Gastronomía

“El aceite de La Rioja le da mil vueltas a cualquiera”

Moni fue cocinera antes que fraile. Antes de pasar media vida detrás de un mostrador rodeada de fruta y verdura, ya conocía perfectamente cómo funciona el campo. Creció en una familia de agricultores y aprendió desde pequeña que detrás de cada cosecha hay mucho más que producto. Hay madrugones, días interminables, calor, heladas, incertidumbre y el desgaste silencioso de depender siempre del tiempo. Esa relación directa con la tierra es precisamente la que todavía hoy marca la forma en la que entiende su frutería.

Cuando cumplió 18 años y decidió no seguir estudiando, empezó a trabajar en la frutería de un supermercado en la calle Julio César de Calahorra. Décadas después sigue en la misma calle, aunque ahora desde su propia tienda, abierta en el año 2000 y convertida en uno de esos templos del producto de casa donde la calidad sigue teniendo nombre y conversación.

Si hay un producto del que habla con auténtica convicción y devoción, ese es el aceite de La Rioja. En su tienda solo vende aceite de la cooperativa 5 Valles de Arnedo. Ninguno más. No necesita llenar las estanterías de referencias distintas porque, lo tiene claro, cuando alguien prueba el aceite riojano, ya no quiere cambiar.

«Solo tienes que recomendarlo una vez porque la gente, cuando lo prueba, ya no deja de usarlo nunca». Moni habla de él casi como quien defiende algo propio. Y, en parte, lo es. Su familia también tiene olivos y conoce perfectamente todo el proceso que hay detrás de cada botella. Porque de esos mismos olivos llega el aceite que vende.

En un momento en el que los consumidores miran cada vez más el origen de lo que compran, el aceite riojano ha empezado a encontrar un espacio propio gracias precisamente a ese vínculo entre territorio, calidad y cercanía. En tiendas como la de Moni no se vende únicamente un producto; se vende también confianza.

Ella insiste especialmente en una idea: la versatilidad del aceite riojano. «Sirve igual para una tostada o una ensalada que para cocinar a diario» y es que una de sus grandes virtudes es precisamente cómo responde en la cocina.

«No hay otro aceite como este. En crudo está buenísimo, pero cuando cocinas crece muchísimo. No pica, es suave y tiene muchísimo sabor. Un huevo frito con este aceite es el mejor manjar que puedes cenar», asegura.

«La gente ha empezado a descubrirlo y se queda muy asombrada, especialmente la gente de fuera». Y añade algo importante: incluso en los momentos más complicados, cuando el precio del aceite se disparó, sus clientes siguieron comprándolo.

Esa fidelidad llega a través de la experiencia cotidiana. Del cliente que compra una botella para probar y vuelve semanas después buscando exactamente la misma. Del boca a boca entre vecinos. De quien recomienda el producto porque realmente lo utiliza en casa. «La gente habla y se lo recomienda unos a otros y si me preguntan a mi no puedo aconsejar otro; luego vienen y me dicen: ‘tenías razón’».

El aceite de La Rioja sigue así conquistando paladares y lo hace desde algo muy sencillo: el sabor y la autenticidad. Moni lo tiene claro cuando compara el producto riojano con otros aceites. «El aceite de aquí le da mil vueltas a cualquiera».

En su tienda, rodeado de fruta fresca, espárragos de fincas cercanas o aguacates llegados directamente de agricultores malagueños, el aceite ocupa un lugar especial. No es un complemento más dentro del ese maravilloso escaparate que deslumbra con sus colores cada mañana a los calagurritanos. Va más allá. Es uno de esos productos que resumen perfectamente la relación entre agricultura, territorio y calidad.

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