Es lunes por la tarde en Ezcaray y el pueblo respira después de varias semanas de actividad constante. La Semana Santa ha quedado atrás, la temporada de esquí en Valdezcaray acaba de echar el cierre y muchos bares bajan la persiana por descanso. La hostelería, motor de la localidad, se toma un respiro antes de que la primavera vuelva a llenar de visitantes las calles de la principal villa turística de La Rioja.
En este paréntesis aparece Jorge a través del empedrado. Lo hace con cierta prisa, que contrasta con la quietud que aportan a la escena las terrazas apiladas y las persianas de los negocios echadas.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Llega desde la plaza del Ayuntamiento y propone caminar hasta el kiosco, punto central de su pueblo, el que siempre aparece en todas las postales digitales que llenan cada verano las redes sociales. Camina deprisa, quizá intentando encajar con el habitual estrés con el que llegan a la sierra los de la capital. Pero no hay prisa. Es Ezcaray.
En apenas unos metros saluda a tres vecinos. Lo hace por sus nombres. Recibe respuestas amplias. Con la naturalidad de quien forma parte del lugar. Se detiene unos minutos con Chefe, de la familia Paniego, referencia de la sumillería riojana. Y una idea sobrevuela toda la conversación: la importancia de que los jóvenes se queden en el pueblo. «Estos chicos lo están haciendo muy bien. Es importante que sigan aquí», lanza Chefe mientras se despide con una sonrisa. «Ha estado injertando unos frutales», apunta Jorge.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Un poco más adelante, otro saludo. Y otra vida interesante. «Mirad, este señor ha vuelto ahora; ha estado tres meses fuera, recorriendo Sudamérica». Así, sin más. Sin grandes explicaciones. Como si en ese gesto cotidiano se concentrara todo lo que distingue a un pueblo de una ciudad: aquí se sabe quién es quién, de dónde viene y a dónde vuelve.
Porque en Ezcaray, como en tantos pueblos, menos gente no significa menos vida. Ni menos relaciones. Quizá ocurra justo lo contrario: menos gente, pero más conversaciones, más tiempo y más vínculos.
Jorge lo tiene claro. Tiene 26 años y forma parte de la importante industria hostelera de la localidad. No ha necesitado darle demasiadas vueltas a su decisión. «Actualmente veo mi vida aquí», explica. Sin épica. Sin discursos grandilocuentes. «Tengo pensado quedarme aquí».

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Su historia no arranca con una ruptura ni con una huida. Al contrario. Es continuidad. «Mi familia y mi vida están aquí», resume. También su cuadrilla, «de toda la vida», aunque con matices que reflejan bien el momento actual de su generación. Algunos de sus amigos trabajan en Logroño y viven allí entre semana. Pero casi todos vuelven. «La mayoría estamos aquí todos los fines de semana».
Ese ir y venir dibuja una especie de doble vida generacional: ciudad para trabajar, pueblo para vivir. Jorge, en cambio, ha decidido no fragmentar. Quedarse.
«No, a día de hoy no he dudado», responde cuando se le plantea la posibilidad de marcharse. Ni siquiera cuando la lógica podría empujarle a hacerlo. «Siempre he pensado que iba a ser Ezcaray». Y, si no, al menos cerca. «Un sitio que me permitiera venir todos los fines de semana».

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Su decisión convive, eso sí, con los mismos problemas que afectan al resto de jóvenes. El principal, la vivienda. «Han subido mucho los precios», reconoce. El auge turístico de Ezcaray -con un flujo constante de visitantes, especialmente del País Vasco y Madrid- ha tensionado el mercado. «Veías pisos de 60 metros por 130.000 euros».
Y ahí aparece una de las decisiones clave de su historia. Frente al modelo más habitual -pequeño apartamento, inversión contenida-, Jorge ha optado por lo contrario. «Voy a pecar más por exceso que por defecto». Con 24 años ha comprado una casa de pueblo, antigua, de 1900.
No es una elección inmediata ni sencilla. Tampoco rápida. Pero encaja con su forma de entender el futuro. «No tengo ningún tipo de prisa». La reforma será larga, progresiva. A su ritmo. Pensada para algo más que el presente. «El día de mañana igual tengo familia… y esto ya lo tienes».
Porque en su planteamiento hay una idea de fondo que se repite: quedarse no es quedarse quieto. Es proyectarse.

FOTO: Fernando Díaz/ Riojapress.
Su día a día tampoco responde a una imagen idealizada del pueblo. Entre semana, reconoce, todo es más tranquilo. «No hay mucha juventud». El ocio es más limitado, pero no inexistente. Trabajo, gimnasio, monte, alguna cena para romper la rutina. Y siempre la opción de bajar a Logroño para dar una vuelta. «Mi trabajo está aquí, mi casa está aquí, mi vida está aquí», resume.
A su alrededor, el pueblo sigue marcando su propio ritmo. Ezcaray no es ajeno a los cambios. El turismo lo ha transformado, ha encarecido la vivienda y ha modificado los tiempos. Pero mantiene algo que Jorge valora por encima de todo: la cercanía. Ese gesto casi automático de saludar, de reconocer, de detenerse un momento, de saber quién es el vecino.
En un contexto en el que muchos jóvenes buscan su sitio lejos de casa, su historia no pretende ser excepcional ni ejemplarizante. Es, más bien, una muestra de algo que empieza a repetirse. De que existe otra forma de entender el arraigo. «Quiero estar ligado al pueblo», dice. Y eso, en estos tiempos, ya es un compromiso vital.


