La Rioja

La batalla silenciosa de los pueblos

Vivir en un municipio pequeño tiene algo de equilibrio delicado entre la tranquilidad y sensación de comunidad y la falta de vivienda y buenas conexiones

Briones con la torre de su iglesia al fondo. | Foto: Rafa Lafuente

Cada vez más personas eligen los pueblos de La Rioja no como refugio puntual, sino como proyecto de vida. Atraídos por la tranquilidad, la comunidad y una calidad de vida difícil de replicar en la ciudad, se enfrentan, sin embargo, a un equilibrio frágil donde la falta de vivienda, la necesidad de servicios y la conexión con la capital siguen marcando el futuro de un mundo rural que, poco a poco, intenta volver a latir.

Quedarse ya no es lo que era. Durante años, la historia parecía escrita al revés: marcharse era avanzar, volver era una pausa. Pero algo ha cambiado. Cada vez más personas miran hacia los pueblos -también en La Rioja- no como un lugar al que regresar en verano, sino como un sitio donde construir una vida entera. Con sus ritmos, sus silencios y, también, sus dificultades.

Briones. | Foto: Fernando Díaz

Porque vivir en un municipio pequeño tiene algo de equilibrio delicado. Está la tranquilidad, el espacio, la sensación de comunidad… pero también la falta de vivienda, la necesidad de servicios o la dependencia de una buena conexión con la ciudad. En ese punto exacto, entre lo que atrae y lo que cuesta, se mueven hoy muchos pueblos riojanos. Y ahí es donde se decide, casi siempre en voz baja, si alguien se queda… o se va.

En este contexto, los ayuntamientos se han convertido en piezas clave. Son quienes sostienen los servicios, quienes pelean por atraer población y, sobre todo, quienes intentan que los jóvenes no se marchen. Entre los alcaldes hay un diagnóstico común: hay ganas de vivir en el medio rural… pero no siempre es fácil hacerlo.

Fuenmayor: lo mejor del pueblo con servicios de ciudad

En Fuenmayor, la fotografía es relativamente optimista. El municipio no pierde población, incluso crece ligeramente, y lo hace, sobre todo, gracias a la llegada de gente joven. “Estamos más o menos igual, pero de hacer algo subimos un poquito”, explica su alcalde, Alberto Peso, que no duda en reivindicar el atractivo del municipio: “Somos el mejor pueblo del mundo para vivir”.

La cercanía con Logroño es, sin duda, uno de los grandes factores. Pero no el único. “Tenemos todos los servicios prácticamente nuevos y actualizados, es un pueblo muy agradable para vivir”, señala. Aun así, reconoce que la conexión con la capital es clave. La movilidad, en ese sentido, se convierte en una pieza fundamental para fijar población.

El perfil de quien llega lo tiene claro: “Gente joven, que adquiere su primera vivienda, con niños pequeños o con intención de tenerlos”. Eso, además de mantener la población, rejuvenece el municipio y le da vida. “No somos un pueblo dormitorio. La gente que vive aquí, hace vida aquí”, insiste. El principal reto, como en tantos otros municipios, sigue siendo la vivienda. Aunque una nueva promoción de 50 viviendas abre una ventana de oportunidad para el futuro.

Navarrete: gran demanda ante el problema de la vivienda

Navarrete vive una realidad curiosa: hay más gente viviendo que empadronada. “Estamos en unos 3.100 censados, pero viviendo podemos estar cerca de 4.000”, explica su alcalde, José María Pastor. Una señal clara de que el municipio atrae, especialmente por su cercanía a Logroño y por la calidad de vida que ofrece.

Iglesia de Navarrete. | Foto: EFE/Raquel Manzanares

Sin embargo, el gran problema vuelve a ser el mismo: la vivienda. “No hay prácticamente. Lo poco que sale se vende o se alquila sin ni siquiera publicitarse”, reconoce. El boca a boca funciona más que el mercado. Y eso, aunque demuestra demanda, también evidencia una falta estructural de oferta. “Construir cuesta lo mismo que en Logroño, pero se vende más barato, así que la rentabilidad es menor para las empresas”, resume.

Aun así, Navarrete mantiene su esencia. “No somos un municipio dormitorio. Aquí hay vida todo el año”, subraya. Y en su caso, la prioridad es clara: “A mí lo que más me preocupa es que se queden los del pueblo”. Porque, como reconoce, son ellos quienes sostienen el tejido social, las asociaciones y, en definitiva, el alma del municipio.

Rincón de Soto: la ribera del Ebro como polo laboral

En Rincón de Soto, la situación es distinta, pero con puntos en común. No hay una fuga clara de población, pero sí cambios en las dinámicas. “La gente no se va, pero alarga más el tiempo en casa de los padres hasta encontrar algo”, explica el alcalde, Javier Martínez. Y cuando lo hace, cada vez opta más por el alquiler que por la compra. También por la construccion de viviendas propias ante la falta de proyectos de constructoras.

La falta de vivienda vuelve a aparecer como una barrera. No tanto por ausencia total, sino por el modelo. “Se están haciendo casas particulares, no edificios, y eso limita el crecimiento”, señala. Es decir, menos densidad y, por tanto, menos capacidad para absorber nueva población. Aun así, el municipio sigue creciendo, en parte gracias a la inmigración vinculada al trabajo agrícola y a la cercanía con la ribera del Ebro.

“Servicios no nos faltan”, asegura. Y eso es clave. Porque tener colegio, guardería o centro de salud marca la diferencia. En su caso, el equilibrio entre empleo y servicios mantiene el pulso del municipio. Aunque, como en el resto, el reto sigue siendo cómo facilitar que más gente pueda instalarse.

Arnedillo: donde hay servicios hay vida

Arnedillo representa otro perfil: el de los municipios más pequeños que, aún así, consiguen crecer. “Hemos pasado de 420 a cerca de 470 habitantes”, explica su alcalde, Pedro Montalvo. ¿La clave? El empleo. “El balneario tiene 100 puestos directos y la hostelería funciona muy bien”.

El Plan Revive también ha jugado su papel. “Ha habido gente que se ha quedado y otra que ha venido gracias a las ayudas”, apunta. Pero, de nuevo, aparece el problema estructural: “Hay poca vivienda para comprar y mucha para rehabilitar”. Y ahí lanza una reflexión clara: hace falta más apoyo a la rehabilitación, “si no esas casas se van a convertir en un problema para los pueblos”.

Pozas de Arnedillo.

A pesar de todo, Arnedillo mantiene su atractivo. “Tenemos todos los servicios, oferta turística, comercio… eso hace pueblo”, defiende. Y lo resume en una frase que podría servir para todo el medio rural: “Donde no hay servicios no hay vida, y si no hay vida, la gente no viene”. Su preocupación es doble: mantener a los de casa y seguir atrayendo nuevos vecinos. Porque, en el fondo, de eso depende todo.

Albelda de Iregua: ganando en tranquilidad

Albelda vive un crecimiento lento, pero constante. Su alcalde, Sergio Ochagavía, habla de una evolución “despacio, pero segura”, suficiente al menos para consolidar servicios poco a poco y mantener el pulso del municipio. A día de hoy, cifra en unos 4.300 los empadronados, aunque calcula que la población real ronda ya las 5.000 personas. En verano, además, ese número se dispara hasta las 8.500 o 9.000 por el peso del diseminado y de las viviendas de recreo.

Ese aumento de población convive, sin embargo, con un problema claro: la vivienda. «Hay mucha demanda y muy poca oferta», resume. Aunque existe suelo urbano disponible, los constructores se muestran reticentes a dar el paso por el encarecimiento de los costes y la incertidumbre del mercado. El resultado es una tensión evidente: las últimas 80 viviendas desbloqueadas por la Sareb salieron a la venta y duraron apenas tres meses. El alquiler tampoco da respiro. «Cualquier persona que quiera instalarse aquí y busque un piso en alquiler no lo encuentra de un día para otro», reconoce. Aun así, frente a los precios de Logroño, Albelda sigue ofreciendo una alternativa más asumible para muchas parejas jóvenes que prefieren conducir diez minutos y ganar margen económico.

Scriptorium de Albelda de Iregua. | Foto: Leire Díez

Pero para Ochagavía el gran valor de Albelda no está solo en el precio o en la cercanía con la capital, sino en algo más difícil de medir: la calidad de vida. «No ha perdido la esencia de pueblo», defiende. Y lo explica con escenas cotidianas: hijas que van solas a por el pan, niños jugando en la plaza mientras los padres toman un café, chavales bajando al patio del colegio o al skatepark. «Eso Logroño no te lo puede dar», afirma. A esa tranquilidad se suma además una red familiar y vecinal que sigue funcionando como sostén en la conciliación. Por eso su prioridad está clara: que la gente del pueblo pueda quedarse. Y, según asegura, en buena medida lo está haciendo. «La gente se quiere quedar en su municipio, donde ha crecido». En ese deseo de permanencia, en el fondo, se resume también la fuerza de Albelda.

Nalda: Quedarse sin renuncias

Nalda e Islallana viven un momento que hace no tanto parecía improbable: crecer sin perder identidad. Su alcaldesa, Raquel Arrieta, habla de “resiliencia y oportunidad” para definir una realidad que se aleja del relato habitual del mundo rural. Con más de 1.300 vecinos y una tendencia sostenida al alza, el municipio ha dejado atrás la lógica de resistir para empezar a construir. “Somos núcleos vivos y dinámicos”, afirma, convencida de que el cambio no está solo en los números, sino en algo más profundo: en que cada vez más personas eligen el pueblo como proyecto de vida. Ese giro, explica, se apoya en una combinación de factores —servicios, comunidad, entorno— que han convertido a Nalda en una opción real y no en una alternativa provisional.

Ese crecimiento se alimenta de un equilibrio delicado entre quienes siempre han estado y quienes llegan. “Estamos viendo un fenómeno muy interesante: el retorno y la apuesta por la raíz”, señala. Los jóvenes quieren quedarse, pero lo hacen desde una exigencia distinta: “Nos piden servicios y conectividad, y con razón”. A la vez, nuevas familias se instalan buscando una infancia más libre para sus hijos, una vida más pausada sin renunciar a lo esencial. En esa mezcla —dice— está la clave: “El vecino de toda la vida y el que llega con proyectos nuevos mantienen las escuelas abiertas y los negocios vivos”. Sin embargo, ese impulso choca con una realidad que se repite en casi todos los municipios: la vivienda. “Es nuestro principal cuello de botella”, reconoce. Hay demanda, hay interés, pero falta oferta suficiente para responder a ese momento.

En ese escenario, herramientas como el Plan Revive están empezando a marcar la diferencia. “Está siendo un revulsivo fundamental”, asegura Arrieta, no solo por facilitar el acceso a la vivienda, sino por su impacto en el propio pueblo: rehabilitar casas es también recuperar calles, reactivar barrios y reforzar el arraigo. Todo ello, acompañado de una red de servicios —educativos, sanitarios, culturales— y de una vida comunitaria que, según defiende, marca la distancia con la ciudad. “Aquí el tiempo se gana”, resume. Por eso, su prioridad es clara: que los jóvenes no tengan que marcharse. “Queremos que quedarse sea una elección posible”, afirma. Porque, en el fondo, el futuro de Nalda se juega ahí: en que quien ha crecido en sus calles pueda seguir llamándolas casa.

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