Un esqueje en un vaso reciclado, una mesa compartida y una conversación que empieza con un «¿y esto cómo se riega?». Así arranca, una vez al mes en Logroño, un encuentro que demuestra que las plantas pueden ser mucho más que decoración: una excusa para parar, conocerse y tejer comunidad.
Porque ahora lo moderno pasa por recuperar las cosas de antes, esas mismas que hacían nuestras abuelas como lo más normal del mundo. Uno de esos rituales era, sin duda, el ‘tráfico’ de esquejes con las amigas, ese «yo te doy uno del potos y tú a mí unas cintas». Ahora, a eso se le llama ‘plant swap’, o más fácil, intercambio de plantas, y no solo se realiza con el entorno más cercano, sino que se promueven eventos entre desconocidos que aman el mundo vegetal.

En Logroño, ese espíritu se materializa cada mes en un grupo que ha convertido algo tan sencillo como intercambiar plantas en una forma de crear comunidad. El punto de encuentro es la Academia Punto y Aparte, en la zona oeste de la ciudad (Avenida Gonzalo de Berceo, 46), donde el primer sábado de cada mes se reúnen amantes de las plantas de todas las edades. Lo que empezó casi por casualidad, en el verano de 2023, ha terminado convirtiéndose en una pequeña familia.
«Todo surgió porque una persona introdujo el intercambio de esquejes como actividad en La Pajarera. Allí coincidimos varias personas y, cuando cerró al final del verano, pensamos: ¿por qué no seguir?», explica Davinia, impulsora del grupo. La solución fue sencilla: trasladar el encuentro a su propia academia durante los meses de invierno. Desde entonces, el grupo no ha dejado de crecer.
A simple vista, el funcionamiento es tan fácil como parece: cada persona lleva esquejes, semillas o plantas y los deja sobre una mesa. No hay normas estrictas, ni intercambio equivalente. Se puede traer mucho, poco o incluso nada.

«Puede haber días en los que traes diez esquejes y no te llevas ninguno, o al revés. Aquí no hay cuentas ni reglas cerradas», cuenta Davinia.
Pero lo que ocurre allí va mucho más allá de un simple trueque. Con el paso del tiempo, el intercambio ha evolucionado hacia algo más profundo. «Ahora es más un intercambio de experiencias, de cuidados, de consejos… Nos gusta vernos las caras, compartir una mañana y aprender unos de otros».
Las conversaciones surgen de forma natural: cómo regar una planta desconocida, qué hacer cuando aparece una plaga o por qué se han puesto marrones las hojas. Preguntas sencillas que abren la puerta a charlas largas y a una red de apoyo que crece con cada encuentro.
Un grupo para todas las edades
Lejos de la idea de que las plantas son cosa de unos pocos, el grupo reúne a perfiles muy diversos. Desde jóvenes universitarios que aprovechan sus visitas a la ciudad para pasar por el intercambio, hasta personas mayores que no faltan a la cita.

«Tenemos gente de todas las edades. Desde una chica de unos 20 años hasta Leonor, que tiene 90 y está estupenda. Viene a los encuentros, a los vermús… Es una maravilla», destaca Davinia.
Ese carácter intergeneracional es, precisamente, uno de los valores que más destacan quienes participan. Las plantas se convierten en un punto en común que rompe barreras y conecta a personas que, de otra forma, quizá nunca se habrían conocido.
Para muchos, cuidar plantas es mucho más que una afición. Es una forma de parar, de encontrar un espacio propio en medio del ruido diario. «Para mí es paz. Es un momento en el que se para el tiempo», explica Davinia. «Empiezas con la idea de hacer algo rápido y, cuando te das cuenta, han pasado horas».
Sin embargo, lejos de ser una actividad solitaria, también actúa como un potente vínculo social. «Las plantas conectan muchísimo. He conocido gente del barrio porque dejaba la puerta abierta y se acercaban a preguntar. También son la excusa perfecta para quedar con mis amigas y pasar ratos muy divertidos. O que a veces mi madre me eche una mano con la plantas es también la excusa perfecta para pasar tiempo de calidad con ella y tener conversaciones que de otra forma no surgirían».

Cada hoja nueva, cada flor que brota, se celebra. Incluso es un un pequeño ritual que reconecta con lo esencial. «Me encanta poder jugar con la tierra, mancharme las manos y tener luego que limpiarme las uñas como cuando era pequeña, es una vuelta a la infancia repentina».
Una familia vegetal que crece
Con el tiempo, el grupo ha ido consolidando algo que va más allá de la actividad en sí. Hay un grupo de WhatsApp donde comparten dudas, piden consejo o incluso solicitan algún esqueje concreto. Después de los encuentros, no es raro que el plan continúe con un vermú o una comida. «Se ha creado una pequeña familia», reconoce Davinia orgullosa.
«Todo el mundo es bienvenido, nos encanta ver caras nuevas. Pero queremos que, aunque crezcamos, no se pierda el trato cercano, el saber quién es quién, el ayudarnos. No queremos que sea algo frío, sino una red de personas que comparten».
El intercambio de esquejes es gratuito y abierto a cualquiera que tenga curiosidad, experiencia o simplemente ganas de pasar una mañana diferente. No hace falta saber de plantas ni llevar nada la primera vez. Porque, al final, lo importante no es lo que se intercambia, sino lo que se construye alrededor.


