La Rioja

Abusos en el seno de la Iglesia: «Sí, ese cabrón también lo hizo conmigo»

Juan sabe que muchas víctimas avergonzadas tendrían que reconocer su experiencia sin pudor

Durante muchos años no lo contó. No porque lo hubiera olvidado, sino porque no sabía cómo nombrarlo sin que todo volviera a ocurrir de nuevo, sin que las imágenes, las sensaciones y aquella incomodidad difícil de explicar regresaran con la misma intensidad.

Juan (nombre ficticio) había aprendido a convivir con ello en silencio, como tantas otras personas de su generación en una época en la que ciertas cosas simplemente no se decían. «En aquellos años hablar de sexo era un tabú enorme. No hablabas ni con tus padres ni con tus amigos. Era algo que se quedaba dentro», recuerda ahora, más de cuatro décadas después.

Juan tenía 13 años y cursaba primero de BUP en un instituto público del centro de Logroño. Era un adolescente más a comienzos de los años 80, uno de tantos en un sistema educativo que «todavía arrastraba inercias de otra época». El profesor de Religión, vinculado también al seminario de la capital riojana, era una figura respetada, un catedrático. Un hombre culto con la capacidad de ganarse la atención de los alumnos más jóvenes. «Tenía sus preferidos, y yo fui uno de ellos», explica.

Aquella distinción, que en un principio podía interpretarse como un gesto de reconocimiento, acabaría revelándose con el tiempo como el primer paso de algo muy distinto. El mecanismo, visto años después, le parece evidente y calculado, pero entonces solo era un profesor que se fijaba en él y le dedicaba buenas palabras, además de ofrecerle atención, interés y una sensación de ser especial.

«Te halagaba, te trataba bien y un buen día me dijo que tenía en su casa un equipo de música muy bueno y que si quería ir a merendar y a escuchar discos». Un plan aparentemente inocente «que yo acepté sin sospechar que ante esa aparente normalidad se escondía otra cosa».

En casa del profesor, que aún hoy Juan sabe situar perfectamente (calle, número de portal, comercios que había al lado…) la música, los discos y la conversación distendida fueron solo el comienzo, hasta que poco a poco el tono fue cambiando. «Al final siempre terminaba sacando el tema del sexo. Sacaba revistas y hablaba de cosas fuertes que a esa edad me descolocaban, pero también me generaban curiosidad».

Juan explica que «me convencía de que tenía que haber máxima confianza entre nosotros». Una situación con la que el profesor se aseguraba el silencio. «No te das cuenta en el momento, pero todo estaba pensado para que yo no contara lo que pasaba allí». Y lo que comenzó como una conversación incómoda, acabó derivando en algo más. «Un día me pidió que me quitara ropa, otro ya empezó a tocar, y vas entrando en una dinámica de la que no sabes salir».

Una dinámica que terminó por romperse. «Cuando intentó hacerme una felación, ahí reaccioné. Pensé: ‘¿pero qué pasa aquí?’ Y no volví nunca más». No hubo enfrentamiento, solo la intuición de que aquello no era normal, de que había cruzado un límite que no debía haberse cruzado nunca.

Silencio

A partir de ahí, el silencio. Un silencio que no fue tanto una elección como una consecuencia del contexto en el que Juan había crecido. «No se lo conté a nadie. Ni a mis padres ni a mis amigos. A nadie». No era solo miedo a las posibles repercusiones, sino algo más profundo: la sensación de vergüenza, de incomodidad, de no saber exactamente qué había pasado ni cómo explicarlo. «La vergüenza la tienes tú, cuando en realidad no debería ser así».

Durante años, aquel episodio quedó relegado a un rincón de su memoria, sin desaparecer del todo, pero sin ocupar tampoco un lugar visible. «No puedo decir que me haya condicionado la vida, pero estaba ahí, guardado». Como ocurre en muchos casos, el tiempo no borra, pero sí transforma y permite mirar con otra perspectiva lo que en su momento resultaba incomprensible.

No fue hasta ya pasados los 40 cuando empezó a compartirlo en círculos de confianza consciente de que su historia no era única. «Estoy seguro de que había más víctimas. Recuerdo al menos a otro compañero que también iba a su casa, y en un instituto con tantos alumnos… es evidente que yo no era el único».

Esa certeza es, en parte, lo que le ha llevado a hablar ahora. No hay una denuncia formal detrás, ni una expectativa de reparación judicial, porque «probablemente esa persona ya habrá fallecido», pero sí una necesidad de dar sentido a lo ocurrido. «Es importante que se sepa, que salga a la luz, que otras personas puedan reconocerse», explica. Consultada a la Diócesis por este caso, la institución ha respondido que no tienen conocimiento del mismo. «Invitamos a Juan a que denuncie para tener constancia y que se haga público. Todos estos casos tienen que salir a la luz y para ello hay que denunciar».

Este insiste en que lo más injusto no fue solo lo que ocurrió, sino todo lo que vino después: el silencio, la falta de espacios para contarlo, la carga de una vergüenza que nunca debió recaer sobre quien la sufrió. «La vergüenza debería estar en el otro lado», repite una y otra vez.

Hoy, cuando escucha o lee otros testimonios similares, no le sorprenden. Más bien refuerzan una intuición que ha ido creciendo con los años: que lo suyo no fue una excepción, sino parte de una realidad mucho más amplia que durante décadas permaneció oculta.

Su reflexión va más allá de su caso concreto y apunta también a la institución. Considera que el contexto en el que se produjeron estos abusos favorecía el silencio y la impunidad, y cuestiona algunas de sus normas. «El celibato es algo absurdo en pleno siglo XXI». A su juicio, esa imposición, unida a entornos cerrados como los seminarios, podía generar situaciones de desequilibrio. «Son personas con necesidades como cualquiera, y al final, cuando no pueden vivirlas de forma normal, lo pagan con lo que tienen más cerca».

Por eso, su testimonio no busca señalar nombres ni reabrir viejas heridas de forma innecesaria, sino contribuir a algo más amplio: romper el silencio. «En mi caso hace bastante tiempo que es un tema superado y he podido hablar de ello, pero a buen seguro que hay todavía muchas víctimas avergonzadas que tendrían que reconocer sin pudor: ‘Sí, ese cabrón también abusó de mí».

Si conoce algún caso de abusos sexuales que no haya visto la luz, puede escribir con su denuncia a [email protected] o WhatsApp (602262881).

Otras direcciones y contactos: 941 27 47 97 (teléfono de protección de menores en la Diócesis de La Calzada, Calahorra y Logroño), [email protected], y [email protected].

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