sueño lejano para convertirse en algo posible, casi tangible.
Pero había otra decisión importante: dónde comprar. Logroño seguía fuera de alcance. Así que ampliaron el mapa. Y ahí apareció Murillo. Un municipio cercano, bien conectado, con servicios y, sobre todo, con precios mucho más accesibles. «Por lo que nos ha costado aquí, en Logroño es imposible», dice sin dudar. Y no es solo una cuestión económica. También es práctica. El piso que han comprado está listo para entrar a vivir, sin reformas, sin complicaciones. Algo clave cuando tienes dos niñas pequeñas y una vida ya bastante llena.

El cambio, además, ha traído algo que no siempre se mide en euros. Tranquilidad. «Ha sido un cambio radical pero ha merecido la pena», cuenta. Las niñas tienen más espacio, más libertad. El parque está cerca, las calles son más calmadas. «En la ciudad estás pendiente de coches, de todo… aquí no». Incluso hay pequeños detalles que marcan la diferencia, como despertarse con el sonido de los pájaros. En definitiva, otra forma de vivir.
Eso sí, de momento, la logística diaria sigue girando en torno a Logroño. Ambos trabajan allí, en la misma empresa de transporte. Los dos son conductores. Se organizan como pueden -y como saben- para encajar horarios, colegio y trabajo. «Nos hemos apañado bien», dice. Por las mañanas, él lleva a las niñas al colegio y deja a su mujer en el trabajo. Por la tarde, ella se encarga de recogerlas. Los fines de semana también se coordinan. No es fácil, pero funciona.
Y, en el fondo, la distancia no supone un gran cambio. «Antes también teníamos que movernos en autobús urbano todos los días», recuerda. Ahora usan más el coche, sí, pero el trayecto es corto. Asumible. «No lo vemos como un problema», insiste.
Lo que sí tienen claro es que, sin estas ayudas, nada de esto habría pasado. Y no lo dice como una queja, sino como una constatación. Con salarios ajustados, gastos familiares y un mercado de vivienda cada vez más tensionado, ahorrar para una entrada es, sencillamente, inviable para muchas familias. «Hubiéramos estado de alquiler toda la vida», reconoce.
Y ahí está, quizá, la clave de su historia. No es solo una vivienda. Es un cambio de horizonte. Pasar de pagar un alquiler -«caro y que no es tuyo»- a una hipoteca que, aunque similar en cuota, tiene un sentido distinto. Y con ello irse a vivir a un lugar más tranquilo, donde echar raíces a largo plazo.


