Educación

Cuando la FP te cambia la vida: «El alumno deja de preguntarse para qué sirve lo que estudia»

Durante demasiado tiempo, la Formación Profesional ha cargado con un prejuicio tan injusto como dañino: el de ser el camino de quienes «no valían» para estudiar. Una especie de segunda opción para quienes no encajaban en el recorrido clásico de instituto, bachillerato y universidad. Pero basta entrar en un aula de FP básica, media o superior para comprobar que esa idea hace tiempo que se quedó vieja. No se trata de estudiar menos, sino de estudiar de otra manera. De encontrar el lugar en el que un alumno deja de sentirse fuera de sitio y empieza, por fin, a descubrir de lo que es capaz.

Eso es precisamente lo que lleva años viendo Alberto Angulo, profesor de Formación Profesional Básica en la Laboral y uno de esos docentes que creen que la educación empieza mucho antes que los contenidos. Antes de enseñar a hacer, dice, hay que enseñar a estar. Y, sobre todo, hay que convencer a muchos chavales de algo que casi nadie les había dicho con hechos: que sí valen. Que pueden. Que no están rotos, solo desubicados.

Alberto trabaja con alumnado de grado básico, chicos y chicas de 15 o 16 años que en muchos casos llegan después de una experiencia complicada en la ESO, arrastrando repeticiones, desmotivación, etiquetas y, a veces, problemas familiares o personales que pesan tanto como cualquier suspenso. «La adolescencia ya es jodida de por sí», resume con crudeza. Y cuando a eso se suma la sensación de fracaso, el aula puede convertirse en territorio hostil. Por eso él insiste en algo que parece sencillo, pero no lo es: crear otro entorno. Otra forma de estar en clase. Otra manera de aprender.

En su caso, eso pasa incluso por el espacio físico. No habla de un aula fría, con pupitres en fila y una lógica casi burocrática, sino de un taller que se parece más a un lugar de trabajo que a una sala de castigo. Allí intenta construir grupo, crear hábitos, hacer que la puntualidad, la agenda o el respeto no sean una imposición vacía, sino parte de una rutina nueva. Y también procura ser coherente con lo que exige. «Si tú entras a un aula así y no crees en ellos, lo has perdido», viene a decir. En estos estudios, más que en ningún otro sitio, el profesor tiene que ser creíble.

La clave, insiste, es que muchos de estos alumnos no son incapaces de estudiar; simplemente no habían encontrado aún un motivo para hacerlo. La FP les ofrece algo decisivo: utilidad, contexto y sentido. Les enseña que lo que aprenden sirve para algo concreto, que hay una salida laboral, un oficio, una posibilidad real de futuro. Y eso cambia por completo la relación con el aprendizaje. No porque desaparezcan el esfuerzo o la teoría, sino porque el alumno deja de preguntarse para qué demonios le sirve todo aquello.

Lo cuenta muy bien Hugo, uno de esos estudiantes cuya trayectoria desmonta cualquier tópico. Él mismo reconoce que en la ESO había materias que no le entraban de ninguna manera. «Las mates y cosas así se me daban bien, pero lengua, inglés y esas no me gustaban nada», explica. Sacaba notas justas en unas asignaturas y mejores en las de ciencias, pero no terminaba de encontrar su sitio. No tenía claro que quisiera hacer bachillerato y tampoco veía con nitidez qué camino tomar. La FP apareció, en principio, como una alternativa razonable. Con el tiempo, acabó siendo mucho más que eso.

Primero cursó un grado medio de Electricidad en el Cosme García. Después dio el salto al superior de Robótica. Y el cambio fue radical. «Empecé a sacar buenas notas en todo», cuenta. La diferencia no estaba tanto en la dificultad como en el interés. Porque en FP también hay contenidos teóricos y materias que exigen estudiar y memorizar, pero ahora el esfuerzo cae sobre temas que le importan. «En la ESO estás obligado a estudiar muchas cosas que no te gustan; aquí estás porque quieres estudiar algo que te gusta», resume. Y ahí está, seguramente, una de las claves de todo.

Lo más revelador de su historia es que el camino no se cerró, sino que se abrió. Hugo entró en la FP sin tener claro si la universidad formaría parte de su futuro. Hoy, después de dos ciclos, tiene decidido que quiere seguir estudiando una ingeniería robótica. Es decir, la Formación Profesional no le apartó de una posible carrera universitaria: le permitió llegar a ella con más seguridad, más motivación y una idea mucho más clara de lo que quiere hacer. «He ido estudiando lo que me gusta y he pensado: quiero seguir estudiando esto, pero con más nivel», explica.

Mientras tanto, además, ya conoce el mundo laboral desde dentro. Está haciendo prácticas en una empresa del polígono de Cantabria, Montajes Eléctricos Sanse, donde ya había estado antes y donde también ha trabajado en verano. Esa conexión directa con la empresa le ha permitido comprobar que lo que estudia no es una abstracción, sino una profesión tangible. Hay días de oficina, días de fábrica, programación, pruebas. Trabajo real. Futuro real.

Historias como la suya explican mejor que cualquier discurso por qué la FP ha cambiado tanto en los últimos años. Ya no es el refugio del que no puede, sino muchas veces la elección consciente del que quiere aprender de otra forma. La del que necesita tocar, probar, construir. La del que descubre que, cuando el conocimiento encaja con sus intereses, el rendimiento se transforma por completo. A veces no hacía falta cambiar al alumno. Hacía falta cambiarle el camino. Y en eso, la FP no solo abre puertas: a algunos les devuelve la confianza y, con ella, la vida entera por delante.

¿Quieres recibir a primera hora del día toda la información de La Rioja en tu e-mail?

* campo obligatorio
To Top